Restauración tras los incendios: los pasos a seguir que rebrote un monte resistente al fuego

Las casi 400.000 hectáreas de monte arrasadas por los incendios de este verano necesitan una intervención urgente para salvar el suelo y una posterior restauración ambiental, a ser posible «ecológica». De esa manera se construirá un monte más resiliente a los incendios de nueva generación y se cambiará el negro de las cenizas por los brotes verdes que empezarán a surgir con las primeras lluvias del otoño.

Primeros brotes verdes tras el incencio.

Montes abrasados, ambiente negro, intenso olor a quemado y un silencio imponente. Este es el paisaje que ha dejado la sucesión de incendios registrados en la zona noroeste de la Península Ibérica.

Los meses de julio y agosto de 2025 pasarán a la historia. En ese corto periodo de tiempo ardieron cerca de 400.000 hectáreas de monte. Bosques formados durante décadas quedaron reducidos a cenizas en cuestión de horas, y con ellos, la historia de unos pueblos en los que apenas quedan habitantes y que tenían depositadas las pocas esperanzas de recuperación en un turismo, cuyo mayor atractivo es la riqueza natural que han perdido.

Zonas de Castilla y León, Galicia, Asturias y también Extremadura han quedado totalmente arrasadas por las llamas; incluso algunos pueblos han sido pasto del fuego, en unos episodios que nunca antes se habían visto en España.

Los bosques de la Península Ibérica han aprendido a convivir con los incendios. El fuego ha sido utilizado históricamente como herramienta de gestión del monte durante generaciones. Sin embargo, ese papel beneficioso se pierde con los incendios de intensidad elevada como los que se han dado este verano. Estos fuegos abren una etapa nueva en la relación con los espacios naturales. Se alimentan de elementos traídos por el cambio climático, como las olas de calor intensas y vientos fuertes asociados a las altas temperaturas, y especialmente, del abandono de la actividad forestal. Se trata de incendios especialmente dañinos, que dificultan la regeneración natural y obligan a prestar una ayuda extra al monte, pero hay que saber cómo actuar.

Restauración de las zonas arrasadas por los incendios

La provincia de León ha sido una de las más afectadas por los incendios. Allí vive la catedrática de Ecología de la Universidad de León, Elena Marcos. Esta especialista sostiene que antes de iniciar ninguna restaruación, lo primera actuación sobre el terreno quemado debe estar encaminada a evaluar los daños y el estado del suelo. Solamente de esta manera se puede llevar a cabo una intervención efectiva.

Para ello, se pueden emplear medios avanzadas como estudios de imágenes de satélite, con los que se obtiene una idea bastante clara de la vegetación que ha quedado en el entorno, que luego se deben corroborar con visitas al terreno.

«Debemos proteger aquellas zonas con suelos más dañadas, donde los suelos estén desectructurados, hayan perdido la materia orgánica, porque esas zonas son las más expuestas a la erosión», afirma Elena Marcos.

Objetivo prioritario: salvar el suelo

El suelo debe recibir las mayores atenciones después de un incendio, ya que es la base sobre la que crecerá toda la vegetación que pueda venir después. Además, si se pierde, es el elemento del ecosistema que más tarda en recuperarse.

En los entornos quemados, el suelo está completamente desprotegido, especialmente la primera capa, que también es la más fértil. Las primeras lluvias del otoño pueden arrastrarlo, un fenómeno que se agudiza todavía más en zonas de pendiente. Además, existe el peligro añadido de que las cenizas contaminen puntos de agua, como ríos y nacimientos de los que se abastecen algunas poblaciones.

Para sujetar ese suelo se emplean técnicas tradicionales, se crean lo que se conoce como fajinas, hechas con los mismos troncos quemados y con restos de vegetación más pequeños, una suerte de barreras que evitan la el arrastre ladera abajo de la capa superficial del suelo.

Microorganismos del suelo, fundamentales para la vida de la vegetación

Las llamas han estado muy cerca de las poblaciones, algunas, pequeños núcleos en proceso de abandono. Foto: Greenpeace / Pedro Armestre.

