Informe PISA 2025: por qué cae el rendimiento de los estudiantes españoles

España obtiene en el Informe PISA 2025 sus peores resultados desde que participa en esta evaluación de la OCDE. La caída afecta a comprensión lectora, matemáticas y ciencias, pero los expertos consultados por Nova Ciencia advierten de que detrás de estos datos hay un problema mucho más profundo: desmotivación, pérdida de atención, cambios en los hábitos de lectura, falta de estabilidad educativa y una relación cada vez más compleja con la tecnología.

Los resultados de los estudiantes españoles en el último Informe PISA se mueven entre lo desastroso y lo deprimente. Esta gran evaluación internacional, en la que han participado 760.000 alumnos de entre 15 y 16 años de 90 países, 30.000 de ellos españoles, ha mostrado cómo la caída iniciada hace diez años se ha agudizado todavía más.

España pierde, respecto a la edición anterior de 2022, 23 puntos en comprensión lectora, 16 en matemáticas y 8 en ciencias. Sin contextualizar, estas cifras dicen poco, pero si se aclara que 20 puntos equivalen a un curso escolar, se puede entender la magnitud de la caída en 2025.

Los resultados de España en esta edición de PISA son los peores desde que participa en este estudio de la OCDE y vuelve a quedar lejos de los países desarrollados en las principales áreas de medición.

España no ha sido una excepción. La caída del nivel de los estudiantes ha sido generalizada a nivel global. Incluso países asiáticos como Singapur, Japón y Corea, que siguen encabezando la prueba, han sufrido un golpe duro. Estos resultados son síntoma de que se ha agudizado la crisis de la educación en todo el mundo y de que las capacidades académicas de los adolescentes consideradas básicas están en plena caída.

Una generación marcada por la desmotivación y la pérdida de esperanza

La tecnología y el impacto de los dispositivos electrónicos sobre los adolescentes aparecen señalados como unos de los principales responsables de este problema. Sin embargo, especialistas en educación consultados por Nova Ciencia consideran que no son los únicos. Hablan de falta de exigencia, de poca valoración del esfuerzo, de una caída en la capacidad de atención y, como era de esperar, de un mal uso de la tecnología, especialmente de la inteligencia artificial.

Las generaciones medidas en este informe han tenido un contexto diferente. Para empezar, han crecido rodeadas de pantallas y han tenido a su alcance bienes que otras generaciones anteriores consideraban todo un lujo. También han tenido unos padres que les apartaban cualquier obstáculo que se les ponía en su camino. Para colmo, han vivido una pandemia, un acontecimiento global que golpeó duramente su estado de ánimo y les hizo perder la esperanza en el futuro.

«Estamos ante un problema complejo para el que no nos vale una respuesta simplista. Todos somos conscientes de que el alumnado en las clases atiende menos, está menos motivado, hay una crisis de valores existencial y no solo en España, sino también en el mundo», opina el catedrático de Educación y Comunicación en la Universidad de Huelva, Ignacio Aguaded.

Los adolescentes de hoy día han perdido la «fe en el progreso, en que estudiar sirve para subir en la escala social», sostiene Aguaded, algo propio de generaciones anteriores. Esta apatía sobre el futuro lleva a que la motivación sea mínima y a que estén más interesados en cualquier otra cosa que en lo que les está contando el profesor.

El investigador del Departamento de Didáctica y Organización Educativa, Manuel Fernández Navas, considera que «desde hace años tenemos la generación de la desesperanza. Ha hecho todo lo que le decían que tenía que hacer para vivir bien: estudiar, sacarse una carrera… y aún así no puede irse de casa de los padres, tiene un trabajo mal pagado. Han asumido la idea de que no hay esperanza en el futuro».

Disciplina, esfuerzo y exigencia en las aulas

De forma paralela, y muy relacionada con la desmotivación, la falta de disciplina en las aulas es una realidad que deriva también en una pérdida de prestigio de la figura del profesor y una bajada de la exigencia académica.

Aquí se establece una cadena de bloques que liga la motivación, el profesor y la exigencia.

Las leyes educativas que fomentan la promoción de curso incluso sin haber alcanzado las competencias mínimas para hacerlo contribuyen a que los estudiantes bajen su nivel de esfuerzo y, de paso, también su motivación, ya que saben que pasarán de curso independientemente de la dedicación a los estudios.

Esto ha llevado a que exista una percepción generalizada en el alumnado de que no hace falta esforzarse demasiado.

«Todos somos conscientes de que la escala de valores actual no es la misma que la de hace unos años. Hoy día no se ven la exigencia y la disciplina como valores sociales: hoy se busca el dinero fácil, lo sencillo y eso lo ven en sus propios padres. Al final esto permea en la escuela», añade Aguaded.

