Las minas abandonadas se han transformado en un recurso turístico, pero bajo esa apariencia de normalidad sus residuos siguen evolucionando y pueden mantener activos riesgos ambientales durante décadas. Un equipo de investigadores de la Universidad Politécnica de Cartagena (UPCT) ha estudiado la dinámica hidrogeológica de una veintena de proyectos de restauración de balsas mineras de Andalucía y Murcia y plantea un cambio de enfoque: controlar qué ocurre dentro de estos depósitos y, especialmente, cómo se comporta el agua atrapada entre sus residuos.

Estos entornos funcionan como una especie de cápsula de tiempo que permite trasladarse a épocas en las que los mineros usaban pico y barrena a ritmo de tarantas. Pero las antiguas explotaciones mineras no son estructuras completamente inertes. El agua sigue moviéndose entre toneladas de residuos cargados de metales pesados, provocando filtraciones y modificando las condiciones del terreno.
El equipo de la UPCT, liderado por Iván Alhama, ha elaborado así una hoja de ruta para abordar uno de los grandes legados ambientales de la minería española. Su propuesta pasa por utilizar más datos sobre el comportamiento del terreno y prestar especial atención a un parámetro que suele quedar oculto: la presión del agua intersticial.
Las balsas mineras siguen siendo un riesgo ambiental
Durante buena parte del siglo pasado, la minería metálica dejó tras de sí enormes balsas donde se almacenaban los residuos del tratamiento de minerales como el plomo, el zinc o la plata. Eran infraestructuras diseñadas para contener millones de toneladas de lodos y partículas finas, pero muchas quedaron abandonadas cuando cesó la actividad extractiva.
Hoy constituyen uno de los principales pasivos ambientales asociados a la minería abandonada. «Solo en los antiguos distritos mineros de Murcia existen 28 balsas catalogadas como peligrosas, mientras que en Andalucía la cifra asciende a 59 instalaciones, según la normativa europea sobre residuos mineros», explica el investigador de la UPCT.
El problema no desaparece cuando una mina deja de funcionar. Los residuos permanecen en el terreno y continúan sometidos a procesos físicos, hidrogeológicos y químicos que pueden modificar su comportamiento con el paso del tiempo.
Qué se hace actualmente para restaurar una balsa minera
Durante años, las actuaciones de restauración siguieron una lógica aparentemente sencilla: sellar la superficie, suavizar los taludes para reducir el riesgo de desprendimientos, instalar sistemas de drenaje y recuperar la cubierta vegetal.
Son medidas eficaces para disminuir la erosión y evitar que el viento o el agua dispersen partículas contaminadas. Sin embargo, el equipo de la UPCT señala que estas actuaciones solo abordan una parte del problema. Porque lo que ocurre en el interior de la balsa también importa.
El agua intersticial puede determinar la estabilidad de la balsa
Iván Alhama sitúa el foco en un parámetro prácticamente desconocido fuera del ámbito de la geotecnia: la presión del agua intersticial. Se trata de la presión que ejerce el agua atrapada entre las partículas que forman los residuos mineros y que puede condicionar la estabilidad de toda la estructura.
«Las actuaciones deben centrarse en el control de la presión del agua intersticial durante todas las fases del proyecto», afirma el investigador de la UPCT.
Cuando esa presión aumenta, el terreno pierde resistencia. Si disminuye de forma controlada, el depósito gana estabilidad. El agua actúa así como un regulador invisible del comportamiento de la balsa.
Esta variable resulta especialmente importante durante una restauración. Las actuaciones realizadas sobre la superficie modifican las condiciones de carga y pueden provocar cambios en el agua que permanece atrapada entre los residuos.
Por eso, tener en cuenta este proceso puede marcar la diferencia entre una restauración diseñada para unos pocos años y otra planteada para mantener la estabilidad del depósito durante décadas.

San Cristóbal II: una balsa minera que sigue evolucionando 60 años después
Para obtener estas conclusiones, Iván Alhama y sus colaboradores han estudiado en profundidad la balsa de San Cristóbal II, en Mazarrón (Murcia). Esta antigua explotación minera reúne muchas de las características habituales de estos depósitos. Aunque la explotación cesó hace más de sesenta años, el interior de la balsa sigue evolucionando.
«Los análisis geoquímicos han detectado concentraciones muy elevadas de plomo, zinc, arsénico y cadmio, algunos de ellos centenares de veces superiores a las concentraciones naturales».
Los análisis muestran así la persistencia de contaminantes en los residuos mineros décadas después del abandono de la explotación. Al mismo tiempo, las intervenciones geotécnicas han demostrado que gran parte de la zona continúa prácticamente saturada de agua, una circunstancia que condiciona completamente su comportamiento.
San Cristóbal II es, por tanto, un ejemplo de que una mina abandonada no permanece inalterable. Todo lo contrario: sigue siendo un sistema dinámico.
La restauración también modifica el interior de la balsa
La restauración de San Cristóbal II incluyó las actuaciones habituales: reperfilado de taludes, impermeabilización con arcillas compactadas y geotextiles, construcción de drenajes y revegetación de la superficie. Sin embargo, estas intervenciones tienen efectos en el terreno que pueden pasar inadvertidos.
La nueva cubierta añade peso sobre los residuos. Ese peso comprime el terreno y provoca inicialmente «un aumento de la presión del agua almacenada en su interior antes de que el depósito termine consolidándose», aclara.
Este proceso explica por qué la restauración de una balsa minera no debería entenderse como el final de la actuación, sino como el comienzo de un periodo prolongado de control y seguimiento.
Sensores y datos para controlar las balsas mineras después de su restauración
Para el grupo de la UPCT, la hoja de ruta para restaurar estos entornos debe cambiar y apoyarse en datos detallados sobre las condiciones del terreno.
La propuesta pasa por incorporar de forma sistemática ensayos geotécnicos más avanzados y sensores capaces de registrar de manera permanente la evolución del agua en el interior de los depósitos.
«La presión del agua intersticial es el parámetro más importante que debe monitorizarse», ya que controla directamente la resistencia del terreno.
Este enfoque también puede permitir ajustar mejor las actuaciones de restauración y evitar intervenciones más costosas al disponer de una información más precisa sobre cómo se comporta el depósito.

De cubrir las balsas a comprender cómo evolucionan
La diferencia respecto a las restauraciones tradicionales es profunda. Hasta ahora, buena parte del esfuerzo se concentraba en cubrir las balsas, estabilizar sus taludes y controlar la erosión. El nuevo enfoque propone comprender qué sucede debajo de esa superficie.
Porque una balsa minera nunca permanece completamente quieta. Respira con cada episodio de lluvia. Se comprime lentamente con el paso de los años. El agua encuentra nuevos caminos entre los residuos. Las reacciones químicas continúan transformando los minerales.
Por eso, la restauración de estos antiguos depósitos mineros no debería medirse únicamente por el aspecto final de su superficie. Entender la dinámica del terreno y monitorizar el agua en su interior puede ser determinante para mantener su estabilidad y reducir sus riesgos ambientales a largo plazo.













