Estas son las medidas para alimentar de forma sostenible a un planeta cada vez más poblado: algunas no te van a gustar

Reducir en 75 % el desperdicio de alimentos, restaurar el 50 % de las tierras degradadas, y reemplazar una parte considerable del consumo de carne roja por productos marinos sostenibles y algas, hacia 2050 podría reducir en más del 5% la degradación de los suelos y liberarían el 56% de la superficie usada hoy para producir comida; además se evitaría la emisión de más de 370 gigatoneladas de dióxido de carbono (CO₂)

Este vertedero de basura es el tercero más grande de Hispanoamérica. Foto: Alcaldía Mayor de Bogotá.

Así lo plantea un grupo internacional de investigadores en un artículo publicado recientemente en la prestigiosa revista Nature, que llama a transformar los sistemas alimentarios como condición para evitar una crisis ambiental y social sin precedentes. Entre los autores se encuentra la bióloga Dolors Armenteras Pascual, profesora de la Facultad de Ciencias de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL), miembro de la Academia Colombiana de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, y del grupo de Interfaz Ciencia-Politica de la Convención de las Naciones Unidas de Lucha contra la Desertificación (UNCCD).

Según los expertos, aunque la tierra sostiene comunidades, regula el clima y alberga biodiversidad, en las políticas internacionales suele recibir menos atención que el cambio climático o la pérdida de especies.

«Estamos advirtiendo que seguir con el modelo actual de monocultivos intensivos, deforestación y desperdicio de alimentos empuja al planeta a un punto de no retorno», señala la académica.

La profesora indica que el estudio plantea tres metas ambiciosas de aquí a 2050 que cambiarían el rumbo de la crisis ambiental. La primera es reducir en 75% el desperdicio de alimentos, responsable hoy de la pérdida de 1.400 millones de hectáreas cultivadas y de un billón de dólares anuales en pérdidas. Lograrlo significaría liberar 13,4 millones de quilómetros cuadrados de tierra —equivalente a toda la superficie Sudamérica— y evitaría la emisión de 102 gigatoneladas de CO₂, además de disminuir el hambre y abrir nuevos mercados para aprovechar los excedentes en empaques, fertilizantes o productos nutritivos.

La segunda meta es restaurar la mitad de las tierras degradadas —tanto agrícolas como naturales— mediante prácticas de manejo sostenible, entre ellas: la rotación de cultivos, que mantiene la fertilidad y reduce plagas; la agroforestería, que integra árboles con cultivos o ganadería para mejorar la biodiversidad y la estructura del suelo; la cobertura vegetal, que protegen contra la erosión y favorecen la infiltración de agua; y los sistemas de riego eficientes, que optimizan el uso del agua y reducen pérdidas. Con estas acciones se recuperarían suelos, se conservarían polinizadores y aves, y se evitarían 149 gigatoneladas de emisiones.

La tercera meta propone cambiar la dieta global, reduciendo en 70 % del consumo de carne roja e incorporando más pescado y algas cultivadas de manera sostenible. Este giro alimentario liberaría 17,5 millones de km² de superficie usada para ganadería y permitiría evitar la emisión de 145 gigatoneladas de CO₂, al tiempo que impulsaría la salud humana y la conservación marina.

En conjunto, estas acciones tendrían el potencial de disminuir en más del 50 % la degradación de la tierra y de liberar un 56 % del área dedicada hoy a producir comida, lo que transformaría la seguridad alimentaria y ambiental del planeta.

La experta menciona que «las estimaciones se realizaron a partir del indicador 15.3.1 de los Objetivos de Desarrollo Sostenible, que mide la neutralidad en la degradación de tierras mediante las variables: cambio de uso del suelo, productividad y carbono orgánico».

De igual manera, con datos de la plataforma internacional Trends.Earth, se compararon distintos escenarios hacia 2050, uno de continuidad («business as usual»), otro con las metas actuales de los convenios de Río (Clima, Biodiversidad y Desertificación) y un escenario «Rio+», que incorpora las tres medidas más ambiciosas.

Agricultura familiar en el centro

Los investigadores subrayan que los pequeños agricultores y las fincas familiares son un eslabón decisivo en la tarea de restaurar tierras degradadas y garantizar la seguridad alimentaria. Según los datos que presentan en sus proyecciones, más del 90 % de las explotaciones agrícolas en el mundo son pequeñas (menos de dos hectáreas) y cerca del 84% son manejadas por familias, responsables de producir alrededor del 80 % de los alimentos que consumimos.

Estas prácticas suelen estar más adaptadas a las condiciones locales, ser resilientes frente a sequías o inundaciones y contribuir a la biodiversidad del suelo. «Escalarlas implica brindar seguridad en la tenencia de la tierra y acceso justo a mercados y tecnologías sostenibles, además de reconocer el papel de las mujeres, pues cuando tienen derechos de propiedad tienden más a adoptar prácticas sostenibles», anota la profesora Armenteras.

De igual manera, advierten que fortalecer la agricultura familiar no solo es una estrategia ambiental, sino además una vía para reducir la pobreza, preservar el patrimonio cultural y mejorar la cohesión social en zonas rurales.

Un mensaje para la América hispana

Según la FAO y el Programa Mundial de Alimentos, en 2024 más del 25,5 % de los hogares colombianos enfrentó inseguridad alimentaria moderada o grave, lo que equivale a más de 14,4 millones de personas, al tiempo que el país desperdicia cerca de 9,7 millones de toneladas de alimentos cada año.

Estimaciones del Banco de Alimentos de Santa Fé de Bogotá muestran que esa cantidad alcanzaría para alimentar tres veces al día a un millón de habitantes de La Guajira durante 15 años. Además, se calcula que alrededor del 34 % de la producción nacional se pierde o desperdicia a lo largo de la cadena alimentaria, desde el campo hasta la mesa.

Transformar los sistemas alimentarios en el país significa no solo preservar bosques, suelos y biodiversidad, sino también garantizar el derecho a la alimentación para millones de personas.

«América Latina no puede seguir aplazando decisiones. La degradación de tierras se traduce en migraciones forzadas, conflictos por el uso del suelo y pérdida de una biodiversidad única, como la de la Amazonia», resalta la profesora Armenteras.

«Incorporar estas metas globales en las políticas públicas implica repensar los subsidios agrícolas, reducir el desperdicio de alimentos en las ciudades y respaldar decididamente las prácticas sostenibles ya implementadas por la agricultura campesina», concluye.

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