El experto de la Universidad de Huelva opina que hay que renovar los centros de enseñanza para que la disciplina y el esfuerzo adquieran la importancia que tuvieron para otras generaciones. «Los países que han destacado en PISA potencian la cultura del esfuerzo, que en el fondo tiene mucho que ver con la lectura pausada, con el mundo de los libros. Los países con mejor puntuación han apostado por un modelo que refuerza los conocimientos básicos, la disciplina y la figura del profesor», afirma.

Fernández Navas ofrece una visión diferente sobre la falta de exigencia en el sistema educativo y la pérdida de la cultura del esfuerzo. Para este especialista no hay una bajada de la exigencia, sino la crisis de un sistema educativo que no funciona.

«Si consideramos que la exigencia es aumentar los niveles educativos de toda la población, yo estoy de acuerdo en que ahora se es más exigente que nunca. En cambio, si por exigencia entendemos cultivar a unos mejores que ya vienen muy beneficiados de casa por una cuestión social para hacerlos todavía mejores, eso no se llama exigencia, eso se llama elitismo y me parece que plantearlo en la educación obligatoria es muy mala praxis para un país», opina Fernández Navas.

La formación del profesorado, otra pieza del problema educativo

Katia Caballero.

Otra cuestión de la que no se habla en PISA, pero que resulta fundamental en los resultados académicos y el aprendizaje del alumnado, es la preparación del cuerpo docente. ¿Realmente están preparados para desarrollar su labor con éxito?

La decana de la Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad de Granada, Katia Caballero, tiene sus dudas. No pone en cuestión la labor realizada en su centro ni en las facultades de educación de otras universidades, sino que apunta más arriba. Llama la atención sobre los planes de estudio que, en su opinión, tienen un carácter muy generalista y no preparan a los futuros docentes para que puedan impartir materias con todas las garantías.

«Ha habido una degradación de la función docente importante. Ha habido una pérdida de prestigio de la profesión docente, una inversión insuficiente. Estas cuestiones son fundamentales, porque si no se cuida a los futuros maestros y profesores, esto tiene consecuencias en los resultados docentes», afirma Caballero.

La decana de Ciencias de la Educación de Granada descarga parte de responsabilidad en el alumnado, porque lo que se ha visto en esta edición de PISA no es nada nuevo y está directamente relacionado con problemas estructurales que requieren una reflexión profunda y «no se arreglan con parches». Concretamente, Caballero se refiere a cuestiones de tanto calado como «la autonomía de los centros, la mejora de la formación de los docentes y el acceso a la profesión docente».

Los continuos cambios de las leyes educativas

España acostumbra a cambiar sus leyes educativas con relativa frecuencia. Se podría decir que cada gobierno deja su impronta en el sistema, deshaciendo o parcheando lo que ha realizado el anterior. La intención de mejora es clara, pero los resultados son más que cuestionables, en vista de los números.

José Manuel de Amo (en el centro de la imagen)
y el resto de investigadores almerienses de AI-READ.

Es cierto que PISA no permite atribuir los resultados a una ley concreta, sino que refleja lo aprendido a lo largo de todo el periodo escolar hasta los 15 años. Pero también es una realidad que el alumnado evaluado en 2025 empezó la Primaria hacia 2015 con el currículo de la LOMCE (2013); la LOMLOE (2020) cambió las reglas de evaluación y promoción a partir del curso 2021-2022 y el currículo entre 2022 y 2024, de modo que este alumnado cambió de currículo durante la ESO, tras la interrupción de 2020.

«Las consecuencias plausibles para el alumnado, que son hipótesis y no hallazgos, son cuatro: discontinuidad en las progresiones de aprendizaje y en los criterios de evaluación; coste de adaptación para el profesorado, que ya dedica más tiempo a mantener el orden en clase; falta de evaluación sistemática de las reformas; y desigual capacidad de adaptación entre centros», afirma el catedrático de Didáctica de la Lengua y la Literatura de la Universidad de Almería, José Manuel de Amo.

Este especialista considera que los gobiernos deberían controlar su urgencia legisladora en materia de educación para que, al menos, se mantuviera cierta «estabilidad curricular durante una década con ajustes acotados, evaluación previa y posterior de las reformas por organismos independientes, participación del profesorado y uso sistemático de los datos de PISA, TALIS y de las evaluaciones nacionales».

Es más, de Amo se muestra convencido de que la educación necesita menos leyes nuevas y más tiempo, evaluación y apoyo al profesorado. «Un pacto de Estado por la evidencia, con estabilidad curricular, evaluación independiente de las reformas y uso de los datos de PISA, TALIS y las evaluaciones nacionales, serviría al alumnado más que una nueva ley», opina.

La comprensión lectora se hunde 23 puntos

Los datos ofrecidos por PISA invitan a la reflexión, sin duda, sobre todo los referidos a un área fundamental para el resto de las materias, como la comprensión lectora. La edición de 2025 arroja una caída de 23 puntos en esta área. Dicho de otra forma, los chavales de quince años en 2025 leen como uno de trece en 2022.

