En Colombia hay más de 135.000 desaparecidos, trece mil lugares de interés forense y 48.000 personas buscando a sus seres queridos

Según la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas, entidad creada en 2016 en el marco del Acuerdo de Paz entre el Gobierno nacional y las FARC-EP, alrededor de 135.396 personas figuran como desaparecidas, existen 13.033 sitios de interés forense para la búsqueda, y al menos 47.901 personas buscadoras con solicitudes para encontrar a sus seres queridos.

La profesora María Inés Barreto lleva décadas analizando restos óseos en casos tan emblemáticos como el del Palacio de Justicia. Foto: UNAL.

Todas estas personas figuran con nombre y apellido en las bases de datos, mientras sus familias esperan la posibilidad de hallarlas y darles sepultura. En este contexto, el trabajo de los expertos forenses resulta indispensable, pues son los “detectives” de los restos que se van encontrando.

Dos ejemplos son La Escombrera, en la parte alta de la comuna 13 de Medellín —escenario de operaciones militares entre 2002 y 2003—, y el emblemático caso del cura Camilo Torres, docente, cofundador del Departamento de Sociología y primer capellán de la Capilla Cristo Maestro de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL), cuyos restos aún están en estudio para confirmar su identidad.

La profesora Barreto, del Departamento de Antropología de la UNAL, ha participado en la identificación de restos en lugares como la antigua Yugoslavia, escenario de sangrientos conflictos tras la desintegración de Estados en la región balcánica (entre 1991 y 1992), y en el caso del Palacio de Justicia en Colombia.

“Desde 1998 estuve a cargo de algunas exhumaciones realizadas en la fosa común del Palacio de Justicia, buscando a las personas desaparecidas. Uno de los logros más importantes fue que la fiscal del caso entendiera la necesidad de exhumar todo, pues a partir de allí se empezaron a aclarar las identidades, ya que hasta ese momento había muchos restos mal identificados”, explica la profesora Barreto.

Añade que lo más valioso de la antropología forense es poder decirles a las familias: “le restituyo el cuerpo de su familiar, a quien no veía desde hace 25 o 30 años, y por el que llevaba un duelo eterno”.

La ruta con la que los huesos cuentan la historia

El primer paso es la denuncia de los familiares ante la Fiscalía, Medicina Legal o incluso una personería o defensoría. Allí se entrega toda la información posible para reconstruir las circunstancias de la desaparición.

“Cuando se produce el hallazgo —en una fosa común o en otro lugar—, generalmente a partir del testimonio de un testigo o de un perpetrador, el proceso de identificación puede tardar hasta un año. Entidades como el área de criminalística de la Policía o la Fiscalía se desplazan al sitio y realizan las excavaciones”.

“No todos los cuerpos están enterrados, algunos pueden estar en la superficie o en el agua, porque los contextos en que aparecen los cadáveres son tan variados como la imaginación lo permita”, señala la académica.

El levantamiento presenta múltiples dificultades, por ejemplo en zonas selváticas o en medio del conflicto armado, en donde las exhumaciones pueden durar apenas una o dos horas. Para ello se emplean herramientas como palustres y brochas, e incluso maquinaria pesada, como retroexcavadoras en el caso de La Escombrera.

“Es fundamental preservar el cadáver sin alteraciones para conservar la mayor evidencia posible e interpretar si lo maniataron, le vendaron los ojos, lo asesinaron en el lugar o lo trasladaron desde otro sitio, porque todo eso se analizará luego en el laboratorio, teniendo también fotografías, planos y material útil para un eventual proceso judicial”, afirma.

Todo suma desde el primer momento

La identificación depende en gran medida del estado de conservación con que los restos llegan al laboratorio. Antes de ello, en la morgue se realizan rayos X para detectar posibles proyectiles o elementos explosivos. Posteriormente los restos se limpian y se restauran lesiones o fracturas que pudieron producirse durante el enterramiento.

“A partir de allí se establecen el sexo y la edad, teniendo en cuenta rangos amplios, pues una persona puede aparentar una edad distinta a la que tenía. Por eso evaluamos indicadores de crecimiento, desarrollo y cambios a lo largo de la vida para estimar un intervalo”, menciona.

El trabajo es interdisciplinario e involucra odontólogos, médicos y otros especialistas. Se analizan aspectos como si la persona era diestra o zurda, si realizó labores que afectaron su columna o si presentaba protuberancias en el cráneo. También se toman muestras de ADN —análisis que no estaban disponibles hace dos o tres décadas— para compararlas con muestras de sangre de padres, hermanos u otros familiares cercanos. Cada dato contribuye a construir la identidad.

“El ADN suele extraerse de la porción petrosa del oído, porque esa parte se preserva muy bien; si no está disponible se utilizan los dientes —sin caries y aún insertos en el hueso— o fragmentos del fémur o la tibia de unos 5 a 10 cm”, detalla.

Para determinar el sexo biológico se analiza especialmente la pelvis y el cráneo, aunque se evalúa todo el esqueleto. Existe un dimorfismo sexual relativamente evidente, con rasgos más robustos en los hombres, como mayor prominencia en ciertas zonas del cráneo o una pelvis menos amplia.

“La apófisis mastoides —hueso detrás de la oreja— suele ser más pequeña en las mujeres; la cresta nucal, en la parte posterior del cráneo, es más pronunciada en los hombres, y la pelvis femenina está adaptada al parto y es más amplia”, describe.

Los dientes son fundamentales para estimar la edad, pues reflejan los cambios desde la infancia. Por ejemplo, los primeros incisivos suelen aparecer alrededor de los seis meses, mientras que otros aparecen meses después, en un proceso que continúa a lo largo de la vida.

“Desde que estamos en el vientre materno hasta la muerte, el esqueleto está en constante cambio”, señala.

Una vez finalizado el análisis, se elabora un informe que contrasta la información aportada por la familia con los hallazgos. En Colombia existe el Sistema de Información Red de Desaparecidos y Cadáveres (SIRDEC), que permite comparar y depurar datos para establecer una presunta identidad y proceder a la entrega digna de los restos, reglamentada por el Decreto 303 de 2015.

“En una ocasión, durante una entrega, me sorprendió la presencia de un niño —algo poco común sin autorización especial—. Preguntaba todo: por qué había un orificio de bala, cómo entró y salió el proyectil, cómo determinamos la edad o el sexo. Su familia decía que él les ayudaba a procesar la situación, porque no tenía miedo de hablar del tema”, relata para concluir la profesora Barreto.

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