Desde 2005, el Espacio Iberoamericano del Conocimiento (EIC) ha sido la promesa de una integración académica sin precedentes. Pero, ¿qué obstáculos impiden hacerlo realidad? Varios especialistas y representantes universitarios analizan los desafíos y el futuro de la educación superior unida en la región.

¿Qué es el Espacio Iberoamericano del Conocimiento?
En 2005, durante la Cumbre Iberoamericana de Salamanca, los jefes de Estado y de Gobierno dieron un paso decisivo hacia la integración académica regional: la creación del Espacio Iberoamericano del Conocimiento (EIC). Esta iniciativa no surgió de la nada; fue la respuesta a décadas de cooperación dispersa entre universidades, programas de movilidad y esfuerzos por reducir las brechas científicas entre Iberoamérica, España y Portugal. Desde entonces, el EIC se ha consolidado como un proyecto estratégico para articular la educación superior, la ciencia, la tecnología y la innovación bajo una visión compartida.
Un camino con obstáculos: la realidad veinte años después
En estos veinte años, se han dado pasos importantes para la consolidación de este espacio común, pero no los suficientes. Todavía están pendientes cuestiones cruciales para la puesta en marcha de una unión al estilo del Espacio Europeo de Educación Superior, nacido del Plan Bolonia. Este último ha significado un acercamiento de los sistemas universitarios europeos sin precedentes en la historia.
La creación de una unidad iberoamericana en universidad y ciencia se enfrenta a problemas como la armonización de títulos, la falta de un sistema de reconocimiento de estudios y, sobre todo, la no materialización de las intenciones políticas en mecanismos efectivos para el acercamiento de las realidades universitarias de los países.

Orígenes y objetivos del EIC
La idea de un espacio común de conocimiento se maneja desde la década de 1990. Las Cumbres Iberoamericanas ya habían destacado la importancia de la educación como motor de desarrollo. La Organización de Estados Iberoamericanos para la Educación, la Ciencia y la Cultura (OEI), que ya contaba con una amplia trayectoria en programas de cooperación educativa, jugó un papel fundamental en su diseño. Aportó experiencia técnica y capacidad de articulación institucional, elementos clave para convertir una aspiración política en un proyecto operativo.
Metas fundamentales del Espacio Iberoamericano del Conocimiento
El Espacio Iberoamericano del Conocimiento se planteó varios objetivos fundamentales. Primero, buscaba fortalecer la educación superior mediante la cooperación entre universidades y la mejora de la calidad académica. Segundo, perseguía impulsar la ciencia y la tecnología como ejes del desarrollo productivo, promoviendo la innovación y la transferencia de conocimiento al tejido empresarial y social.
Un tercer objetivo crucial era fomentar la movilidad académica y científica entre los países miembros, reduciendo las brechas estructurales entre sistemas educativos con distintos niveles de desarrollo. En esencia, esta unidad pretendía consolidar sinergias: que los avances científicos en un país beneficiaran a otros, que los estudiantes circularan con mayor facilidad, que los investigadores trabajaran en redes regionales, y que el conocimiento se convirtiera en un bien compartido.
El modelo europeo: un espejo para Iberoamérica
La construcción de un espacio común para la educación superior, más que un deseo, es una necesidad para muchos. Como ejemplo está el acercamiento que se dio en Europa y que tantos éxitos está cosechando. El Espacio Europeo de Educación Superior ha multiplicado la movilidad de estudiantes por todo el continente. Según datos del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades, solamente el programa Erasmus moviliza anualmente alrededor de 66.000 estudiantes y personal de educación superior desde España hacia otros destinos europeos; asimismo, hace posible que cada año lleguen a las universidades españolas cerca de 200.000 universitarios.
La experiencia Erasmus, Horizonte Europa y otros programas de colaboración académica facilitan el intercambio cultural y contribuyen a construir Europa. Todos ellos son posibles porque en Europa se apostó por la armonización de los estudios universitarios y la creación de unas bases comunes para el reconocimiento de los títulos oficiales. Los principios de libre tránsito entre países de la Unión Europea lo exigían.

El papel de España en la integración académica iberoamericana
La creación de un espacio universitario iberoamericano responde a los lazos históricos que unen ambos territorios, apoyados en una lengua común. Esta tesis es sostenida por la rectora de la Universidad de Alicante, Amparo Navarro, quien opina que «el mundo de habla hispana necesita articular un espacio iberoamericano de educación superior similar al europeo: un sistema que homologue títulos académicos entre países, que fomente la movilidad de estudiantes, profesores e investigadores y que impulse la colaboración en materia de proyectos de investigación, entre otros aspectos». También remarcó que España no puede perder su papel protagonista histórico en la región.
