Cuando abrió sus puertas en 1868, la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) tenía 335 estudiantes y 45 profesores. Hoy, 159 años después de su creación, reúne a 54.596 estudiantes en nueve sedes, ofrece 474 programas académicos y cuenta con más de 1.000 grupos de investigación. Entre aquella Universidad que nació en un país en construcción y la actual hay más de un siglo y medio de transformaciones, pero permanece una idea esencial, hacer de la educación pública y del conocimiento una manera de entender a Colombia y aportar a sus grandes desafíos

La UNAL fue creada mediante la Ley 66 del 22 de septiembre de 1867 como Universidad Nacional de los Estados Unidos de Colombia. El país apenas empezaba a organizar sus instituciones y la nueva Universidad fue concebida como un proyecto de Estado capaz de reunir distintos campos del conocimiento y formar los profesionales que esa nación necesitaba. Su primer rector, Manuel Ancízar, asumió la tarea de poner en marcha una institución que inicialmente funcionó en edificios del centro de Bogotá.
Desde esos primeros años hubo una preocupación que sigue teniendo vigencia. La procedencia geográfica no debía convertirse en una barrera para estudiar. Por eso, el Gobierno garantizaba becas para jóvenes provenientes de los nueve estados que conformaban entonces el país –Antioquia, Bolívar, Boyacá, Cauca, Cundinamarca, Magdalena, Panamá, Santander y Tolima–.
159 años después, esa vocación tiene otras dimensiones. Hoy la Universidad tiene Sedes en Bogotá, Medellín, Manizales, Palmira, Amazonia, Caribe, Orinoquia, Tumaco y La Paz, y el 82 % de sus inscritos proviene de municipios distribuidos en todos los departamentos de Colombia. Además, 9.403 estudiantes han ingresado mediante programas especiales que buscan ampliar las posibilidades de acceso a la educación superior pública.
Una Universidad que creció con el país
La historia de la UNAL también permite seguir algunas de las transformaciones de Colombia. En sus aulas se discutieron tempranamente asuntos como la enseñanza de la teoría de la evolución y la sociología, mientras la libertad de cátedra comenzaba a convertirse en uno de los debates centrales de la Institución. En 1870 Manuel Ancízar renunció a la Rectoría al considerar que la imposición de determinados textos para la enseñanza vulneraba ese principio.
Décadas después llegaría otra transformación decisiva. La reforma de 1935 recuperó la Rectoría General y dio paso a la construcción de la Ciudad Universitaria de Bogotá. El proyecto buscaba, más allá de trasladar Facultades, reunir diferentes campos del saber en un mismo espacio para propiciar su encuentro.
La Institución también abrió espacios que hasta entonces estaban prácticamente vedados para las mujeres. En 1935 Gerda Westendorp se convirtió en la primera mujer admitida en una universidad colombiana; años después, Gabriela Peláez sería la primera abogada del país e Inés Ochoa de Patiño la primera médica colombiana.
La reforma liderada por el rector José Félix Patiño en 1965 reorganizó Facultades, impulsó los estudios generales y fortaleció la dedicación docente y la investigación. En 1986 la Universidad creó los primeros doctorados del país en Física, Matemáticas y Química, y hacia finales del siglo XX amplió su presencia hacia las fronteras con las Sedes de Amazonia, Orinoquia y Caribe.
Conocimiento para entender y transformar Colombia
En estos 159 años, Colombia no solo ha sido el territorio donde funciona la Universidad, sino también una de sus grandes preguntas. Una muestra está en el Herbario Nacional Colombiano, fundado en 1936 y convertido en un enorme archivo de la biodiversidad nacional. Otra llegó desde las ciencias sociales en 1962 con la publicación de La violencia en Colombia. Estudio de un proceso social, obra que abordó uno de los periodos más dolorosos de la historia nacional y mostró la importancia de disciplinas como la sociología y la historia para comprender sus problemas.
Hoy esas preguntas abarcan el cambio climático, la biodiversidad, la salud pública, la transición energética, la inteligencia artificial, la seguridad alimentaria, los océanos, la Amazonia, la paz y el desarrollo territorial. Para investigarlas, la UNAL cuenta con 1.002 grupos de investigación, 2.929 investigadores y 742 semilleros en los que participan 6.499 estudiantes. Cerca del 65 % de sus docentes de planta tienen doctorado.
