Una anomalía geomagnética en el Atlántico Sur pone en riesgo la eficacia de los satélites y no es la primera vez que ocurre

La Anomalía del Atlántico Sur (SAA), una extensa región donde el campo magnético de la Tierra es especialmente débil, vuelve a situarse en el foco de la investigación científica por su posible impacto sobre satélites, misiones espaciales y sistemas tecnológicos en órbita.

ALISIO-1 Satélite Avanzado de Imágenes Terrestres para Observaciones Infrarojas (Advanced Land-Imaging Satellite for Infrared Observations) es el primer satélite canario que orbitará la Tierra en el marco del programa espacial ALISIO, liderado por el IAC y coordinado por el grupo de IACTEC-Espacio.

Un nuevo estudio internacional liderado por el Instituto de Geociencias (IGEO, CSIC-UCM) confirma que este fenómeno no es exclusivo de la actualidad, sino que ya se ha producido en el pasado con patrones similares de evolución.

La investigación, publicada en la revista PNAS, reconstruye la historia del campo magnético terrestre durante los últimos 2.000 años y sugiere que estas anomalías pueden ser parte de un proceso recurrente ligado a la dinámica interna del planeta.

Una zona de debilidad del campo magnético que afecta a la tecnología espacial

La Anomalía del Atlántico Sur es una región en la que el campo geomagnético es más débil de lo habitual, lo que permite una mayor penetración de radiación cósmica. Este fenómeno representa un riesgo creciente para la tecnología espacial, ya que puede provocar fallos en satélites, interferencias en sistemas electrónicos y problemas en misiones en órbita baja.

Aunque su intensificación en los últimos siglos ha generado preocupación en la comunidad científica, hasta ahora no estaba claro si se trataba de un fenómeno excepcional o repetido en el tiempo.

Evidencias de que la anomalía ya ocurrió hace más de mil años

Para responder a esta cuestión, el equipo ha analizado 41 nuevas mediciones arqueomagnéticas procedentes del noroeste de Argentina, una zona cercana al centro actual de la anomalía.

Estos materiales arqueológicos conservan una “memoria magnética” del campo terrestre en el momento en que fueron sometidos a altas temperaturas, lo que permite reconstruir su evolución con precisión.

Intensidad del campo magnético terrestre en la superficie del planeta. La línea blanca muestra la evolución de las zonas de baja intensidad registradas en distintos momentos de los últimos dos milenios./IGEO-CSIC-UCM.

Los resultados indican que ya en el primer milenio de nuestra era existieron anomalías similares de baja intensidad, con patrones de desplazamiento comparables a los actuales.

Nuestros resultados muestran que regiones de campo geomagnético débil similares a la actual Anomalía del Atlántico Sur ya existieron en el pasado”, explica Miriam Gómez-Paccard, investigadora del CSIC en el IGEO y autora principal del estudio.

Un fenómeno que se desplaza desde el océano Índico

El nuevo modelo geomagnético global elaborado por el equipo muestra que la anomalía actual se originó bajo el océano Índico alrededor del año 1000, desplazándose progresivamente hacia el oeste hasta alcanzar su posición actual sobre el Atlántico Sur.

El estudio también identifica un episodio similar durante el primer milenio, con una trayectoria prácticamente equivalente. “Hasta ahora la escasez de datos en el hemisferio sur introducía grandes incertidumbres”, señala F. J. Pavón-Carrasco, investigador de la Universidad Complutense de Madrid.

La incorporación de nuevos datos ha permitido reconstruir con mayor precisión la evolución del campo magnético terrestre.

Un fenómeno natural con implicaciones para satélites y el futuro tecnológico

Los resultados apuntan a que la Anomalía del Atlántico Sur podría ser la expresión más reciente de un proceso geodinámico recurrente, vinculado a la dinámica del núcleo externo de la Tierra.

Este “motor interno” que genera el campo magnético terrestre es más complejo de lo que se pensaba, y su comportamiento futuro sigue siendo difícil de predecir.

Los investigadores advierten de que estas anomalías pueden debilitarse o incluso desaparecer con el tiempo, pero también subrayan la incertidumbre sobre sus escalas temporales y evolución.

Mientras tanto, la comunidad científica considera clave seguir ampliando los registros arqueomagnéticos para mejorar los modelos que permiten anticipar su impacto sobre la tecnología espacial.