Mientras la ciencia centra su atención en los parásitos que afectan a los humanos, responsables de enfermedades como la leishmaniasis y el mal de Chagas, los que habitan en murciélagos, roedores, sapos o aves siguen siendo un territorio poco explorado. En ese vacío, un biólogo descubrió tres nuevas especies de parásitos en bosques del Tolima (dos en aves y una en anfibios), un hallazgo que ayudaría a entender la propagación de futuras enfermedades

El investigador Cristian Canizales Silva, magíster en Biología de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL), analizó muestras de sangre de 188 animales silvestres en los municipios de Chaparral y Ortega: 124 mamíferos —principalmente murciélagos y roedores—, 46 aves y 18 anfibios y reptiles.
Capturar estos animales en campo —en condiciones de calor, humedad y difícil acceso— implicó jornadas nocturnas, redes de niebla para aves y murciélagos, y recorridos exhaustivos en busca de anfibios y reptiles. Luego, extraer pequeñas muestras de sangre sin afectar a los individuos requirió protocolos estrictos y precisión técnica, todo para encontrar algo que no se ve a simple vista, pues aunque los animales no mostraban nada inusual, su sangre sí lo hizo.
El magíster buscó rastros de parásitos del género Trypanosoma, un grupo de microorganismos que pertenece a los tripanosomátidos, la misma gran familia a la que pertenecen los parásitos que causan la leishmaniasis (que puede afectar la piel u órganos como el hígado y el bazo) y el mal de Chagas (que puede afectar el corazón, y en algunos casos el esófago o el colon). La diferencia es que, mientras esos han sido ampliamente estudiados por su impacto en humanos, muchas especies desconocidas circulan en animales silvestres sin que sepamos casi nada de ellas.
Los parásitos son organismos que viven dentro o sobre otros seres vivos —conocidos como hospedadores— y dependen de ellos para alimentarse y completar su ciclo de vida. Los tripanosomátidos son microorganismos que habitan principalmente en la sangre y otros tejidos, y suelen transmitirse a través de insectos como moscas o chinches, que actúan como puente entre distintas especies.
En terreno microscópico
El investigador Canizales usó técnicas de laboratorio que permiten detectar y analizar el ADN de los parásitos, como la amplificación genética (PCR) y la secuenciación, mediante los cuales se puede leer ese material y compararlo con el de otras especies.
Allí encontró que los parásitos no estaban en una sola especie, sino en varios animales analizados. Por ejemplo, en aves como el vireo oliváceo (Hylophilus olivaceus) y el mosquerito (Myiophobus fasciatus), así como en el sapo Rhaebo haematiticus, surgieron secuencias genéticas que no coincidían con ningún registro previo.
Así logró el hallazgo de tres especies nuevas para la ciencia: Trypanosoma vallejoi, T. carranzai y T. guhli, nombradas en honor a los investigadores colombianos Jorge Vallejo, profesor e investigador de la Universidad del Tolima; Julio César Carranza Martínez, experto en fauna colombiana; y Felipe Guhl Nannetti, profesor e investigador de la Universidad de los Andes, todos reconocidos por sus aportes al estudio de los parásitos y la salud pública en el país.
Para llegar a estos resultados también recurrió a estudios morfológicos en microscopio, es decir análisis de la forma y el tamaño de los parásitos. Las muestras de sangre se trataron con técnicas de coloración especiales que permiten resaltar la forma, el tamaño y las estructuras internas, un paso clave, pues aunque muchos de estos organismos pueden parecer similares genéticamente, presentan diferencias sutiles en su forma, como variaciones en la longitud de sus flagelos (similares a un látigo).
Además, en algunos animales había coinfecciones —más de un parásito en el mismo organismo—, y en otros diferencias genéticas tan marcadas que no encajaban en ninguna categoría conocida. Fue así como la evidencia terminó siendo clara: no eran variantes, sino organismos distintos.
El descubrimiento amplía el mapa conocido de estos organismos en el país, sugiriendo que su diversidad en ecosistemas como el bosque seco tropical —uno de los más transformados y menos estudiados de Colombia— ha sido subestimada.
Un riesgo desconocido
Pero el alcance del estudio va más allá de describir nuevas especies. Aunque no analiza directamente cómo influyen los cambios en el paisaje en la posibilidad de que estos parásitos lleguen a los seres humanos, sí se realizó en zonas como Chaparral y Ortega, en donde la agricultura, la ganadería y la expansión urbana han transformado los ecosistemas de bosque.
En lugares así, los animales silvestres, los domésticos y las personas están cada vez más cerca, y ese contacto facilita que los parásitos circulen entre distintas especies y encuentren nuevas rutas de transmisión.
A pesar de que los nuevos parásitos no son los mismos que causan la leishmaniasis o el Chagas, sí pertenecen al mismo linaje evolutivo, por lo que en el fondo entenderlos es hacer un análisis profundo de cómo este grupo de organismos se adapta, se diversifica, y en algunos casos llega a convertirse en una amenaza para la salud humana.
“Aunque por ahora estos parásitos no una amenaza directa para los humanos y no entendemos la incidencia que puedan tener, su presencia, diversidad y distribución es crucial para anticipar escenarios futuros respecto a enfermedades tropicales”, señala el investigador Canizales.













