La capacidad de los cultivos para soportar una sequía, del ganado para resistir nuevas enfermedades o de los bosques para recuperarse tras un gran incendio depende de un factor que suele pasar desapercibido: la diversidad genética. Sin ella, las especies pierden capacidad para adaptarse a un entorno cada vez más cambiante, lo que compromete tanto la producción de alimentos como el equilibrio de los ecosistemas y, en última instancia, la supervivencia humana.

Ese es el principal mensaje de Los recursos genéticos, el nuevo volumen de la colección ¿Qué sabemos de?, editada por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y Catarata, que analiza cómo se genera, conserva y aprovecha la diversidad genética en cultivos, ganado, bosques y ecosistemas acuáticos.
«Sin ella, los cultivos no podrían responder a nuevas plagas o sequías, el ganado no resistiría enfermedades emergentes, los bosques no soportarían incendios más intensos y los ecosistemas acuáticos no podrían recuperarse de la sobreexplotación y el calentamiento global», resumen los autores.
La diversidad genética sostiene la producción de alimentos
La variabilidad genética es el mecanismo que permite que, dentro de una misma especie, algunos individuos posean características que les ayudan a sobrevivir cuando cambian las condiciones ambientales.
Los investigadores recuerdan que esta diversidad constituye la base de todos los recursos genéticos que sostienen la alimentación, la agricultura y buena parte de los servicios que proporcionan los ecosistemas.
Según explican, se trata de un patrimonio vivo que cambia continuamente mediante mutaciones, intercambio de genes entre poblaciones o procesos de selección natural. También puede modificarse por la acción humana, como ha ocurrido durante miles de años con la domesticación de plantas y animales.
En el caso del ganado, Luis Varona, investigador de la Universidad de Zaragoza, explica que la selección artificial favoreció animales «que mostraban una mejor adaptación a la vida bajo cuidado humano, como una menor agresividad, mayor docilidad, una reproducción más predecible o una mayor productividad».
El cambio climático acelera la pérdida de diversidad genética
Los autores consideran que el cambio climático representa la mayor amenaza común para los recursos genéticos de la agricultura, la ganadería, los bosques y los ecosistemas acuáticos.
El aumento de las temperaturas, las sequías prolongadas, las olas de calor, los grandes incendios forestales o la acidificación de los océanos favorecen la aparición de nuevas plagas y enfermedades, desplazan poblaciones y aceleran la desaparición de variantes genéticas que podrían resultar esenciales para adaptarse al futuro.
En los bosques, por ejemplo, esta situación resulta especialmente preocupante.
«Las poblaciones pequeñas, marginales o aisladas, que a menudo albergan variantes genéticas únicas, son especialmente vulnerables. La pérdida de estas poblaciones supone una merma irreparable en el patrimonio genético de las especies forestales», advierte José M. Climent, investigador del Instituto de Ciencias Forestales (ICIFOR-INIA-CSIC).
Un patrimonio que puede desaparecer en solo unas décadas
Mientras generar nueva diversidad genética suele requerir miles de años de evolución, su desaparición puede producirse en muy poco tiempo.
Los investigadores ilustran esta idea mediante una metáfora sencilla: cada especie afronta los cambios ambientales con una «maleta» llena de recursos genéticos. Cuantas más opciones contenga esa maleta, mayores serán las probabilidades de que algunos individuos sobrevivan cuando cambie el entorno.
Incluso organismos aparentemente poco visibles desempeñan un papel esencial. Montse Pérez, investigadora del Instituto Español de Oceanografía (IEO-CSIC), recuerda que «el fitoplancton está compuesto por organismos microscópicos que constituyen la base de la cadena alimentaria en los ecosistemas acuáticos y, en los océanos, produce aproximadamente el 50 % del oxígeno atmosférico».
Bancos de semillas: el seguro frente a futuras pérdidas
Para evitar la desaparición de este patrimonio biológico, los investigadores defienden combinar dos estrategias complementarias.
La primera consiste en conservar las especies en sus propios hábitats mediante programas de seguimiento y gestión, favoreciendo que continúen evolucionando de forma natural.
La segunda pasa por almacenar semillas, embriones, gametos o material vegetal en bancos de germoplasma, que funcionan como un seguro frente a guerras, catástrofes naturales o pérdidas irreversibles de biodiversidad.
El ejemplo más conocido es el Banco Mundial de Semillas de Svalbard, en Noruega, conocido como la «bóveda del fin del mundo», donde se conservan más de 1,3 millones de muestras procedentes de 249 países. En España destacan instalaciones como el Centro de Recursos Fitogenéticos del INIA-CSIC, en Alcalá de Henares, o el Banco de Germoplasma Vegetal Andaluz.
Proteger hoy la diversidad genética para asegurar el futuro
El libro, promovido por la Conexión Recursos Genéticos (REGEN) del CSIC, reúne el trabajo de Pedro Revilla, José M. Climent, Montse Pérez y Luis Varona, quienes defienden una estrategia integrada que combine conservación, investigación, políticas públicas y nuevas tecnologías.
Los autores concluyen que la protección de la diversidad genética trasciende el ámbito científico y constituye una responsabilidad colectiva.
«La diversidad genética es una herencia viva que se remonta a hace miles o incluso millones de años cuya responsabilidad nos toca asumir hoy, para garantizar y preparar nuestros sistemas productivos, ecosistemas y sociedades ante las incertidumbres del futuro».













