¿Por qué ciertos dolores se toman más en serio y otros se descartan como nervios, estrés o exageración? La respuesta no está solo en la biología. Un equipo del Instituto de Estudios Sociales Avanzados (IESA-CSIC) propone una mirada diferente para entender la salud desde un prisma más amplio, en la que el género entra en la ecuación.

El estudio recoge décadas de trabajos sociológicos y feministas para explicar que la forma en que organizamos nuestras sociedades crea reglas invisibles que afectan a la salud de mujeres y hombres de maneras distintas. La idea no es nueva, pero su aplicación al campo sanitario va mucho más allá de los clásicos factores socioeconómicos.
“Con este artículo hemos querido ir más allá de la idea de que basta con introducir unas cuantas variables socioeconómicas para explicar por qué mujeres y hombres enferman y sienten dolor de forma distinta”, explica la investigadora del CSIC, Ana Padrón.
“Para ello analizamos la salud a través del régimen de género: el entramado de normas, instituciones y relaciones de poder que distribuye el cuidado, el poder, el tiempo y los recursos, y que define qué formas de sufrimiento se reconocen y cuáles se mantienen en silencio”.
El dolor no solo es un fenómeno biológico
Una de las aportaciones más contundentes de esta investigación es demostrar que el dolor no es solo un fenómeno biológico, sino también sociocultural. Numerosos estudios muestran que a las mujeres se les suele diagnosticar más tarde, se les receta con menos frecuencia analgesia de alta intensidad y sus síntomas tienden a interpretarse como emocionales o psicológicos. Esto ocurre incluso en condiciones muy prevalentes como la migraña o la endometriosis, cuya falta de reconocimiento genera años de sufrimiento no atendido. Mientras tanto, ciertos dolores masculinos se consideran urgencias desde el primer minuto. Aquí aparece un concepto clave para entender esta diferencia: las expectativas que la sociedad construye sobre cómo deben comportarse mujeres y hombres frente al malestar.
El régimen de género también opera dentro del sistema sanitario. Los equipos médicos, como cualquier colectivo humano, han crecido dentro de un conjunto de normas culturales que influyen de manera inconsciente en sus decisiones clínicas. Esta investigación recuerda que la mayor parte del conocimiento biomédico se ha construido históricamente sobre cuerpos masculinos, desde los animales utilizados en laboratorio hasta los participantes de los ensayos clínicos. El resultado es un modelo sanitario que considera estándar lo que ocurre en los hombres y particular lo que sucede en las mujeres, lo que dificulta diagnósticos rápidos y precisos cuando ellas no encajan en ese patrón.

Datos sobre el régimen de género en el sistema sanitario
“Necesitamos mejores indicadores y herramientas que faciliten datos sobre cómo el régimen de género atraviesa los sistemas sanitarios, el mercado de trabajo y las políticas sociales. Eso implica encuestas y guías clínicas con perspectiva de género desde el diseño, auditorías sistemáticas del manejo del dolor, y políticas de igualdad que sitúen la salud como objetivo central. Solo así podremos transformar la evidencia en cambios reales en la vida de las personas, reduciendo las desigualdades de salud y la carga de dolor que hoy soportan de forma desproporcionada muchas mujeres”, concluyen los autores.
La investigación subraya además que el régimen de género nunca actúa de forma aislada. Se entrelaza con la clase social, la edad, la etnia, el origen, la orientación sexual y la salud previa.
Frente a este panorama, la propuesta de sus autores es clara. Para mejorar la salud de toda la población necesitamos herramientas que permitan medir y comprender el impacto real del régimen de género. No basta con separar estadísticas por sexo, porque la desigualdad no es solo una cuestión de números, sino de relaciones de poder, normas culturales y dinámicas institucionales.

Hace falta recopilar nuevos indicadores que visibilicen cómo se distribuyen las oportunidades de cuidado, el acceso a los servicios, la carga de trabajo y la legitimidad del dolor. También es necesario adaptar encuestas, protocolos sanitarios y programas de salud pública de manera que recojan estas diferencias y actúen sobre ellas.
La buena noticia es que este enfoque no solo ayuda a diagnosticar mejor la desigualdad, sino que ofrece una vía efectiva para reducirla. Si aceptamos que la salud está moldeada por un entramado social, entonces también podemos modificar ese entramado para mejorar la vida de las personas. Incorporar el régimen de género al diseño de políticas sanitarias, laborales y educativas permitiría construir sistemas más justos y más eficientes, capaces de reconocer realidades diversas y de actuar sobre ellas.
El mensaje final de la investigación es que comprender el dolor y la salud desde esta perspectiva no es un ejercicio teórico. Es una forma concreta de avanzar hacia una sociedad donde nadie tenga que demostrar que su dolor es real para recibir la atención que merece. Una sociedad donde cuidar y pedir ayuda no sea un privilegio, sino un derecho plenamente reconocido.