El investigador del Grupo de Ecología Aplicada y Teledetección de la Universidad de León, José Manuel Fernández Guisuraga, tiene claro que sin suelo no hay rebrote de la vegetación ni restauración posible. Este experto llama la atención de una comunidad que suele pasar desapercibida, como son los microorganismos que viven bajo la superficie y que, entre otras muchas, se encargan de tareas tan básicas como la descomposición de la materia orgánica.

«El suelo es uno de los compartimentos del ecosistema más importantes, que alberga una microfauna y microorganismos como bacterias y hongos que juegan un papel fundamental en la recuperación del ecosistema y en la recuperación de la vegetación», remarca Fernández Guisuraga.

El fuego arrasa la flora visible, pero no solamente, también causa estragos debajo de tierra. En incendios de nueva generación como los de este verano, en los que se han alcanzado temperaturas muy elevadas, la afectación a los microorganismos del suelo alcanza unos niveles elevados. «En aquellas zonas que hayan tenido una gran acumulación de combustible cerca del suelo, la edafofauna y los microorganismos van a sufrir un impacto enorme, especialmente los hongos del suelo que además tardan más tiempo en recuperarse», aclara Fernández Guisuraga.

La fauna y microfauna del suelo se van recuperando poco a poco, conforme vuelve a rebrotar la vegetación en la zona, ya que ambas están íntimamente relacionadas. Concretamente, la recuperación de masa verde va a promover procesos de descomposición de hojarasca, que favorecen la proliferación de los microorganismos y el resto de invertebrados de viven en el suelo. A su vez, los organismo contribuyen al funcionamiento de los ciclos de la materia y la energía en los ecosistemas. «La recuperación es como una retroalimentación de los distintos componentes de los ecosistemas».

Sanear la zona quemada

A todo el proceso de conservación del suelo y de sujeción de la capa fértil hay que añadir unas tareas adicionales encaminadas a sanear la zona. Como explica el profesor del Máster en Ingeniería de Montes de la Universidad de Huelva, Joaquín Alaejos, resulta primordial retirar los troncos que no vayan a rebrotar o que hayan quedado muy debilitados.

La biomasa muerta actúa como foco de atracción de plagas y su presencia puede resultar perjudicial para las nuevas especies que vuelvan a ocupar el terreno afectado por el incendio. «Por ejemplo, las coníferas que no rebrotan y a las que no se les ve viabilidad, es mejor eliminarlas porque es un árbol debilitado y fuente de plagas».

Una vez que se ha salvado el suelo y se han tomado medidas para que la capa fértil no se vaya con las lluvias, llega el momento de la restauración de la flora, que va a depender del daño causado por el incendio. Cuando en el monte queda algo de vida, suele regenerarse de manera espontánea.

Pablo Hidalgo, junto al vehículo mostrando un cartel, y estudiantes del Máster en Conservación de la Biodiversidad.

Cuándo se debe iniciar una campaña de restauración forestal

«Una vez que se han llevado a cabo los trabajos para salvar el suelo comienza lo que se conoce como sucesión ecológica: empieza por un pastizal anual, que va dando una nueva estructura orgánica al suelo; ese pastizal pasa a ser pastizal perenne, donde ya empiezan a aparecer pequeñas leñosas; a la sombra de esas leñosas que van creciendo aparece un matorral; y, a continuación, empiezan a nacer las especies arbóreas propias de la zona en que nos encontremos», explica el director del Máster en Conservación de la Biodiversidad de la Universidad de Huelva, Pablo Hidalgo.

Sin embargo, no siempre se tiene ese escenario favorable y la naturaleza puede necesitar una ayuda extra, en forma de restauración. Es entonces cuando se debe actuar y la manera que recomiendan los expertos de hacerlo es mediante lo que se conoce como «restauración ecológica». Este modelo de recuperación del monte exige estudios y una planificación previa, para determinar las especies a introducir en función del uso que se le quiera dar al territorio, así como información detallada sobre el clima de la zona. Respeta las especies que históricamente han habitado en ese territorio, y lo que se hace es ayudar a ese proceso de restauración ecológica, con la introducción de esas plantas o semillas de especies nativas.