Más posibilidades de movilidad se traduciría en nuevas oportunidades para el alumnado, pero también para las propias universidades, que multiplicarían la masa de estudiantes potenciales. En el caso de las españolas, la apertura hacia Hispanoamérica podría suponer una fuente adicional de ingresos a través de la creación de sedes filiales. Los campus filiales, que ahora son posibles con la Ley Orgánica del Sistema Universitario, representan una posibilidad formativa beneficiosa para todas las partes, opina el profesor de la Universidad Complutense, Juan José Prieto. Con esta fórmula, las universidades matrices ganan estudiantes y, por tanto, ingresos que compensen la pérdida de matrículas derivada de la curva demográfica española.
Desafíos actuales para un espacio universitario común
«La creación de un espacio común de educación superior con Iberoamérica supondría consolidar de manera estructural lo que ya es una realidad histórica, cultural y académica compartida. Hablamos de articular plenamente el EIC como un ecosistema integrado de movilidad, reconocimiento de títulos, cooperación científica y transformación digital», afirma el máximo responsable de la Comisión Sectorial Crue-Internacionalización y Cooperación y rector de la UNED, Ricardo Mairal.
El espacio académico común aportaría una mayor cohesión regional. «Facilitaría la movilidad de estudiantes, profesorado e investigadores, no como experiencias aisladas, sino como parte de itinerarios académicos plenamente reconocidos. Además, reforzaría la dimensión internacional de nuestras universidades en un contexto geopolítico donde las alianzas estratégicas son clave», añade el rector de la UNED.
Sin embargo, la unión que plantea el EIC se encuentra con obstáculos difíciles de superar: la armonización y el reconocimiento ágil de títulos. El camino a seguir para afrontar estos retos pasa por afrontar la heterogeneidad normativa. «Los sistemas educativos iberoamericanos presentan estructuras, duraciones y procedimientos de acreditación distintos, no sólo con respecto al sistema universitario español, sino también dentro de los diferentes países que lo conforman. A ello se suma la complejidad burocrática de los procesos de homologación, que muchas veces desincentiva la movilidad», dice Mairal.
En América no hay un proceso de integración como el europeo. De alguna manera, esta realidad hace que la construcción de un espacio común de educación superior no se encuentre entre las prioridades de la agenda política. No obstante, se está avanzando y se espera abundar en esta línea en los próximos años. De hecho, de cara a la próxima Cumbre Iberoamericana, que se celebrará en Madrid en noviembre de este año, existe interés en abordar el avance en la homogeneización de los sistemas universitarios.

La falta de un ‘Bolonia’ iberoamericano
«Las ventajas de un espacio compartido son evidentes y en Europa lo vemos, porque aquí el Erasmus no sería posible si no hubiera un Bolonia, que al final es una serie de acuerdos fundamentales sobre cómo orientar los programas y las titulaciones, más allá de los créditos; y los ECTS, que son un idioma común», explica la directora general de Educación Superior y Ciencia de la OEI, Ana Capilla.
Iberoamérica tiene un problema con la internacionalización de sus universidades. Eso no quiere decir que no haya movilidad. La hay, y mucha, pero no al nivel que se daría si existieran herramientas para el reconocimiento de estudios y títulos. De hecho, esta costumbre de los Estados americanos de darse la espalda unos a otros hace que la movilidad de estudiantes entre países de la región sea muy baja. «Los pocos estudiantes que tienen una experiencia internacional eligen otras opciones: países anglosajones o la UE», afirma la representante de la OEI en materia de educación superior.
En América falta una vía de entendimiento común entre las universidades que permita valorar el trabajo realizado o las materias cursadas. No cuentan con un crédito ECTS como el que existe en Europa, con el que fácilmente pueden reconocerse los estudios y facilitar la movilidad estudiantil de un país a otro. Tampoco disponen de un sistema a nivel estatal que allane el terreno.
Las movilidades dentro del espacio iberoamericano se dan sobre la base de la confianza. Es decir, una universidad confía en que los contenidos trabajados por un estudiante en la universidad de destino son equivalentes a los que ella misma imparte. De esa manera se han puesto en marcha dobles titulaciones de grado y máster, por ejemplo. Pero son fruto de convenios específicos, establecidos universidad por universidad y que exigen un nivel de burocracia importante.
