Bad Bunny lo dejó claro en la final de la Super Bowl con su espectáculo íntegramente en español, visto por millones de personas. El mundo hispano está despertando de su letargo. Busca su reforzar su identidad y su papel dentro del nuevo orden mundial. El artista puertorriqueño dio la respuesta al afán hegemónico de Estados Unidos en el continente americano: una unión hispana basada en una cultura y un idioma comunes.

En enero, Estados Unidos aceleró su carrera para erosionar el aparente multilateralismo que ha dominado el orden mundial en las últimas décadas. Ha realizado una serie de movimientos estratégicos en el tablero de la geopolítica global, para defender sus intereses por encima de todo y consolidar su influencia en el continente americano, marcando el inicio de una nueva era en las relaciones internacionales.
Estos movimientos, lejos de ser puramente diplomáticos, configuran un nuevo orden mundial caracterizado por una creciente bipolaridad, con dos grandes potencias, Estados Unidos y China, y una tercera, Rusia, con una clara dependencia del gigante asiático.
El nuevo orden mundial: bipolaridad y desafíos para Iberoamérica
El escenario internacional que se vislumbra pone contra las cuerdas a la región al sur del Río Bravo. Estos países quedan a merced de los intereses de su vecino del norte. Por su parte, Europa ve cómo se desdibuja su papel internacional de épocas pasadas y se encuentra en la obligación de asumir a regañadientes las aspiraciones estadounidenses de controlar la región ártica, aunque eso le cueste la valiosa plaza de Groenlandia.
Ante la división del mundo en dos enormes áreas de influencia (China y Rusia prácticamente van de la mano), Iberoamérica y Europa acercan posturas. Un buen ejemplo de ello es el acuerdo entre la Unión Europea y Mercosur, con el que se crea la mayor área comercial del mundo. De forma paralela, en el ámbito iberoamericano toma fuerza la idea, para nada nueva, de unirse política y económicamente, aunque las iniciativas para materializarlo son complejas y se enfrentan a diferencias enormes.
Precisamente, es en este momento histórico cuando el espacio iberoamericano está reviviendo épocas pasadas, en las que Estados Unidos actuaba a su antojo, y además, abiertamente. Ante esta realidad, crecen las voces que reclaman algún tipo de unión hispana de los estados iberoamericanos, en la que España también tendría cabida.

La propuesta de una unión hispana
Desde movimientos de carácter hispanista se reclama poner en valor la cultura y el idioma comunes de la región. Plantean un acercamiento entre los diferentes estados, bajo la premisa de que solamente la unión hispana permitirá ganar fuerza ante las aspiraciones de dominio de la Administración Trump. Sería como una especie de Unión Europea a la americana, con un mercado común, o parecido; y si no una unión política —las diferencias regionales la hacen muy difícil—, sí, al menos, la constitución de una serie de organismos para caminar juntos en aspectos clave, como la defensa de la libertad, de los derechos humanos y de la democracia.
Los estados no acaban de mostrarse por la labor de constituir una entidad común. Sin embargo, a nivel ciudadano y en el ciberespacio cada vez tienen más presencia corrientes de opinión y posiciones en favor de un acercamiento entre toda la comunidad hispanohablante.
El hispanista y experto en políticas lingüísticas, Carlos Leáñez Aristimuño es autor de Por qué el futuro es hispano, donde defiende esta tesis y profundiza sobre ella. Llama la atención sobre la proliferación de «macrocomunidades culturales», que propiciarán una serie de intercambios que no se han dado nunca, de los que también están naciendo demandas de institucionalidad. La ciudadanía ha tomado partido y está dispuesta a dar pasos en común; no tanto es así desde las esferas del poder.
«El liderazgo económico, político y cultural es nulo en cuanto a hispanidad se refiere, y este fenómeno va a ocurrir a pesar de ellos, no por ellos. Pienso que la institucionalidad que surja de este campo semántico y cultural compartido en el ciberespacio preservará los estados actuales, pero irá formando vínculos en función de necesidades e intereses concretos, cada vez más intensos y fuertes, en la medida en que se vayan produciendo situaciones que nos fuercen a entender que si queremos una continuidad en la historia tenemos que tener más fuerza», opina Leáñez Aristimuño.

La construcción del nuevo orden mundial se vive en directo a través de las redes. En este relato se muestra con toda crudeza que el mundo es cada vez más hostil con lo débiles, es carnívoro. Por este motivo crece la postura de que solamente la unión puede dotar de las herramientas y la firmeza para defender los intereses propios.
