Durante décadas, la zona de exclusión de Chernóbil fue uno de los grandes refugios de vida salvaje de Europa. La ausencia de actividad humana tras el accidente nuclear de 1986 permitió que muchas especies regresaran y que el bosque recuperara un espacio perdido. Pero en 2022 llegó una nueva perturbación: la guerra.

Un estudio internacional liderado por la Universidad de Friburgo y con participación de investigadores de la Estación Biológica de Doñana (EBD-CSIC) ha demostrado que la invasión rusa de la zona provocó cambios en el comportamiento de la fauna que habitaba este territorio.
La investigación, publicada en la revista Science, es la primera del mundo que analiza los efectos de un conflicto armado sobre la biodiversidad comparando datos antes, durante y después de la guerra, gracias a una red de cámaras trampa instalada previamente en la zona.
Los resultados muestran que distintas especies respondieron de manera diferente a la presencia militar: algunos animales modificaron sus patrones de actividad y otros cambiaron la forma en la que utilizaban el territorio.
Chernóbil pasó de refugio natural a escenario de guerra
La zona de exclusión de Chernóbil, un área restringida de unos 30 kilómetros alrededor de la antigua central nuclear, se convirtió con el paso de los años en un auténtico laboratorio natural.
La reducción de la presencia humana favoreció el aumento de poblaciones de animales salvajes y permitió la recuperación de especies que habían desaparecido localmente o eran poco abundantes.
“La escasa población humana en la zona ha favorecido el aumento de las poblaciones de fauna silvestre”, explica Svitlana Kudrenko, investigadora de la Universidad de Friburgo y primera autora del estudio.
Entre las especies que volvieron a ganar presencia se encuentran animales como el oso pardo, el lince euroasiático, el alce, el ciervo, el jabalí o el lobo. Además, durante los años 90 se puso en marcha un proyecto de reintroducción del caballo de Przewalski, una especie amenazada.
La situación cambió radicalmente en febrero de 2022, cuando las fuerzas rusas ocuparon la zona durante 35 días como corredor estratégico hacia Kiev. Durante ese periodo se produjeron movimientos de vehículos militares, bombardeos, incendios y otras actividades asociadas al conflicto.
Un accidente científico provocado por la guerra
El estudio nació casi por casualidad. En enero de 2021, antes de la invasión, un equipo científico había comenzado un proyecto para estudiar la población de lince euroasiático mediante cámaras trampa instaladas en la zona de exclusión.
Un año después, esas mismas cámaras captaron un acontecimiento inesperado: cómo reaccionaba la fauna ante una situación extrema de perturbación humana.
Tras la retirada del ejército ruso, los investigadores pudieron recuperar los datos de 31 cámaras gracias a la colaboración de las Fuerzas Armadas de Ucrania, que limpiaron y aseguraron la zona.
El trabajo también estuvo marcado por los riesgos del propio conflicto. El terreno escondía minas antipersona que provocaron, entre otras consecuencias, la muerte de al menos tres caballos de Przewalski.
“Además de nuestro proyecto de investigación original, también pudimos investigar lo que hasta entonces solo se había estudiado en zonas de entrenamiento militar”, explica Marco Heurich, investigador de la Universidad de Friburgo y coautor del estudio.
Ciervos y zorros cambiaron sus hábitos durante la ocupación militar
Los investigadores analizaron el comportamiento de once especies de mamíferos y esperaban encontrar una respuesta común: que los animales se volvieran más nocturnos y evitaran las zonas con mayor presencia humana.
Sin embargo, la realidad fue más compleja. “En un principio, supusimos que, como respuesta a las perturbaciones provocadas por el conflicto armado, los animales se volverían más nocturnos y vigilantes”, explica Kudrenko.
Pero algunas especies reaccionaron justo al contrario. Los datos mostraron que ciervos y zorros redujeron su actividad nocturna respecto al mismo periodo del año anterior cuando aumentó la intensidad del conflicto.
También disminuyeron los avistamientos de corzos durante los momentos de mayor actividad militar, mientras que las liebres aumentaron su presencia durante periodos asociados a anomalías térmicas provocadas por incendios forestales.
Según los investigadores, algunas especies pudieron dejar de percibir a los humanos simplemente como una molestia y empezar a identificarlos como una amenaza similar a la de un depredador.
No todos los animales huyeron de la presencia humana
La respuesta de la fauna no fue igual para todas las especies. Mientras que algunos animales evitaron las zonas con asentamientos humanos, otros parecieron aprovecharlas.
Los jabalíes y los perros mapache redujeron su presencia en esos espacios, mientras que los zorros y los linces fueron detectados con mayor frecuencia cerca de ellos, posiblemente porque encontraban recursos disponibles.
Esto demuestra que incluso en un escenario de guerra la respuesta animal depende de la ecología de cada especie y de su relación con el entorno.
La guerra como amenaza invisible para la biodiversidad
Los científicos advierten de que los efectos observados podrían ser solo una parte de las consecuencias ecológicas del conflicto.
Una guerra prolongada puede alterar el uso del hábitat, modificar poblaciones animales y cambiar la estructura de los ecosistemas durante décadas.
Para Nuria Selva, investigadora de la Estación Biológica de Doñana-CSIC y coautora del estudio, Chernóbil representa ahora un caso completamente diferente al que era antes de la invasión.
“Desde la invasión rusa, Chernóbil ha pasado de ser un caso singular de rewilding o restauración pasiva en ausencia de humanos a una zona de intensa actividad militar, donde la investigación está muy limitada”.
La investigadora reclama más apoyo para estudiar ecosistemas afectados por conflictos armados, ya que cada vez existen más territorios donde la guerra se convierte también en una amenaza para la naturaleza.
La tecnología permite estudiar la naturaleza en zonas imposibles
El estudio también demuestra el valor de las nuevas tecnologías de seguimiento ambiental. Las cámaras trampa y los sistemas automatizados permiten analizar el comportamiento de animales en lugares donde la presencia humana resulta peligrosa o imposible.
En un mundo marcado por conflictos armados y crisis ambientales, entender cómo responden los ecosistemas puede ser clave para proteger la biodiversidad.
Porque las guerras no solo dejan huella en las personas y en los paisajes. También cambian, silenciosamente, la vida de los animales que intentan sobrevivir en medio del ruido humano.













