La inseguridad ambiental existe: vivir entre incendios, sequías o contaminación afecta a la salud mental

¿Qué ocurre cuando convivir con la sequía, los incendios forestales o la contaminación deja de ser una noticia puntual y se convierte en parte del paisaje cotidiano? La respuesta podría ir más allá de los efectos físicos que habitualmente se asocian a estos problemas.

Zona arrasada por el fuego del verano pasado en Castilla León. Foto: Pedro Armestre – Greenpeace.

Un estudio realizado por investigadores del Instituto de Estudios Sociales Avanzados (IESA-CSIC) y la Universidad Pablo de Olavide (UPO) apunta a que la exposición prolongada a entornos degradados puede generar lo que denominan «inseguridad ambiental», una forma de vulnerabilidad psicológica relacionada con la percepción de vivir en un entorno amenazado y con dificultades para acceder a recursos esenciales como el agua o espacios naturales de calidad.

La investigación, publicada en la revista Frontiers in Environmental Science, analizó datos de más de 28.000 personas de 21 países europeos y concluye que la relación entre medioambiente y salud es mucho más profunda de lo que suele pensarse.

Cuando el entorno también enferma

Tradicionalmente, la salud se ha explicado a partir de factores individuales como la edad, los hábitos de vida o la situación económica. Sin embargo, cada vez más investigaciones muestran que el lugar donde vivimos también influye en cómo nos sentimos.

El trabajo liderado por Ángela Vidal Pando y Rafael Serrano del Rosal utilizó la salud autopercibida, uno de los indicadores más empleados en salud pública porque permite captar no solo el estado físico de las personas, sino también dimensiones psicológicas y sociales que rara vez aparecen en una analítica médica.

Los resultados muestran que los territorios sometidos a una mayor acumulación de presiones ambientales tienden a registrar peores indicadores de salud. No se trata únicamente de respirar aire contaminado o sufrir temperaturas extremas. También influye la sensación persistente de habitar un entorno vulnerable, degradado o sometido a riesgos constantes.

«Los factores sociales e institucionales desempeñan un papel fundamental a la hora de reducir o amplificar estos efectos del entorno sobre la salud de la población», explica Ángela Vidal Pando, investigadora predoctoral del IESA-CSIC vinculada al Programa de Doctorado en Sociología y Medioambiente de la Universidad Pablo de Olavide.

Del estrés climático al duelo ambiental

Uno de los aspectos más interesantes del estudio es que pone nombre a fenómenos que cada vez aparecen con más frecuencia en la literatura científica.

La inseguridad ambiental describe la incertidumbre que genera vivir en territorios expuestos a amenazas como la escasez de agua, los incendios forestales o la degradación de los ecosistemas. Esa sensación puede traducirse en estrés, preocupación constante o pérdida de bienestar.

En situaciones extremas, como los grandes incendios forestales, los investigadores apuntan incluso a la aparición de formas de «duelo ambiental», un concepto que describe el impacto emocional asociado a la pérdida de paisajes, biodiversidad o vínculos con el territorio.

No se trata únicamente de perder un bosque. También desaparecen recuerdos, formas de vida y elementos de identidad colectiva construidos durante generaciones.

El agua importa, pero también su calidad

La investigación revela además que el medioambiente no actúa únicamente como una fuente de riesgos. Algunas características del entorno tienen efectos claramente positivos sobre la salud. Entre ellas destacan las denominadas áreas azules —ríos, lagos y zonas costeras— y determinadas condiciones climáticas favorables, asociadas a mayores niveles de bienestar.

Sin embargo, el estudio introduce un matiz relevante. La presencia de agua no garantiza por sí sola mejores resultados en salud. «La contaminación del agua y la presión sobre los recursos hídricos se asocian negativamente con la salud. No es el agua en sí, sino su calidad y accesibilidad, lo que marca la diferencia», explica Ángela Vidal.

España, un laboratorio del cambio ambiental

Los investigadores consideran que España representa uno de los casos más interesantes del contexto europeo. El país se encuentra especialmente expuesto a fenómenos como el calor extremo, la sequía o los incendios forestales, factores que previsiblemente aumentarán en intensidad durante las próximas décadas. Sin embargo, los indicadores de salud autopercibida se mantienen próximos a la media europea.

Esta aparente contradicción refuerza una de las principales conclusiones del estudio: los efectos del medioambiente no actúan de forma automática ni determinista. La fortaleza de los servicios públicos, las redes sociales de apoyo o las políticas de adaptación pueden amortiguar parte de los impactos derivados de la presión ambiental.

Un desafío para la salud del siglo XXI

El trabajo se enmarca en el enfoque de una sola salud, que entiende la salud humana, animal y ambiental como dimensiones interconectadas. Desde esta perspectiva, los investigadores defienden que comprender la relación entre entorno y bienestar será una de las claves para afrontar las desigualdades sanitarias del futuro.

«La salud es un fenómeno multidimensional y está condicionada por factores que van mucho más allá de las características individuales. Comprender cómo interactúan las condiciones sociales y ambientales resulta esencial para explicar las desigualdades en salud y así poder diseñar políticas públicas adaptadas a las necesidades de cada territorio», recuerda Rafael Serrano, investigador principal del proyecto.

La conclusión es tan sencilla como inquietante: el lugar donde vivimos no solo condiciona nuestra calidad de vida. También influye en cómo percibimos nuestra salud, nuestro bienestar y nuestro futuro.