El deterioro para entender lo que se lee viene de atrás, pero la curva descendente tan pronunciada de ahora viene explicada por el deterioro de la atención. Al menos, así lo entienden algunos expertos y queda reflejado en el propio Informe PISA.

El origen de lo que podría llamarse la crisis de la atención no parte de las aulas, donde la presencia de elementos tecnológicos es relativamente reducida. La atención comienza a fragmentarse en los hogares y en el uso, cada vez mayor, de los dispositivos electrónicos.

Cómo afectan los dispositivos digitales al rendimiento académico

La tecnología distrae la atención y ciertos usos se asocian con un menor rendimiento académico. Según datos del propio Informe, casi tres de cada diez estudiantes españoles afirman que sus compañeros se distraen con dispositivos digitales en la mayoría de las clases de ciencias. Quienes lo declaran obtienen 16 puntos menos en ciencias que quienes no lo hacen, a igualdad de nivel socioeconómico.

Además, dedicar más de una hora diaria al ocio digital dentro del centro se asocia con peores resultados, mientras que un uso moderado con fines de aprendizaje se vincula con mejores resultados que no usar dispositivos o usarlos mucho.

Para José Manuel de Amo, tres elementos explican la distorsión provocada por la tecnología. «La primera es la atención dividida: cada interrupción reduce el tiempo efectivo de aprendizaje; esto tiene, evidentemente, un coste cognitivo. La segunda es que muchas aplicaciones están diseñadas para captar y retener la atención mediante notificaciones y recompensas. La tercera es un posible cambio de hábitos: el informe sugiere que crecer entre dispositivos personales puede haber favorecido un consumo de texto más breve y fragmentado en detrimento de la lectura atenta y sostenida».

Entre 2018 y 2025, PISA ha reflejado un rendimiento peor con textos largos y un incremento de la lectura apresurada, es decir, que en una tarea de fluidez lectora responden muy deprisa y de forma incorrecta.

Ignacio Aguaded.

A tenor de la fotografía presentada por la OCDE, el alumnado lee menos porque tiene otros estímulos mucho más atractivos y que requieren un esfuerzo menor. Además, cuando lee, lo hace de otra manera, sin la profundidad que requiere la actividad.

Entonces, a tenor de esta realidad, ¿se puede afirmar que los adolescentes actuales tienen menos capacidades? Pues no, pero sí es cierto que un uso no adecuado de la tecnología puede tener sus consecuencias. Al menos, hay indicios para pensar así.

Tecnología, libros e inteligencia artificial: una combinación necesaria

Lejos de demonizar la tecnología, Ignacio Aguaded sostiene que se debe aprender a utilizarla. «Yo apuesto por un concepto más integrador en la educomunicación, que combine el uso de dispositivos con otras estrategias de aprendizaje, en un consumo que vaya más allá del hogar y se prolongue en la escuela. No se puede prohibir el uso de los dispositivos, no se trata de eso, porque se les llevaría a un universo aparte», afirma.

Está claro, dice Aguaded, que el libro físico de toda la vida es un elemento necesario en las escuelas y que no puede perderse. Pero puede complementarse con otros medios de realidad aumentada o de inteligencia artificial que, sin ser el centro del proceso de aprendizaje, lleven la experiencia en el aula a una dimensión diferente.

«Los medios en sí mismos no son negativos, lo malo pueden ser los contenidos. Y para ello hay que estar educados en un consumo responsable. Ahí reside la clave, en hacer un uso inteligente de la tecnología, combinado con los dispositivos clásicos», añade.

Las dudas sobre el propio Informe PISA

En torno al Informe PISA surgen voces discordantes. Para Manuel Fernández Navas no refleja la realidad de la educación. Es más, considera que sus resultados hay que tomarlos con bastante cautela, a tenor de lo que advierten los propios autores de esta foto fija del estado de la educación.

Manuel Fernández Navas.

El especialista de la Universidad de Málaga critica la dificultad para establecer comparaciones fiables entre las distintas ediciones del Informe. Es más, explica que el propio PISA hace «auténticas cábalas estadísticas» para comparar resultados entre ediciones.

«Los exámenes cambian, los parámetros con los que PISA los corrige y evalúa también cambian. Por ejemplo, el que una caída de 20 puntos equivalga a un retraso de un curso escolar, cuando en otras ediciones esto no era así».

Asimismo, el propio PISA advierte de que el alumnado no se esfuerza nada en contestar las preguntas, más que nada, «porque no cuenta para la nota, y de esto se habla muy poco», añade Fernández Navas.

PISA retrata una educación en plena transformación

Con mayor o menor aceptación por parte de la comunidad investigadora y los expertos, el Informe PISA es una imagen fija del estado de la educación y del nivel de conocimiento de nuestros adolescentes.

Aun con sus fallos, errores o falta de precisión, PISA ha retratado los sistemas educativos de los países de la OCDE y deja claro que los adolescentes de hace diez años a esta parte son diferentes y ven el mundo de otra manera.

La cuestión es quién debe cambiar: ¿el sistema educativo o los jóvenes?