«En Europa tenemos unos criterios comunes en cuanto a calidad, y en eso estamos trabajando desde la OEI: nosotros vinculamos la movilidad a la calidad, porque entendemos que la movilidad se basa en la confianza mutua y esta llega cuando sé que una titulación de otro país se evalúa conforme a los mismos criterios de calidad», añade Ana Capilla.
Experiencias y obstáculos en la colaboración académica
El catedrático de Psicología de la Universidad de Almería, Juan García, tiene mucha experiencia en la creación de redes de colaboración con universidades americanas. Puso en marcha una red iberoamericana sobre justicia juvenil; creó un título de experto en este mismo ámbito de estudio que cursaban tanto alumnado español como americano; y ahora trabaja en la creación de una modalidad de másteres duales internacionales, en los que la parte de formación en empresas se realice en entidades españolas con presencia en Hispanoamérica. Además, también ha sido vicerrector del Área de Posgrado de la universidad almeriense y ahora es uno de los directores regionales de la Asociación Universitaria Iberoamericana de Posgrado.
Por su trayectoria, Juan García conoce de primera mano las dificultades para abrir líneas de colaboración entre las universidades de España y las de América, e incluso los obstáculos existentes entre las propias universidades de aquella región. Este especialista lamenta que los reconocimientos se hagan «de universidad a universidad» y que falten acuerdos con miras más altas, establecidos de país a país. «El mayor problema en el Espacio Iberoamericano del Conocimiento son los países americanos, que no se ponen de acuerdo», afirma.
Estos países deben avanzar hacia un modelo como el europeo, con un sistema similar al del crédito ECTS. Esta herramienta facilitaría el reconocimiento de los estudios, la movilidad del alumnado y la puesta en marcha de más títulos conjuntos.
«Si ellos se uniesen como bloque, se reconociesen más de lo que lo hacen y construyesen algo parecido a nuestro Plan Bolonia, sería solo conectar el enchufe con nosotros. El problema es que están muy separados. Conectarlos con España, Portugal y Europa sería rápido una vez que lo hagan. De hecho, a nivel de máster ya se hace para facilitar que puedan cursar el doctorado aquí», añade.
La movilidad de estudiantes
A pesar de todos los problemas de reconocimiento y conciliación de sistemas universitarios, la movilidad de estudiantes existe. Sin embargo, es importante derribar algunos mitos. Por ejemplo, que España no es el destino deseado, como se piensa aquí, ya que la mayor parte de las movilidades del alumnado americano se dan en aquella zona.
«Vemos que los estudiantes cada vez eligen más países cercanos, como Brasil o Colombia. Esa visión de que España tiene una fuente ilimitada de alumnos internacionales hay que ponerla en cuarentena, porque cada vez vienen menos. El factor económico cuenta», explica Ana Capilla.
No obstante, España recibe un volumen importante de estudiantes de países hispanohablantes. Según datos del Ministerio de Universidades correspondientes al curso 2023-2024, de los 159.000 estudiantes internacionales presenciales, 52.000 llegaron de la región iberoamericana. La cifra aumenta a 93.700 si se suman los estudiantes con nacionalidad de países iberoamericanos residentes en España. De todos los que se desplazaron a España exclusivamente para estudiar, la mayoría (más de 42.000) ingresaron en las universidades mediante matrícula ordinaria y no a través de un programa de movilidad.
Estas cifras son distintas a las del alumnado europeo que elige España. De los 65.000 que vinieron a las universidades españolas, casi 37.000 lo hicieron a través de convenios, principalmente Erasmus, y para estudiar en el nivel de grado. «El idioma manda mucho y hace que, en términos de relaciones docentes, el alumnado que nos llega de fuera proceda principalmente de América, mientras que el europeo viene con Erasmus», aclara Juan García.
El alumnado americano que decide venir a estudiar a España lo hace principalmente para cursar un máster. El Ministerio calcula que son en torno a 55.000. «Vienen buscando el prestigio de la universidad española y cursan el máster aquí para poder acceder más fácilmente al programa de doctorado», añade.

Los motivos por los que el alumnado americano decide estudiar en España han variado con el tiempo, pero principalmente están relacionados con que España es la puerta de Europa para ellos. «Primero buscaban tener maestrías, algo que no encontraban en sus países. Posteriormente venían para cursar el doctorado, que en América era muy reducido y se apoyaban bastante en las universidades españolas. Y ahora, además de lo anterior, se busca la creación de redes», explica la directora del Grupo La Rábida, María de la O Barroso.
