El suelo tarda siglos en formarse y puede destruirse en pocos años: protegerlo es clave

Cada vez que desaparece una capa de suelo fértil no solo se pierde tierra. También se reduce la capacidad de producir alimentos, almacenar agua, capturar carbono y mantener ecosistemas saludables. El problema es que mientras la naturaleza necesita siglos para formar unos pocos centímetros de suelo, la erosión, el cambio climático y determinadas prácticas agrícolas pueden degradarlo en apenas unos años.

Con motivo del Día Internacional de la Conservación del Suelo, investigadores del Instituto de Agricultura Sostenible (IAS-CSIC) recuerdan que proteger este recurso se ha convertido en uno de los grandes desafíos ambientales del área mediterránea, donde el avance de la desertificación amenaza cada vez más territorios agrícolas.

La erosión ya no es un problema del futuro

Los científicos advierten de que la pérdida de suelo fértil está acelerándose por la combinación de lluvias torrenciales, sequías más frecuentes y un manejo inadecuado de los cultivos.

Las consecuencias van mucho más allá de la agricultura. Un suelo degradado retiene menos agua, almacena menos carbono, pierde fertilidad y resulta mucho más vulnerable al cambio climático.

El olivar puede convertirse en un aliado contra el cambio climático

Frente a este escenario, el equipo del IAS-CSIC trabaja en estrategias de agricultura regenerativa capaces de recuperar la salud del suelo y aumentar su capacidad para almacenar carbono.

Uno de sus principales campos de investigación es el olivar mediterráneo, donde analizan cómo determinadas prácticas agrícolas pueden convertir estos cultivos en auténticos sumideros de carbono.

Además, los investigadores han desarrollado una nueva metodología que permite calcular con mayor precisión cuánto carbono almacenan tanto el suelo como los propios olivares.

«El conocimiento preciso de los cambios en las reservas de carbono del suelo es fundamental para diseñar sistemas agrarios más sostenibles y para respaldar futuros mecanismos de certificación ambiental«, explica José Alfonso Gómez, responsable del Laboratorio de Erosión del IAS-CSIC.

Cubiertas vegetales frente a la desertificación

Otra de las líneas de trabajo demuestra que soluciones tan sencillas como mantener cubiertas vegetales, instalar barreras naturales o controlar las cárcavas reducen significativamente la erosión del suelo.

Estas prácticas mejoran la infiltración del agua, aumentan la resistencia de las explotaciones agrícolas frente a fenómenos meteorológicos extremos y contribuyen a mantener la productividad en zonas áridas y semiáridas.

«La combinación de distintas prácticas de conservación ofrece beneficios ambientales evidentes, pero también contribuye a la viabilidad económica de las explotaciones agrarias en zonas áridas y semiáridas», señala Gómez.

Una guía para frenar la pérdida de suelo

Los investigadores también han participado en el Atlas de la Desertificación de España, que muestra cómo una gestión adecuada del suelo puede reducir de forma significativa los procesos de degradación en el área mediterránea.

Como parte de este trabajo, el equipo ha desarrollado una guía para identificar la erosión en olivares, una herramienta que ayuda a agricultores y técnicos a evaluar el riesgo de pérdida de suelo y seleccionar las medidas de conservación más eficaces para cada explotación.

Ciencia para proteger un recurso que no se puede reemplazar

Los proyectos que desarrolla actualmente el IAS-CSIC analizan cómo mejorar la calidad del suelo en olivares, cultivos de cítricos, fresas y otros sistemas agrícolas mediterráneos mediante soluciones basadas en la naturaleza y prácticas de agricultura regenerativa.

Estas investigaciones se desarrollan en colaboración con centros científicos de Europa, Asia y África y buscan un objetivo común: producir alimentos sin degradar el recurso del que depende toda la agricultura.

«La conservación del suelo no depende únicamente de avances científicos; es sobre todo un compromiso de la sociedad que requiere de una estrecha colaboración entre investigadores, administraciones y sector productivo y el entendimiento de que es una inversión pública que garantiza el futuro del medio rural», concluye José Alfonso Gómez.