«Hasta el momento no hemos sentido el aliento de la extinción inminente en nuestro cuello y hemos vivido como si fuésemos países libres y soberanos, pero debemos entender que somos países que jugamos en tercera división, en la división de los subordinados, de los alienados. Pero somos un bloque geocultural de primera línea, que si tuviera memoria se daría cuenta de que nuestro potencial es de volver a ser una potencia mundial. Pero nadie quiere que eso ocurra, porque no interesa tener otra potencia en juego», sentencia Carlos Leáñez.
El rol de España y los desafíos de la integración regional
Luis Alfonso Herrera, director del Máster en Derecho Público de la chilena Universidad Santo Tomás, a través de foros académicos, encuentros y artículos, trata de promover la corriente de una hispanidad unida, como una estrategia que aporta la capacidad de defender la posición iberoamericana en el mundo y de mantener unas relaciones más equilibradas con las grandes potencias.
«Habría que apostar por una comunidad de naciones hispanas, en las que también esté España, y donde también podría participar Brasil, unidas por los lazos comunes, la lengua y, desde el punto de vista jurídico, hay mucho que se puede avanzar. Pero, para ello debe haber una toma de conciencia y no caer en nacionalismos, para avanzar en una agenda de integración al estilo de la Unión Europea», opina Luis Alfonso Herrera.
De una opinión parecida es el profesor de Historia Contemporánea de la Universidad de Vigo, Luis Velasco, que considera que el actual es un «momento ideal» para poner en marcha y revitalizar proyectos de integración en Iberoamérica: integración económica, política y de normalización de las relaciones con sus posibles aliados en el resto del mundo. Pero la historia ha demostrado la dificultad para alcanzar este tipo de acuerdos.
Obstáculos históricos a la unión hispana
Iberoamérica tiene un pasado convulso, sobre todo desde las independencias, que introdujeron a la región en una especie de balcanización y fragmentación del territorio que les ha restado fuerza. Luis Alfonso Herrera se muestra muy crítico con los procesos de independencia. Para empezar, él los tilda como «guerras civiles», que se hicieron con la promesa de que tras ellos llegarían la soberanía, independencia, libertad y una mayor calidad de vida.
«En general, poco o nada de eso ha ocurrido, con algunas excepciones. Esas independencias costaron mucho, implicaron el endeudamiento de esos países. Y como estuvieron no solo separados, sino en algunos casos enemistados, ese tipo de situaciones ha derivado en un debilitamiento y, salvo México y Argentina, el resto de países han quedado a su propia suerte», explica Herrera.
Los procesos de ruptura con la Corona española fueron seguidos con interés por otras potencias, que vieron oportunidades en estos territorios. Fundamentalmente por Estados Unidos, pero no solamente. Otros actores europeos se sumaron a las independencias para ocupar una posición privilegiada en la región. Fue el caso de Gran Bretaña, desde un punto de vista económico; Francia, en lo cultural; e Italia, con una ola migratoria pocas veces vista en los tiempos recientes.
Todos estos intereses llegados de fuera torpedearon la posibilidad de acercar posiciones para una integración política y la colaboración entre los diferentes estados.
En el siglo XX sí se avanzó algo más en la integración del espacio hispanohablante y se consolidó una conciencia regional. Esto dio lugar a la aparición de algunos procesos de integración regional, que no de toda la comunidad de estados iberoamericanos. En 1951 apareció la Organización de Estados Centroamericanos, en 1991 se convirtió en el Sistema de la Integración Centroamericana. En 1969 se puso en marcha el Pacto Andino, que tuvo una segunda versión en 1996, con la creación de la Comunidad Andina. Y en 1991 se fundó MERCOSUR. Ya en el siglo XXI la fundación de UNASUR pareció allanar el terreno para una integración en lo económico. Sin embargo, ninguna de esas iniciativas ha llegado a fructificar.
«Al final, las experiencias de integración de naciones siempre terminan fracasando, porque ponen el énfasis en cuestiones de soberanía, pero en el fondo, esto esconde, más que un amor al propio país, el rechazo a unos mecanismos de control comunes para no tener que rendir cuentas a una organización supranacional. Esa desunión hace que los países sean más vulnerables en lo económico y en lo político, y que también los mantiene en una situación de dependencia de las potencias del mundo», añade Luis Alfonso Herrera.