Entre 2020 y 2024 sus investigadores publicaron 10.390 artículos registrados en Scopus, que acumularon 147.358 citas. En 2026 la UNAL se ubicó entre el 3,6 % de las mejores universidades del mundo según el Center for World University Rankings (CWUR), y 34 de sus programas figuran entre los mejores del mundo en el QS por disciplinas, seis de ellos en el top 100.
Todo ese conocimiento también se ha convertido en soluciones concretas. El neurocirujano y egresado Salomón Hakim identificó la hidrocefalia de presión normal y desarrolló una válvula para regular el drenaje del líquido cefalorraquídeo, un dispositivo que transformó su tratamiento y se convirtió en referente mundial de la neurocirugía.
Ante la escasez de incubadoras, el pediatra y profesor Édgar Rey Sanabria impulsó en el Instituto Materno Infantil el contacto piel a piel entre la madre y el bebé prematuro, práctica que dio origen al Método Madre Canguro y que hoy recomienda la Organización Mundial de la Salud (OMS) para bebés prematuros o con bajo peso al nacer.
Los aportes alcanzaron otros campos. Orlando Fals Borda, cofundador de la Facultad de Sociología, impulsó la Investigación-Acción Participativa, que involucró a las comunidades en la producción de conocimiento y alcanzó influencia internacional.
El cirujano y profesor Oswaldo Borráez ideó en el Hospital San Juan de Dios la Bolsa de Borráez para proteger las vísceras cuando no era posible cerrar el abdomen, una técnica que se convirtió en referente de la cirugía mundial.
A ellos se suma el científico y profesor Manuel Elkin Patarroyo, quien desarrolló la vacuna sintética SPf66 contra la malaria. Aunque su eficacia fue limitada y no llegó a convertirse en una vacuna de uso rutinario, abrió una ruta novedosa para el diseño químico de vacunas y tuvo repercusión internacional.
Esa capacidad de llevar el conocimiento más allá de las aulas y los laboratorios continúa. Entre 2000 y 2024, 144 patentes fueron concedidas a la UNAL, según la Superintendencia de Industria y Comercio.

Las huellas que salieron de sus aulas
Pero la historia de una universidad no se mide solamente por edificios, programas o publicaciones. También está en las personas que pasaron por sus aulas y llevaron lo aprendido hacia otros escenarios.
De la UNAL salió Julio Garavito Armero, matemático, ingeniero y astrónomo cuyo apellido identifica hoy un cráter de la Luna. También Jorge Velosa, quien convirtió las historias y sonidos campesinos en carranga; Tatiana Toro, matemática que llegó a dirigir uno de los centros de investigación matemática más prestigiosos del mundo, y Piedad Bonnett, reconocida en 2024 con el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana.
Esas huellas siguen apareciendo en nuevas generaciones. El físico Ronald García Ruiz, egresado y hoy profesor del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), investiga átomos y moléculas exóticas para estudiar las fuerzas fundamentales de la materia; la ingeniera agrónoma Martha Lucía Orozco llevó la investigación sobre cultivos hasta la Estación Espacial Internacional, y el físico Camilo «Milo» Buitrago-Casas lideró en 2026 una misión suborbital de la NASA para estudiar fulguraciones solares.
La Universidad que nació pensando en cómo integrar un país disperso también terminó conectándolo con el mundo. Entre 2016 y 2025, 7.073 estudiantes de la UNAL realizaron movilidad internacional y otros 4.843 provenientes del exterior llegaron a sus Sedes para cursar asignaturas, investigar, hacer prácticas, desarrollar trabajos de grado o participar en programas de doble titulación.
Actualmente mantiene 888 convenios internacionales vigentes con instituciones de 62 países, que abarcan intercambio académico, investigación, prácticas, pasantías, dobles titulaciones, cotutelas y otras modalidades de cooperación. Sus vínculos, tradicionalmente fuertes con países como España, Francia y Alemania, se amplían hacia Hispanoamérica, Asia-Pacífico, África y Medio Oriente.
Así, a sus 159 años, la UNAL mantiene un lugar central en la vida del país, no solo por su tamaño o trayectoria, sino por el conocimiento que produce, los profesionales que forma y su capacidad para poner la educación pública, la ciencia y la investigación al servicio de Colombia.












