En Colombia todavía se venden cápsulas y jarabes de aceite de hígado de tiburón como suplementos naturales para fortalecer las defensas o mejorar la salud. Sin embargo, para obtener una pequeña cantidad de este aceite —rico en moléculas llamadas alquilgliceroles— es necesario capturar varios ejemplares, una práctica que pone en riesgo la biodiversidad marina. Para ofrecer una alternativa, investigadores lograron producir esas mismas moléculas en el laboratorio, sin usar animales y con potencial para combatir bacterias resistentes

Evelyn Dayana Gamboa Tovar, magíster en Química de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL), buscó una forma sostenible de obtener alquilgliceroles, compuestos naturales presentes en pequeñas cantidades en los organismos vivos, especialmente en los marinos. Estos lípidos son muy valorados por sus posibles beneficios, ya que estimulan el sistema inmunológico, mejoran la respuesta a las vacunas, tienen efectos antitumorales y antimicrobianos, e incluso favorecen la regeneración celular.
“El problema es que dichos compuestos se encuentran en muy baja concentración, y para extraer una mínima cantidad hay que usar mucho material, lo que pone en riesgo a los tiburones”, explica la investigadora. Además, el aceite que los contiene viene mezclado con otras sustancias como omega 3, vitamina A y D, o el antioxidante escualeno, lo que hace muy difícil obtenerlos de forma pura.
Para evitar ese impacto, la magíster fabricó en el laboratorio versiones idénticas a las naturales. A partir de un compuesto base realizó 4 pasos de síntesis química: reducción, mesilación, sustitución y desprotección. Así logró crear 9 alquilgliceroles distintos, 3 de los cuales nunca se habían sintetizado antes debido a la complejidad y al alto costo del proceso.
En palabras simples, la científica comenzó con una molécula base y la fue transformando poco a poco, como quien moldea una figura hasta darle la forma final. Primero la ajustó para hacerla más estable y preparada para reaccionar. Luego le añadió un grupo químico que la volvió más activa y lista para unirse con otras partes.
Después reemplazó ese grupo por una cadena de carbono, que es lo que le da a cada alquilglicerol su función especial. En el último paso eliminó los “protectores” que se usan durante el proceso, dejando la molécula terminada y pura. Así, paso a paso, fue construyendo cada compuesto como si armara un rompecabezas, hasta obtener copias exactas de las que existen en la naturaleza.
Para iniciar la síntesis, la investigadora utilizó R-solketal, un compuesto derivado del glicerol, sustancia que se obtiene de aceites vegetales y se genera como subproducto en la industria del biodiésel. Gracias a esto, el proceso no dependió de recursos animales ni marinos, sino de materias primas renovables y asequibles. Ese enfoque convierte su método en una alternativa sostenible, ya que permite producir alquilgliceroles de forma limpia, reproducible y sin afectar la biodiversidad.
Un alivio para los tiburones
Un estudio publicado en Science en 2024 reveló que en el mundo uno de cada siete especies de tiburones y rayas de profundidad está amenazada de extinción, según la Lista roja de especies amenazadas de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN). Por ello, el trabajo de la investigadora Gamboa representa un aporte a la reducción de la caza de estos animales vulnerables.
Su objetivo era, por un lado, demostrar que las moléculas se podían producir en buenas cantidades sin afectar la biodiversidad, y además evaluar su posible potencial para combatir bacterias y hongos. Para ello las probó en forma de solución frente a 10 microorganismos: 8 bacterias —entre ellas Staphylococcus aureus, Escherichia coli y Pseudomonas aeruginosa— y 2 levaduras (Candida albicans y Saccharomyces cerevisiae). Estas especies se elegieron porque son patógenos comunes en hospitales y varias presentan resistencia a los antibióticos.
Aunque la actividad no fue tan fuerte como la de un antibiótico comercial, los resultados sí son prometedores, pues uno de los compuestos, el nonilglicerol, inhibió el crecimiento de P. aeruginosa con una concentración de apenas 16 microgramos por mililitro. Este hallazgo es relevante porque esta bacteria es reconocida por su alta resistencia a múltiples medicamentos y por su capacidad para formar biopelículas que dificultan su eliminación.
“Lo interesante es que se trata de una estructura nueva, distinta a los antimicrobianos tradicionales, lo que demuestra que aún hay muchas moléculas por descubrir con potencial terapéutico”, destaca la magíster Gamboa.
Más allá de su uso médico, la investigadora considera que los alquilgliceroles también tendrían aplicaciones en cosmética, como ingrediente de cremas o mascarillas, gracias a sus propiedades antioxidantes y regenerativas. En alimentación funcional, se podrían incorporar a productos destinados a personas con deficiencias de ciertos lípidos esenciales, mejorando su metabolismo y calidad de vida.
El aceite de tiburón ha sido sometido a estudios en ratones, como uno publicado en 2009 en la revista Science Direct, mediante el cual se encontró que su usó tenía efecto sobre tumores cancerígenos; sin embargo, su evidencia en humanos es limitada y no concluyente, por lo que como suplemento no reemplaza tratamientos médicos, y su obtención puede representar un riesgo ambiental para especies marinas.
En el mundo, el aceite de hígado de tiburón se obtiene sobre todo de especies de aguas profundas como los tiburones baboso (Centrophorus granulosus), peregrino (Cetorhinus maximus) y marrajo (Isurus oxyrinchus), cuyos hígados son grandes y ricos en aceites naturales.
En Colombia, aunque se sabe que géneros como Carcharhinus y Mustelus —conocidos popularmente como tiburones punta negra y tollos— se aprovechan para obtener aceite, no existen datos públicos precisos sobre el origen de los productos que se comercializan ni si provienen de capturas locales o importadas. La falta de trazabilidad dificulta saber cuántos ejemplares se sacrifican realmente para este fin o qué especies son las más afectadas.