La estrategia de Estados Unidos y la oportunidad de España
Llevados, bien por el miedo a que lo ocurrido en Venezuela se pueda repetir en otros países, así como por la necesidad de ganar fuerza para hacer frente al poder hegemónico en la región, se están abriendo oportunidades nuevas. Los países iberoamericanos han dado pasos nuevos, no tanto en el sentido de la unión entre estados americanos en sí, como en alianzas en busca de fortalecer las relaciones con otros socios.
Una muestra evidente ha sido la firma del acuerdo entre MERCOSUR y la Unión Europea. La creación de este consorcio comercial llevaba bloqueado veinticinco años y, tras la intervención en Venezuela, ha salido adelante en tan solo unas semanas.
Este convenio supone una oportunidad especial para España, que puede poner en valor su peso histórico en la región y funcionar, no solo como puente entre la Unión Europea e Hispanoamérica, sino como el país que lidere un acercamiento como hacía mucho tiempo que no se veía.
«Creo que España tiene que hacer una apuesta decidida, intentando mostrar que nos unen muchas más cosas que nos separan y que tenemos intereses compartidos. Y la forma razonable de poner en marcha esas agendas es mediante un respeto tremendo a la soberanía y la independencia», opina Luis Velasco.
Es cierto que el papel que puede jugar España de cara a Iberoamérica no gustará a la administración estadounidense actual e intentará boicotearla todo lo posible. Pero merecerá la pena arriesgarse. Por primera vez en mucho tiempo, España tiene la oportunidad de tomar la iniciativa y liderar la posición de la Unión Europea hacia Iberoamérica.
La Doctrina Monroe y la intervención en Venezuela
El nuevo orden mundial se viene gestando años, pero se podría decir que ha emergido con el segundo mandato de Donald Trump. Esto no es casual. Los presidentes estadounidenses aprovechan su segundo mandato para dejar su legado tanto al país como al resto del mundo. Lo hicieron Bush, Clinton y Obama, y ahora es el turno de Trump.
En lo internacional, el legado de la actual Administración de Estados Unidos viene marcado por un recrudecimiento de su política exterior. No ha dudado en solucionar las diferencias con otros países mediante aranceles. E inició una campaña de presión explícita sobre el régimen de Nicolás Maduro en Venezuela, que tuvo su momento culmen con la intervención ‘quirúrgica’ del pasado 3 de enero, que resultó con la detención del mandatario y su traslado a una cárcel de Estados Unidos.
Esta actuación fue un golpe sobre el tablero de la región. Hay quien lo interpreta como una apuesta de Estados Unidos para llevar la democracia a Venezuela. También como un movimiento para hacerse con las mayores reservas petroleras del mundo. Aunque lo que de verdad se esconde detrás de esta actuación estadounidense es el deseo de acabar con la influencia de China en la región. Este país asiático ha realizado una inversión enorme en deuda pública venezolana y era el principal comprador de su petróleo. Unas relaciones intolerables a los ojos de la administración Trump.
Luis Alfonso Herrera entiende que la extracción del dictador va a abrir un camino hacia la democracia, pero habrá que esperar un tiempo, puede que años, hasta que llegue. Tiene claro que los hermanos Delcy y Jorge Rodríguez y Diosdado Cabello no van a dejar su posición gratuitamente y tratarán de hacer todo lo posible por no entorpecer los intereses de Estados Unidos en su país.
«Lo que hemos venido presenciando desde la movilización de buques y operativo militar en el entorno de las costas del Venezuela es la consecuencia del fracaso de todas las iniciativas políticas que, desde dentro y fuera de Venezuela, se intentaron para iniciar una transición hacia la democracia de forma pacífica», afirma.
La influencia de China sobre Venezuela y, a su vez, la de este país en otros de la región incomodaba a Estados Unidos, que ha querido dar un paso adelante y defender su poder en la zona.
«Estados Unidos descabezó a Maduro en función de sus intereses, coincidentes en esto con los de los venezolanos. Se abre ahora una etapa difícil en la que hemos de pujar por una posición que nos permita actuar en función de intereses comunes y desplazando al chavismo, que había vuelto a Venezuela un campo de concentración a cielo abierto, cuya liberación era impostergable, so pena de morir de mengua», añade Carlos Leáñez. Para él, María Corina Machado, cerrado el pulso actual, estará al frente del país en virtud de su «legitimidad».
