Las marcas rojas de las cuevas prehistóricas pudieron guiar a los humanos del Paleolítico en la oscuridad

Cuando pensamos en el arte rupestre paleolítico, nuestra atención suele dirigirse a las grandes figuras de bisontes, caballos o ciervos que decoran algunas de las cuevas más emblemáticas de la prehistoria. Sin embargo, una nueva investigación apunta a que algunos de los elementos más importantes para comprender cómo se movían nuestros antepasados por estos espacios podrían ser también los más discretos.

Una investigación desarrollada por las arqueólogas Míriam García Capín, de la UNED, y María Silva Gago, del Incipit-CSIC, plantea que las pequeñas marcas realizadas con pigmento rojo pudieron desempeñar una función clave en la exploración de las cuevas durante el Paleolítico.

Lejos de ser simples adornos o manifestaciones simbólicas, estos signos habrían servido para captar la atención de quienes recorrían galerías oscuras iluminadas únicamente por antorchas.

El color rojo destaca antes que el negro en el interior de una cueva

Los resultados del estudio muestran que los motivos pintados en rojo son detectados con mayor rapidez y permanecen durante más tiempo en el foco de atención que los mismos signos realizados en negro.

Este hallazgo abre nuevas líneas de investigación sobre la relación entre percepción visual, arte rupestre y comportamiento humano en la prehistoria.

Durante décadas, los estudios sobre las pinturas rupestres se han centrado principalmente en clasificar figuras, estilos y cronologías. Ahora, las investigadoras proponen incorporar una nueva perspectiva: analizar cómo determinadas señales visuales eran percibidas por quienes se adentraban en el interior de las cuevas.

«Lo que comencé a observar es que esos trazos, por difíciles que fueran de clasificar, transmitían una información sutil: reflejan el gesto de alguien que había frotado, palpado o apoyado la pared con las manos, o que había soplado la pintura», explica Míriam García Capín.

Según la investigadora de la UNED, esos rastros evocan una acción humana incluso para una observadora actual, una idea que terminó convirtiéndose en el punto de partida de la investigación.

Cómo los signos rojos pudieron hacer las cuevas menos hostiles

Uno de los aspectos más sugerentes del trabajo es que relaciona estas marcas con la manera en que los seres humanos experimentaban el espacio. La presencia de pequeños rastros de actividad humana podría haber contribuido a que las cuevas parecieran lugares más conocidos y menos amenazantes.

«Es probable que el simple hecho de percibir una acción humana previa contribuyera a que un entorno potencialmente peligroso pareciera más explorado, más conocido y, en cierto modo, menos hostil», afirma García Capín. En otras palabras, estos signos podrían haber ayudado a humanizar espacios subterráneos complejos, facilitando su exploración.

Una adaptación evolutiva que favorece la percepción del rojo

La explicación podría estar relacionada con la propia evolución humana. Según señala la investigadora, la capacidad para percibir determinadas longitudes de onda asociadas al color rojo se desarrolló en algunos primates que necesitaban identificar frutos maduros en el entorno.

Esa ventaja evolutiva habría permanecido en nuestra especie y podría haber seguido siendo útil incluso en contextos tan particulares como las cuevas del Paleolítico.

Además, los resultados adquieren una relevancia especial porque los participantes del experimento pertenecían a sociedades modernas saturadas de estímulos visuales. A pesar de ello, el rojo siguió destacando claramente frente al negro.

Los resultados inesperados del experimento

No todas las pruebas produjeron los resultados esperados. Las primeras imágenes utilizadas por el equipo mostraban pinturas que ocupaban gran parte de la superficie visual. En esos casos, no aparecieron diferencias significativas entre los signos rojos y negros.

Tampoco se observaron efectos relevantes cuando los estímulos se situaban en escenarios urbanos actuales. Estos resultados llevaron a las investigadoras a centrarse en contextos cavernarios más realistas, donde los signos ocupaban una posición secundaria dentro del paisaje visual.

Miriam García Capín y María Silva Gago, autoras de la investigación sobre el papel del color rojo en el arte rupestre paleolítico.

La importancia de las antorchas en la exploración de las cuevas

Aunque el estudio no reprodujo directamente la iluminación con fuego, las autoras recuerdan que diversos trabajos consideran las antorchas una herramienta fundamental para la exploración de las cuevas.

La luz generada por una antorcha es irregular, parpadeante e inestable. En estas condiciones, determinados colores y relieves podían destacar momentáneamente mientras otros quedaban ocultos.

Esto refuerza la hipótesis de que los signos rojos pudieron desempeñar una función práctica en la percepción y orientación dentro de los espacios subterráneos.

Una nueva forma de entender el arte rupestre

Las grandes figuras animales seguirán ocupando un lugar central en la investigación sobre el arte paleolítico, pero este trabajo invita a prestar atención a elementos que tradicionalmente habían pasado desapercibidos.

«Las figuras animales atraen más la atención porque son visualmente espectaculares y fáciles de reconocer, pero esos pequeños signos encierran también una instantánea de la acción humana».

Muchas de estas marcas aparecen en zonas ocultas y de difícil acceso, lo que las convierte en valiosos testimonios de la exploración, la curiosidad y la adaptación humana al entorno cavernario.

El próximo paso de la investigación

Las investigadoras quieren seguir analizando cómo interactúan el color, la forma y el contexto visual en la percepción humana. El objetivo es comprender mejor cómo estas señales pudieron influir en los recorridos realizados por los grupos humanos y en la manera en que experimentaban las cuevas durante el Paleolítico.

Porque, quizá, las claves para entender una parte de nuestra historia no estén en los grandes animales pintados sobre la roca, sino en esos pequeños signos rojos que alguien dejó hace miles de años para marcar su presencia en la oscuridad.