La red de colaboración ha trascendido al alumnado y ahora también profesores vienen a formarse y a crear nexos comunes de investigación, que contribuyen a la creación de publicaciones entre investigadores de diferentes universidades.
Iniciativas para fortalecer el Espacio Iberoamericano del Conocimiento
El Grupo La Rábida, liderado por la Universidad Internacional de Andalucía, es un consorcio que aglutina 112 universidades de veinte países. Fue creado para fomentar la cooperación académica, científica, tecnológica y cultural, así como para estrechar los lazos universitarios y favorecer la integración de los pueblos iberoamericanos.
El Grupo La Rábida cuenta con varios elementos para la creación del espacio iberoamericano del conocimiento. Desde hace tres años celebra el Encuentro La Rábida, donde rectores y vicerrectores tratan fórmulas para buscar el nexo común. Otro elemento con el que impulsa la unión es el Premio La Rábida, que apoya la investigación y la búsqueda de elementos comunes. Más recientemente, esta alianza de universidades ha puesto en marcha las cotutelas de doctorado. «Queremos que las tesis estén dirigidas por un investigador de cada región, para que confluyan y se potencie la movilidad», añade María de la O Barroso.
La Organización de Estados Iberoamericanos (OEI) también dispone de mecanismos para el fomento de la movilidad y la unión de los sistemas universitarios. «Brindamos nuestras sedes y contactos para favorecer la mayor coordinación posible y trabajamos con las asociaciones de rectores», explica Ana Capilla.
Junto a estas acciones, más de carácter institucional, esta organización dispone de programas de becas que apoyan la movilidad, especialmente en la etapa de máster y doctorado. También cuenta con el Programa de Intercambio y Movilidad Académica (PIMA). Esta iniciativa está destinada al alumnado de grado y es muy similar a Erasmus. Contempla ayudas para movilidades de un curso o un cuatrimestre, que cubren el coste de matrícula y una cuantía mensual para financiar la estancia en el país de destino. Sin embargo, a pesar de que lleva en marcha 25 años, no tiene la financiación ni el impulso suficientes para que funcione mínimamente.
Por su parte, CRUE ha intensificado en los últimos años una estrategia de «diplomacia académica activa con nuestros homólogos iberoamericanos», dice el rector de la UNED. Un ejemplo claro son las cumbres bilaterales celebradas con la Asociación Nacional de Universidades e Instituciones de Educación Superior de la República Mexicana (ANUIES), la Asociación Colombiana de Universidades de Colombia (ASCUN) y el Consejo de Rectores y Rectoras de las Universidades Chilenas (CRUCH), y las previstas en los próximos meses con otras asociaciones nacionales de rectores y rectoras como el Encuentro Perú-España en marzo.
«Estas cumbres no son meros encuentros protocolarios, sino espacios de trabajo donde se comparten agendas estratégicas sobre calidad, digitalización, inteligencia artificial, ciencia abierta o movilidad. Además, hemos reforzado la colaboración con el Ministerio de Asuntos Exteriores para impulsar programas de movilidad académica y profesional en el espacio iberoamericano», añade Ricardo Mairal.

Hacia una integración regional más efectiva
El poder político, los Estados, está dando pasos hacia esta unión académica y científica. En 2024, ministros de educación superior de Iberoamérica acordaron en Madrid avanzar en el reconocimiento de estudios y títulos universitarios, así como impulsar la movilidad académica. De ese encuentro salió un convenio para actualizar el Acuerdo sobre el reconocimiento de periodos de estudio y de títulos de Educación Superior en la región, avanzar en el Sistema Iberoamericano de Aseguramiento de la Calidad (SIACES) e implementar un modelo unificado de Suplemento Iberoamericano al Título de Educación Superior para facilitar el reconocimiento de los títulos y fomentar la movilidad académica entre los países.
Sin embargo, los acuerdos alcanzados se quedan a menudo en papel mojado y no pasan de ser declaraciones de intenciones que no se materializan en herramientas concretas. La unión de los sistemas universitarios y de conocimiento de ambas orillas del Atlántico es más necesaria que nunca, en vista del contexto internacional. Se necesitan acuerdos a nivel de Estados, unas directrices comunes para medir los programas educativos y que los títulos se diseñen de acuerdo con resultados de aprendizaje compartidos. Solamente con esos mecanismos se puede alcanzar un espacio iberoamericano de conocimiento que contribuya al avance de las regiones y a defender una entidad articulada por la lengua común.
