Estados Unidos ha tomado una posición de privilegio con respecto al petróleo venezolano. La intención no es adueñarse de ese recurso. No supone ningún activo para ellos, debido a la situación de la industria petrolera venezolana y a las millonarias inversiones que requiere. «Debemos entender que la intervención está dirigida a evitar el comercio con China o con otros países. El control del petróleo, no para consumo interno, sino como elemento de presión frente a terceros. En este sentido y hablando de otros posibles recursos, si lo conectamos con esa idea de hemisferio occidental como lo ha definido la Administración Trump, el negar el acceso de otras potencias al continente americano», opina el investigador del Departamento de Ciencia Política y de la Administración de la Universidad de Granada, Alberto Bueno.
La actitud de Estados Unidos con respecto a sus vecinos del sur no es nada nueva. Se enmarca en la noción de hegemonía hemisférica y se alimenta de su necesidad por posicionarse como una potencia férrea.
«Dentro de un momento de reorganización global del orden de seguridad que nos habíamos dado después de la II Guerra Mundial y la Guerra Fría, Estados Unidos están planteando que el mundo está cambiando y que ellos deben ser fuertes. Los límites de esa fortaleza son el hemisferio occidental, el continente americano. Están reivindicando su hegemonía total en todo ese hemisferio». Así lo entiende Luis Velasco.
La Administración Trump ha retomado la Doctrina Monroe, la idea de una ‘América para los americanos’. Esta forma de entender su posición en el mundo empezó a gestarse en el siglo XIX y está relacionada con la anormalidad de que un país tenga salida a dos océanos y ocupe todo el ancho de un continente. Esa misma concepción llevó a que a principios del XIX Estados Unidos comprara Luisiana, Alaska; realizara ofertas para comprar Cuba y la actual Canadá.
La concepción hegemónica sobre el continente americano viene sugerida en la última Estrategia de Seguridad Nacional, publicada en diciembre de 2025. Más que una estrategia en sí, este documento es un «manifiesto político, donde se plantea en términos explícitos el corolario Trump a la doctrina Monroe», afirma Alberto Bueno.
Bajo esta visión de su lugar y papel en el mundo, Estados Unidos ha retomado una visión neoimperial, pero diferente a la que mantenía en épocas pasadas. Ahora defiende su papel dominante en el continente americano, pero no la hegemonía global de décadas pasadas. Alberto Bueno observa que en esta etapa de reconfiguración del orden mundial, Estados Unidos reconoce que en otras partes del globo son otros actores los que tienen ese papel protagónico.

Los acontecimientos del pasado mes de enero no dejan de ser un mensaje claro al mundo. Tanto lo ocurrido en Venezuela como las tensiones con la Unión Europea a cuenta de Groenlandia, son buena muestra de que Estados Unidos tiene unos objetivos muy claros y está dispuesto a defenderlos de cualquier manera. Y quien no colabore, debe atenerse a consecuencias en forma de aranceles con medidas de mayor entidad, entre las que no se descartan intervenciones de tipo militar.
«Estados Unidos ha dado un aviso a esos competidores por la hegemonía global. Lanza un mensaje duro a todos aquellos países que tenían relaciones importantes con Venezuela, como podría ser Irán. Pero también lanza un mensaje complicado a los aliados, un mensaje preocupante para Canadá, México y lanza un mensaje preocupante para toda América», dice Luis Velasco.
La urgencia de la unión hispana en un mundo bipolar
La reconfiguración del orden mundial hacia una bipolaridad marcada por la confrontación entre Estados Unidos y China, con Rusia como actor secundario, exige una respuesta estratégica por parte de Iberoamérica y España. La erosión del multilateralismo y la reafirmación de la hegemonía estadounidense en el continente americano, evidenciada en episodios como la intervención en Venezuela y la reactivación de la Doctrina Monroe, subrayan la urgencia de una unión hispana.
Aunque la historia de la integración regional ha sido compleja, la coyuntura actual, impulsada por la ciudadanía y voces expertas, presenta una oportunidad única para forjar un bloque geocultural fuerte. Solo mediante una integración hispana sólida, que ponga en valor la cultura y el idioma comunes, Iberoamérica y España podrán defender sus intereses, ganar voz en el escenario global y asegurar un futuro de mayor autonomía y prosperidad en este nuevo y desafiante orden mundial.















