Un equipo de la Universidad de Almería (UAL) plantea una serie de transformaciones en el modelo agrícola almeriense, para reducir su impacto ambiental y convertirlo en un aliado de la biodiversidad de una de las regiones más áridas del continente europeo, donde las reservas hídricas están al límite y se acumulan residuos.

El modelo agrícola almeriense se ha convertido en un referente mundial de la agricultura intensiva bajo plástico. Su enorme superficie de invernaderos, visibles incluso desde el espacio, ha permitido cultivar verduras y hortalizas durante todo el año en la región más árida de Europa.
Desde la década de 1960, este modelo productivo, basado en el aprovechamiento del agua subterránea, la técnica del enarenado y la expansión de los invernaderos de bajo coste, transformó un territorio en uno de los más dinámicos desde punto de vista económico. El fenómeno fue tan impresionante que se habló del ‘milagro económico de Almería’ y hoy día, más del setenta por ciento de la producción se exporta a países europeos.
Agotamiento del modelo agrícola de Almería
Sin embargo, tras más de seis décadas de expansión, este modelo muestra signos de agotamiento. Así lo plantea un equipo de investigadores de las universidades de Almería y Granada y la Estación Experimental de Zonas Áridas, en un estudio científico, publicado en Journal of Arid Environments, donde alertan de que la fórmula que dio prosperidad a la provincia está al borde del colapso, y proponen alternativas para que no muera de éxito.
Uno de los autores de este estudio es el investigador del Departamento de Biología y Geología de la Universidad de Almería, Lorenzo Carretero. Este experto reconoce que poner en cuestión un sistema convertido en el motor económico de Almería requiere una dosis extra de valentía, pero se ve en la obligación de hacerlo por su condición de científico.
En su estudio, que también firman Antonio Mendoza, Francisco Javier Alcalá y Antonio J. Castro, se pone de relieve que el balance del enorme mar del plástico almeriense es ambivalente. Por un lado pone a disposición de millones de personas de toda Europa productos frescos, ha generado un tejido empresarial tecnológico y especializado, al tiempo que ha permitido un desarrollo económico que no se podían imaginar los pioneros que empezaron a instalar invernaderos.

Pero el enorme éxito en lo social y económico también ha tenido un precio. Los acuíferos que abastecen el riego están sobreexplotados desde hace décadas, con recargas que no compensan las extracciones y con procesos de salinización que comprometen tanto la calidad del agua como la viabilidad de los cultivos.
La técnica del enarenado, que hizo posible cultivar en suelos pobres gracias a la arena que recubre el terreno, ha deteriorado dunas y ecosistemas costeros. Cada año se acumulan decenas de miles de toneladas de residuos plásticos, de los que muchos acaban en vertederos ilegales o incinerados, con la consiguiente emisión de contaminantes. A esto se suman los millones de toneladas de restos vegetales para los que aún no existe un sistema integral de gestión. La expansión de los invernaderos también ha fragmentado hábitats únicos, amenazando especies endémicas del sureste ibérico.
Lorenzo Carretero sostiene que la rentabilidad de los invernaderos está cada vez más comprometida. Los supermercados europeos marcan precios por debajo de los costes de producción, mientras los agricultores afrontan subidas en energía, agua y fertilizantes. La situación ha llegado a tal punto que algunos académicos hablan ya de un colapso inminente si no se replantea el modelo.

Soluciones para mejorar la sostenibilidad de los cultivos en invernadero
La solución no pasa por abandonar la agricultura bajo plástico, sino por complementarla y transformarla a través de la agrobiodiversidad, explica Lorenzo Carretero. Esto significa rescatar cultivos olvidados o “huérfanos”, revalorizar especies tradicionales y explorar la domesticación de nuevas plantas mejor adaptadas a la aridez y al cambio climático.
En lugar de depender casi exclusivamente de un reducido número de cultivos anuales, se plantea diversificar con especies perennes y leñosas capaces de reducir la presión sobre los acuíferos, tolerar altas temperaturas y suelos salinos, restaurar tierras degradadas y ofrecer nuevos productos de alto valor añadido para la industria alimentaria, farmacéutica o cosmética.
Qué especies se unirían a las frutas y hortalizas de los invernaderos
Concretamente, el investigador de la Universidad de Almería se refiere a leñosas como el algarrobo. Cultivado desde tiempos fenicios, es resistente a sequías extremas, fija grandes cantidades de dióxido de carbono y produce frutos cada vez más demandados por la industria alimentaria.
También la moringa, originaria de la India pero ya introducida en el sureste ibérico, destaca por su rápido crecimiento, su resistencia al calor y su valor nutricional excepcional, lo que la convierte en un posible nuevo recurso tanto para la dieta como para el mercado internacional.
Así como el azufaifo o jinjolero, que produce frutos muy apreciados y cuyas variedades silvestres cumplen un papel clave en los ecosistemas áridos, puede servir tanto para restaurar suelos como para crear corredores verdes que conecten espacios naturales fragmentados.
Un laboratorio vivo
Lorenzo Carretero entiende que Almería reúne las condiciones idóneas para convertirse en un «laboratorio vivo» de este cambio de paradigma. Su singularidad geográfica y climática, la experiencia acumulada en innovación agrícola y su rica biodiversidad hacen de la provincia un escenario único para ensayar modelos nuevos y diversificación de cultivos.
Una de las zonas idóneas para implantar este modelo biodiverso es el entorno del Parque Natural Cabo de Gata – Níjar, donde cada vez hay más invernaderos, entre los que se podrían intercalar estos cultivos. De esta manera se podría crear un paisaje mosaico, en el que convivan cultivos de frutas y hortalizas invernados, con estas especies leñosas tan interesantes medioambientalmente y que también pueden reportar beneficios económicos.
El modelo de agricultura intensiva almeriense ha demostrado durante seis décadas que es posible producir alimentos en condiciones extremas. Pero el nuevo escenario climático obliga a repensarlo, para acercarse a una agricultura más tecnológica, rentable y, sobre todo, sostenible.














