Las ciudades están cambiando nuestra forma de vivir

Las ciudades parecen formar parte del paisaje como si siempre hubieran estado ahí. Calles, edificios, plazas, mercados, viviendas, hospitales, colegios, carreteras… Pero una ciudad es mucho más que una concentración de personas y edificios. Es una enorme construcción social que determina cómo trabajamos, cómo nos desplazamos, cómo nos relacionamos e incluso cómo hacemos política.

Y su importancia no dejará de crecer. En 1950, solo alrededor del 20 % de la población mundial vivía en ciudades de al menos 50.000 habitantes. Las proyecciones apuntan a que más del 60 % de las personas vivirán en áreas urbanas en 2050. Al mismo tiempo, las megaciudades —aquellas que superan los diez millones de habitantes— continúan aumentando, especialmente en Asia.

Comprender cómo funcionan las ciudades, por tanto, significa también intentar comprender cómo será la vida humana en las próximas décadas.

Esa es una de las ideas que atraviesan La condición urbana, el último libro de la colección ¿Qué sabemos de?, editada por el CSIC y Catarata, en el que el filósofo e investigador del CSIC Francisco Colom González recorre la historia de las ciudades desde los primeros asentamientos neolíticos hasta las grandes metrópolis contemporáneas.

“Las ciudades no son solo escenarios donde se despliega la vida colectiva; son dispositivos sociales capaces de transformar radicalmente su entorno y, con él, las formas de vida de quienes las habitan. Su historia revela múltiples dimensiones, ya que han actuado como motor de innovación económica, mecanismo de integración política, espacio para la imaginación social y repositorio de la memoria colectiva”, resume Colom.

Una ciudad es mucho más que edificios juntos

La primera pregunta parece sencilla: ¿qué es exactamente una ciudad? Un campamento o una aglomeración de edificios no bastan para crear una ciudad. Para que exista una verdadera estructura urbana deben combinarse una determinada densidad humana, espacios públicos y actividades económicas diversas pero complementarias.

Todo ello necesita, además, servicios colectivos que hagan posible la convivencia. La economía resulta fundamental. Las ciudades necesitan intercambios, actividad productiva y redes que las conecten con otros territorios. La historia ofrece numerosos ejemplos de lo que ocurre cuando esas conexiones desaparecen.

“Muchas urbes romanas languidecieron en la Edad Media e incluso desaparecieron cuando se interrumpieron las rutas comerciales que las hacían viables”, recuerda Colom. Pero una ciudad no puede reducirse a una máquina económica.

La ciudad no es solo un espacio de intercambio y consumo, sino, ante todo, un espacio habitado y vivido”, señala el investigador. Por eso, cuando las condiciones de habitabilidad y sostenibilidad socioeconómica y medioambiental se deterioran, también lo hace la propia ciudad.

Esta cuestión resulta especialmente relevante en las grandes urbes actuales, donde problemas como la crisis de la vivienda, la turistificación masiva o el cambio climático están modificando las condiciones en las que millones de personas desarrollan su vida cotidiana.

¿Cómo hemos imaginado la ciudad perfecta?

La historia urbana también es la historia de un sueño: el deseo de construir la ciudad ideal. Cada época ha imaginado esa ciudad de una manera diferente. Para los griegos, la polis era el espacio de la autosuficiencia colectiva, la sabiduría y la participación pública. Para el cristianismo primitivo, el ideal se proyectó hacia la llamada ciudad de Dios.

Más tarde, la Revolución Industrial transformó radicalmente las ciudades y también las expectativas sobre ellas. El crecimiento acelerado, la contaminación, el hacinamiento y las malas condiciones sanitarias obligaron a plantear nuevas formas de organizar el espacio urbano.

De ahí surgieron algunas de las grandes utopías del urbanismo moderno. Una de las más conocidas fue la propuesta del arquitecto y urbanista suizo Le Corbusier, que imaginó una ciudad basada en la funcionalidad y la eficiencia. Su proyecto de la “ciudad radiante”, plasmado en el Plan Voisin de 1925 para París, proponía sustituir buena parte del tejido urbano existente por grandes rascacielos, espacios verdes y una red viaria subterránea.

La idea tenía también una dimensión social. “Su idea de la vivienda como una ‘máquina de habitar’ tenía el propósito declarado de poner fin al hacinamiento y la insalubridad de las viejas ciudades industriales y liberar a sus habitantes, particularmente a las mujeres, de las penosas tareas domésticas”, explica Colom.

Sus planteamientos contribuyeron a fijar algunas de las grandes cuestiones a las que debía responder el urbanismo moderno: habitar, trabajar, recrearse y circular. Estas ideas quedaron recogidas en la Carta de Atenas de 1933, uno de los documentos más influyentes de la arquitectura y el urbanismo del siglo XX.