En opinión de Pablo Hidalgo, este tipo de actuaciones son recomendables en espacios protegidos y, muy especialmente, donde las posibilidades de restauración están muy limitadas porque el suelo está muy degradado, se ha quemado recurrentemente, está sometido a la presión de la ganadería, turismo excesivo…

Doñana, un modelo de restauración ecológica

Un modelo de restauración ambiental de referencia podría ser el Espacio Natural de Doñana, que en 2017 se vio afectado por un gran incendio que arrasó 10.000 hectáreas y que es comparable a los registrados este verano en el noroeste de la Península Ibérica.

Para recuperar la zona quemada de Doñana se está llevando a cabo una restauración ecológica, que el grupo de Pablo Hidalgo aplicó en un modelo a detalle en terrenos del Instituto Nacional de Técnica Aeroespacial (INTA). «Esa zona se quemó completamente y lo que hicimos fue desarrollar un modelo que ahora mismo es protagonista de una tesis. Hemos introducido unos 15.000 plantones, siguiendo el modelo de restauración construido con datos de satélite, de dron, muestreo de campo», explica el investigador de la Universidad de Huelva.

Con esta actuación se busca replicar a los bosques nativos, que en la zona Mediterránea son muy resistentes al fuego. «Tienen una estructura de una biomasa muy verde, que en verano retiene humedad».

Sin embargo, no todo el monte tiene la estructura original. En algunas zonas, entre ellas, algunas de las que han ardido este verano, se introdujeron plantaciones forestales como pinos y eucaliptos, que cuando estaban en explotación se encontraban a salvo de las llamas. El abandono de la actividad ha conllevado una acumulación de biomasa, un combustible idóneo para los incendios de nueva generación.

La virulencia de los nuevos incendios los hace prácticamente inextinguibles. Foto: Greenpeace / Pedro Armestre.

Incendios de nueva generación e inextinguibles

Los sucesos de este verano han mostrado la violencia de los incendios de esta época, unos fenómenos catastróficos imposibles de manejar. El director del Máster FUEGO de la Universidad de León, Fernando Castedo, advierte de que nos dirigimos a lo que se conoce como «incendios inextinguibles», un tipo de fuegos contra los que no se puede hacer nada, por el enorme calor que emiten y la velocidad a la que avanzan.

«Si no se consigue un ataque inicial rápido, los incendios se hacen grandes y es muy difícil contenerlo. En esos casos hay que esperar oportunidades de extinción, como cambios en régimen del viento, temperatura y humedad, o que cambie el combustible, es decir, que el incendio llegue a una zona de poca vegetación donde se puede tratar de frenar», explica Fernando Castedo.

Este tipo de incendios tan agresivos son el resultado de una acumulación de combustible durante decenas de años, fruto del cese del aprovechamiento del monte y del abandono de los espacios rurales. A este factor estructural, hay que sumarle la meteorología, con olas de calor y periodos de sequía más intensos que convierten a la vegetación en un combustible excepcional.

Fernando Castedo.

Por este motivo, para combatir los nuevos incendios no basta con incrementar el número de aviones y brigadas de extinción, se necesita incrementar la prevención, cuyas fórmulas de combinación de ganadería, desbroce y quemas controladas son de sobra conocidas. El director del Máster FUEGO pide «pasar a la acción, que los responsables políticos y toda la sociedad tomen conciencia del riesgo y se pongan medidas».

Asimismo, el nuevo escenario climático obliga a replantear el modelo de prevención, sobre todo en la zona norte, que ya ha dejado de ser «la España húmeda que era hace unos años, porque de un entorno atlántico se ha pasado a uno mediterráneo, con olas de calor intensas y sequías pronunciadas que antes no tenían», explica Pablo Hidalgo, quien considera que el sistema de prevención de Andalucía puede ser un ejemplo a seguir.

Los fuegos de este verano han vuelto a recordar que se ha entrado en un escenario nuevo. Ya no valen los modelos actuales de prevención y extinción. Y la restauración ambiental que se lleve a cabo será fundamental para crear un monte resiliente, mejor preparado para el fuego.