Un equipo de la Universidad de Almería (UAL) estudia los conflictos éticos del uso de la tecnología en los cuidados. Este enfoque nuevo desvela el tacto especial que se debe tener con las personas que reciben los cuidados y sus preocupaciones: los mayores reclaman más contacto humano y los jóvenes temen por la pérdida de su privacidad.

Cuando se entra en una residencia de mayores o un centro de día para personas con discapacidad llama la atención la cantidad de máquinas y aparatos. Sillas de ruedas, pasarelas, grúas, camas articuladas, cubiertos especiales… incluso también robots sociales. Pero, ¿alguien se ha preguntado cómo se sienten las personas cuidadas ante tal despliegue de tecnología?
El grupo de investigación Género, Cuidados y Tecnociencias de la UAL ha analizado el lado ético y el impacto del uso de toda esta maquinaria sobre el bienestar emocional de las personas receptoras de la atención y ha sacado conclusiones interesantes, que ayudan a diseñar unos cuidados más cercanos y humanos, en los que los robots sociales también tienen cabida.
Estudiar los cuidados desde una perspectiva más amplia
«Con nuestra investigación intentamos ver los cuidados desde una perspectiva más amplia, que implica a los trabajadores, personas cuidadoras y también quienes reciben esos cuidados», explica la investigadora de la UAL, María Teresa Martín Palomo, que coordina el proyecto Tecnocare, en el que se desarrollan varias investigaciones en las que se reflexiona sobre el mundo de los cuidados.
La percepción del mundo de los cuidados cambió de forma radical con la pandemia. Hasta ese momento se entendía que era un sector volcado, principalmente, en la población mayor. Sin embargo, el impacto de la Covid-19 hizo ver que todo el mundo es vulnerable y que puede necesitar cuidados en cualquier momento de su vida, no solamente en la edad avanzada. Esta realidad ha hecho que se tome conciencia sobre la importancia de este tipo de reflexiones y ha contribuido a que se multipliquen los estudios científicos en este campo, sobre todo, los que abordan el mundo de los cuidados desde perspectivas no estrictamente sanitarias.
Papel de la tecnología en el mundo del cuidado
Para entender qué papel juegan las tecnologías en el día a día de las residencias y centros de cuidados, el equipo de la UAL entrevistó profesionales (auxiliares, enfermeros, psicólogos, gestoras) y a varios expertos del ámbito sociosanitario. De sus voces emerge una visión del cuidado como una coreografía entre personas y máquinas.

Preferencia por el contacto humano
El conflicto con el uso de las máquinas existe y se manifiesta de manera diferente en función de la edad de las personas cuidadas. «Siempre hay una preferencia clara por el contacto humano: desde la piel hasta el contacto más emocional. El uso de la tecnología hace que todo sea algo más violento, con un tacto frío. Y su uso requiere un diálogo, una negociación con la persona que recibe el cuidado, para alcanzar un punto de entendimiento en el que ambas partes se sientan cómodas», explica María Teresa Martín.
Si algo ha quedado claro en los estudios realizados es que el uso de la tecnología requiere la participación activa de quien recibe los cuidados, con quien se debe llegar a un consenso y pactar la manera de abordar las intervenciones.
Miedo a perder la intimidad y la privacidad
En los cuidados de las personas más jóvenes entran en juego otras preocupaciones y conflictos. En estos casos existe el miedo a perder la intimidad; sobre todo cuando se instalan sensores de actividad en sus hogares, la preocupación va más encaminada al uso que tendrán los datos sobre su vida.
Tecnología del cuidado: de una silla de ruedas a una batidora
La tecnología del cuidado es muy amplia y abarca todas las acciones del día a día. Sin embargo, cuando se habla de ella lo habitual es pensar en dispositivos digitales, inteligencia artificial y soluciones de ese tipo. Se trata de elementos mucho más comunes, que no por ser más cotidianos dejan de ser útiles. El equipo de la UAL habla de una batidora, un pasapuré, una grúa, una cama articulada, un colchón antiescaras… Y cuando no están, muchas personas buscan recurren al «apaño», mediante la fabricación de artilugios caseros, mucho más baratos que los comerciales, que cumplen la misma función.
No obstante, los elementos digitales tienen un uso creciente en el mundo de los cuidados. Unos de los más empleados son los robots sociales. Estos dispositivos están dando resultados interesantes y potencian aspectos tan importantes como la interacción entre los usuarios, aunque los investigadores dejan muy claro que nunca pueden sustituir al calor humano.

Receptivos al uso de robots sociales
El equipo de la UAL explica que tanto en las entrevistas, como en las investigaciones se está viendo que los robots, a lo mejor no resuelven tantos aspectos del cuidado, pero hay muchas tareas que sí pueden hacer, como las que son más reiterativas.
«Toda la parte más emocional y afectiva es el gran desafío de la inteligencia artificial, pero hay casos en los que funciona. Por ejemplo, entrevistamos a una persona con tetraplejia a la que reconfortaba escuchar cada mañana a Alexa. La aplicación le preguntaba cómo se había levantado, si se había vestido con colores bonitos y mensajes de ánimo similares. Esta persona contaba que eso le daba un apoyo importante para afrontar el día», añade María Teresa Martín Palomo.
En sus investigaciones, el equipo de Tecnocare hace referencia a las cuidadoras y reclama para ellas (en femenino, porque la mayoría son mujeres) compensaciones por peligrosidad en su salario. Estas trabajadoras están sometidas a esfuerzos físicos que les pueden causar lesiones y viven muy cerca del dolor y la muerte, algo que hace mella en su estado emocional.
Las investigaciones de este grupo de la UAL invitan a repensar qué significa cuidar en una era de hiperautomatización. Las grúas, los robots, las pantallas o los sensores no sustituyen la empatía, pero pueden ser aliados si se usan con conciencia. La tecnología, bien entendida, puede aligerar los cuerpos sin vaciar los vínculos.
Quizá el verdadero desafío no sea tecnológico, sino ético: mantener el calor humano en un mundo cada vez más frío, donde cuidar se convierte, literalmente, en una tarea de ingeniería moral.