De la ciudad radiante a las ciudades inteligentes

La búsqueda de la ciudad ideal no terminó con el urbanismo del siglo XX. Hoy las nuevas tecnologías han abierto otra vía para imaginar cómo serán las ciudades del futuro.

Un ejemplo es Woven City, el proyecto experimental impulsado por Toyota en Japón. Puesto en marcha en septiembre de 2025, funciona como una ciudad laboratorio destinada a probar nuevas formas de movilidad basadas en el hidrógeno y a explorar la relación entre tecnología, movilidad y vida cotidiana.

La diferencia respecto a las grandes utopías urbanísticas del pasado es que las nuevas propuestas no se centran únicamente en diseñar edificios y calles. También pretenden incorporar datos, inteligencia artificial, nuevas formas de movilidad, energías alternativas y sistemas digitales.

Pero la tecnología, por sí sola, tampoco resuelve los problemas de una ciudad. “El urbanismo por sí solo no garantiza ciudades satisfactorias ni asegura la calidad de vida. Este necesita complementarse con un entramado de bienes públicos, como la sanidad, la educación o la seguridad, que amplíen las posibilidades reales de sus habitantes para llevar una vida valiosa”, advierte Colom.

La idea resulta especialmente importante en un momento en que conceptos como ciudad inteligente o ciudad sostenible suelen asociarse principalmente a tecnología e infraestructuras. Una ciudad puede ser tecnológicamente avanzada y, al mismo tiempo, tener dificultades para ofrecer vivienda asequible, servicios públicos suficientes o espacios habitables.

Las calles también son espacios políticos

Hay otra dimensión de las ciudades que a veces queda oculta detrás de los edificios y las infraestructuras: la política. Las democracias contemporáneas están profundamente vinculadas a los espacios urbanos. Las calles y las plazas no solo sirven para desplazarse o encontrarse; también son lugares donde la ciudadanía se hace visible.

Desde el siglo XIX, el movimiento obrero y las sufragistas ocuparon el espacio público para reclamar derechos y hacerse escuchar. Y esa función política de las ciudades continúa vigente. Aunque las redes sociales hayan creado una nueva esfera pública digital, buena parte de las grandes movilizaciones contemporáneas ha pasado también por las calles.

La Primavera Árabe, los chalecos amarillos, Black Lives Matter o las movilizaciones contra el cambio climático tuvieron una dimensión física antes, durante o al mismo tiempo que adquirían repercusión en internet.

Es en calles y plazas donde continúa expresándose la ciudadanía, donde se aclama o se rechaza a los líderes y donde se celebran desfiles y rituales públicos”, afirma Colom.

El espacio urbano, por tanto, no es neutral. La forma en que se diseñan las calles, las plazas y los espacios públicos condiciona también las posibilidades de encuentro, participación y expresión colectiva.

El gran desafío: hacer habitables las ciudades del futuro

El crecimiento urbano plantea una paradoja. Las ciudades concentran cada vez más población, riqueza, actividad económica e innovación, pero también algunos de los grandes problemas de las sociedades contemporáneas.

La vivienda, la desigualdad, la movilidad, la contaminación, el consumo de recursos y los efectos del cambio climático se cruzan en las grandes áreas urbanas.

La mercantilización de las ciudades puede generar además tensiones entre quienes viven en ellas y quienes las utilizan como espacios de inversión, turismo o consumo. La turistificación masiva es uno de los ejemplos de cómo una actividad económica puede entrar en conflicto con la habitabilidad cotidiana.

Por eso, hablar de ciudades sostenibles no significa únicamente construir edificios más eficientes o introducir nuevas tecnologías. También implica garantizar las condiciones sociales que permiten que una ciudad pueda ser vivida.

La historia demuestra que las ciudades son capaces de adaptarse, transformarse y sobrevivir a cambios profundos. Pero también muestra que pueden entrar en decadencia cuando pierden las condiciones económicas, sociales o ambientales que sostienen su existencia.

El futuro de la humanidad se halla estrechamente vinculado al de las ciudades, a su sostenibilidad social, material y medioambiental, así como a sus condiciones de habitabilidad”, sostiene Colom.

Desde los primeros asentamientos neolíticos hasta las actuales megaciudades asiáticas, la ciudad ha sido una de las grandes herramientas creadas por los seres humanos para organizar la convivencia.

Ahora se enfrenta a un nuevo desafío: albergar a una población cada vez más urbana sin dejar de ser un lugar donde merezca la pena vivir.

Porque las ciudades no son simplemente el escenario donde ocurre nuestra vida. Son una de las estructuras que más profundamente determinan cómo será esa vida.