El cambio climático transformará el mapa agrícola de España. Aunque el aumento de las temperaturas suele asociarse a una menor producción de alimentos, sus efectos no serán iguales en todo el territorio. Mientras Galicia, la cornisa cantábrica y los Pirineos podrían incrementar su capacidad para producir alimentos, buena parte del interior y del centro-este peninsular perderán potencial agrícola, en algunos casos con descensos especialmente severos.

Esta es una de las principales conclusiones de una investigación desarrollada por el Instituto de Análisis Económico (IAE) del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), que ha creado CADI, una plataforma capaz de anticipar cómo evolucionará el potencial agrícola de cualquier región del planeta con una resolución de diez por diez kilómetros. La herramienta está diseñada para ayudar a administraciones y responsables políticos a planificar medidas de adaptación frente al cambio climático.
Galicia, la cornisa cantábrica y los Pirineos ganarán potencial agrícola
El estudio concluye que España reproduce a menor escala el patrón que ya se observa a nivel mundial. Las zonas situadas en latitudes más septentrionales o con mayor altitud se beneficiarán de unas condiciones climáticas más favorables para la agricultura, mientras que las regiones más cálidas sufrirán un deterioro progresivo de su capacidad productiva.
En Europa, el norte del continente y áreas como Escandinavia, Finlandia, Escocia o los Alpes aumentarán su potencial agrícola. En cambio, el sur del continente, incluida la península ibérica, perderá capacidad para producir alimentos.
En España, explica Hannes Mueller, investigador del IAE-CSIC, «se reproduce a pequeña escala el patrón mundial: la cornisa cantábrica, Galicia y los Pirineos ganan productividad, mientras que buena parte del interior y del centro-Este peninsular la pierde, incluyendo zonas en las que se concentran pérdidas severas».
Los investigadores matizan, no obstante, que «las ganancias más extremas de las latitudes altas parten de niveles de producción muy bajos: son enormes en porcentaje, pero modestas [si se miden] en calorías absolutas».

El cambio climático ya está reduciendo la capacidad para producir alimentos
Los resultados muestran que esta transformación ya está en marcha. El cambio climático está mermando la capacidad de producir alimentos para cientos de millones de personas y sus efectos ya son visibles en numerosas regiones agrícolas del planeta.
Según la investigación, alrededor del 16 % de las tierras de cultivo del mundo, aproximadamente una de cada seis, ha perdido ya más del 10 % de su productividad potencial al comparar los periodos 1981-2000 y 2001-2020.
Las pérdidas, sin embargo, no se distribuyen de manera uniforme. Las regiones tropicales concentran los mayores descensos, mientras que algunas zonas de latitudes altas experimentan incrementos de productividad como consecuencia del aumento de las temperaturas.
Casi la mitad de la población vivirá en zonas agrícolas en declive antes de mediados de siglo
Las previsiones son todavía más preocupantes para las próximas décadas. Actualmente, alrededor del 15 % de la población mundial vive en regiones que ya han perdido al menos un 5 % de su potencial agrícola.
En un escenario de calentamiento medio-alto del IPCC, con un incremento global de la temperatura de unos 2,1 ºC, los investigadores estiman que entre 2041 y 2060 casi el 49 % de la población mundial podría residir en zonas donde la capacidad para producir alimentos estará disminuyendo.
Además, las pérdidas se concentrarán en un número reducido de territorios. Apenas un 5 % de las tierras agrícolas situadas en regiones tropicales acumula ya hasta el 35 % de todas las pérdidas mundiales, y a mediados de siglo solo una cuarta parte de los países concentrará entre el 85 % y el 90 % del deterioro agrícola global.
Un mapa para anticipar dónde será necesario adaptar la agricultura
Para llegar a estas conclusiones, los investigadores desarrollaron CADI, una plataforma que compara la productividad agrícola máxima que puede alcanzar cada territorio bajo diferentes condiciones climáticas, manteniendo constantes los cultivos existentes en 2020. De este modo, las diferencias observadas responden exclusivamente al efecto del clima y no a cambios tecnológicos o en las prácticas agrícolas.
La plataforma utiliza datos históricos de productividad agrícola de la FAO y registros climáticos del programa europeo Copernicus, comparando los periodos 1981-2000 y 2001-2020. A partir de esa base, proyecta la evolución del potencial agrícola hasta el año 2100 utilizando distintos escenarios climáticos del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC) y asumiendo que no se adoptan medidas de adaptación.
Adaptarse será el gran desafío para mantener la producción de alimentos
Los autores advierten de que el cambio climático obligará a transformar la agricultura en muchas regiones mediante nuevas tecnologías, cambios en los cultivos e incluso el desplazamiento de determinadas producciones hacia zonas con mejores condiciones climáticas.
Sin embargo, esa capacidad de adaptación será muy desigual. Los pequeños agricultores y las regiones con menos recursos dispondrán de menos opciones para afrontar estos cambios, lo que incrementará los riesgos para la seguridad alimentaria y los medios de vida rurales.
Los investigadores señalan que «cuando los rendimientos bajan, los impactos se propagan en todos los sentidos: la inseguridad alimentaria aumenta, los ingresos rurales disminuyen y las comunidades se enfrentan a decisiones difíciles sobre la migración y el cambio de medios de vida».
Además, advierten de que la redistribución del potencial agrícola también generará tensiones dentro de los propios países. «Esto plantea un reto incluso donde la productividad aumenta: las ganancias desplazan el peso de la agricultura hacia nuevas zonas y obligan a reasignar tierra, agua e inversión dentro de las fronteras nacionales». Estas tensiones distributivas, añaden, pueden «alimentar conflictos no solo entre países, sino también en el interior de cada uno».
La identificación de las áreas que sufrirán mayores pérdidas permitirá orientar con mayor precisión las políticas agrarias, priorizar las inversiones y dirigir los recursos hacia las comunidades más vulnerables, concluyen los investigadores.













