Descubren nuevas variantes de la lagartija negroverdosa de Chile

La lagartija negroverdosa (Liolaemus nigroviridis), una especie endémica de Chile, es mucho más diversa de lo que se pensaba. Un estudio de la Universidad de Chile ha demostrado que las poblaciones que habitan distintas montañas presentan importantes diferencias genéticas y apenas intercambian individuos entre sí, un hallazgo que obliga a replantear las estrategias de conservación frente al cambio climático.

La investigación, publicada en la revista Animal Conservation, concluye que no basta con proteger la especie en su conjunto. Cada población conserva una parte única de su historia evolutiva y algunas afrontan un riesgo mucho mayor de desaparición que otras.

Las «islas del cielo» han aislado a las poblaciones durante miles de años

Las cumbres de la cordillera de la Costa y de los Andes de Chile central funcionan como auténticas «islas del cielo». Separadas por profundos valles, mantienen condiciones de temperatura, humedad y vegetación muy diferentes a las de menor altitud, lo que favorece la evolución de especies adaptadas exclusivamente a estos ambientes.

Precisamente en estos ecosistemas vive la lagartija negroverdosa, una especie que ha evolucionado en poblaciones prácticamente aisladas.

«En las cumbres se producen verdaderos microclimas que están aislados de las zonas inferiores. Si cambian sus condiciones, las especies que viven allí no tienen hacia dónde escapar. No es simplemente bajar, cruzar un área intervenida o una vegetación a la que no están acostumbradas y subir a otra montaña«, explica Jorge Mella-Romero, investigador de la Universidad de Chile y autor principal del estudio.

El ADN revela cinco poblaciones que deben protegerse por separado

Para conocer el grado de conexión entre las poblaciones, el equipo analizó el ADN mitocondrial de 175 ejemplares procedentes de ocho localidades y posteriormente estudió cerca de 9.300 variaciones genéticas en 93 individuos de El Roble, Cantillana, Los Caracoles, Farellones y El Yeso.

Los resultados muestran que existe intercambio genético entre individuos cercanos dentro de una misma montaña. En Farellones, por ejemplo, se detectó conectividad entre sectores separados por hasta 1,2 kilómetros. Sin embargo, entre montañas el intercambio es prácticamente inexistente, lo que confirma que las poblaciones permanecen aisladas.

Al reconstruir la historia genética de la especie, los investigadores identificaron cuatro grandes grupos históricos correspondientes a la cordillera de la Costa norte y sur y a los Andes norte y sur. Sin embargo, los análisis más recientes permitieron distinguir cinco poblaciones independientes —El Roble, Cantillana, Los Caracoles, Farellones y El Yeso— que deberían gestionarse de forma diferenciada.

«Al analizar una escala más reciente aparecen cinco unidades de las que deberíamos preocuparnos. Esto permite establecer prioridades, porque los recursos para conservación siempre son limitados y no todas las poblaciones enfrentan hoy el mismo nivel de amenaza«, sostiene Mella-Romero.

Mezclar individuos de distintas montañas podría no ser la solución

Uno de los mensajes más relevantes del estudio es que no sería adecuado aplicar una estrategia de conservación única para toda la especie ni trasladar ejemplares entre montañas sin evaluar previamente sus diferencias genéticas.

«Como existen diferencias genéticas entre estas poblaciones, no podemos proponer simplemente que una población de una montaña se reproduzca con otra para conservar a la especie. Son entidades genéticas diferentes y tenemos que pensar cómo conservarlas por separado«, añade el investigador.

Cantillana emerge como la población más amenazada

Entre todas las poblaciones estudiadas, Altos de Cantillana concentra los mayores motivos de preocupación. Además de su fuerte aislamiento geográfico y del paisaje transformado que la rodea, los análisis revelan una reducción continuada de su tamaño poblacional efectivo durante el último milenio, especialmente acusada en los dos últimos siglos.

Aunque también se detectaron descensos en El Roble y Los Caracoles, Cantillana aparece como la principal prioridad de conservación.

«Cantillana es la población prioritaria porque está muy aislada, presenta una disminución más drástica y, según los modelos de cambio climático, su hábitat será uno de los más afectados. Después aparece El Roble y, en tercer lugar, Los Caracoles«, detalla el investigador.

La migración asistida podría convertirse en una herramienta de conservación

Ante este escenario, los científicos plantean estudiar medidas como la migración asistida, es decir, trasladar individuos a zonas donde las condiciones climáticas puedan seguir siendo adecuadas en el futuro.

No obstante, los autores subrayan que esta opción requiere numerosos estudios previos.

«No es llegar y trasladarlas, antes deben realizarse estudios para evaluar si esos ambientes son apropiados, qué riesgos existen y cuáles podrían ser las consecuencias. La migración asistida es una posibilidad que debemos investigar para saber si puede ser útil frente a un cambio global acelerado«, enfatiza Mella-Romero.

Además de aportar nuevas claves para proteger a la lagartija negroverdosa, el trabajo propone un modelo que integra información genética, características ecológicas y proyecciones climáticas para establecer prioridades de conservación. Los investigadores consideran que estos resultados podrían abrir nuevas líneas de investigación, incluida una posible revisión taxonómica de la población de Cantillana.

«Estamos generando información que permite identificar qué poblaciones necesitan acciones urgentes. Proteger una especie no puede significar tratar a todos sus grupos como si fueran iguales, porque en cada uno existe una parte distinta de su historia«, concluye el investigador.