La sensación en el Mediterráneo es generalizada: el alivio que tradicionalmente aportaba la brisa marina por la tarde y noche llega con menos intensidad. Ahora, una investigación confirma que esa percepción tiene una base científica.

Un estudio liderado por el Centro de Investigaciones sobre Desertificación (CIDE) demuestra que la brisa marina del Mediterráneo occidental se está debilitando desde hace más de cuatro décadas. Esto se traduce en una reducción de su capacidad para suavizar las temperaturas en ciudades como Barcelona, Valencia, Ibiza, Palma de Mallorca o Almería.
La investigación, publicada en Scientific Reports, analiza 41 años de registros meteorológicos y concluye que este fenómeno se intensifica precisamente durante las olas de calor, cuando más se necesita ese viento costero para aliviar las altas temperaturas.
El Mediterráneo se calienta, pero la brisa sopla cada vez menos
La brisa marina se forma durante el día porque la tierra se calienta más rápido que el mar. El aire caliente asciende sobre la superficie terrestre y el aire más fresco procedente del mar ocupa su lugar, creando un viento que ayuda a refrescar las zonas costeras.
La paradoja es que el Mediterráneo se está calentando entre un 20 % y un 40 % más rápido que la media mundial, lo que debería reforzar ese contraste térmico y generar brisas más intensas. Sin embargo, ocurre justo lo contrario.
«Lo esperable sería que este mayor contraste generara brisas más fuertes. Sin embargo, observamos que las brisas marinas son cada vez más débiles, aunque más frecuentes en épocas del año donde ocurren menos, como en invierno», explica Shalenys Bedoya-Valestt, primera autora del estudio e investigadora predoctoral del CIDE.
La costa española y Baleares son las zonas donde más se nota
El equipo analizó datos obtenidos entre 1981 y 2021 en 39 estaciones meteorológicas distribuidas por España, Francia, Italia y el norte de África. Los resultados muestran que el 90 % de las estaciones registran una disminución de la velocidad de la brisa marina.
En conjunto, el viento costero se ha debilitado un 11 % desde 1981, una cifra que aumenta hasta el 12,7 % durante los meses de verano, cuando la brisa resulta más importante para aliviar el calor.
Las regiones donde el descenso es más acusado son las Islas Baleares, con una reducción del 17,6 %, seguidas de la costa mediterránea española, donde alcanza el 17 %, y la costa francesa, con un 12,6 %.
Entre las ciudades más afectadas figuran Barcelona, Tortosa, Menorca, Castellón de la Plana, Ibiza, Palma de Mallorca, Málaga y Almería, donde algunas estaciones registran pérdidas de intensidad de entre el 17 % y el 25 %.
Las olas de calor debilitan todavía más el viento que debería aliviar el calor
Uno de los resultados más llamativos del estudio es que las olas de calor reducen todavía más la intensidad de la brisa marina. Durante estos episodios, las brisas son hasta un 10 % más débiles en islas como Córcega, Cerdeña y Sicilia.
En Baleares, la reducción ronda el 8 %, mientras que en la costa mediterránea española alcanza una media del 4,8 %. Este efecto no sustituye a la tendencia observada durante las últimas décadas, sino que se suma a ella en los episodios de calor extremo.
Desde 1981, el Mediterráneo occidental ha experimentado un incremento de 1,3 °C en la temperatura del aire y de 1 °C en la superficie del mar, acompañado de un aumento de la radiación solar.
Cuando las temperaturas superan entre 1 y 1,5 °C los valores históricos, la intensidad de la brisa disminuye entre un 4 % y un 8 %, especialmente durante la primavera y el verano.
«Es paradójico: el calentamiento provoca más olas de calor, y estas, a su vez, debilitan aún más el viento costero que ayuda a aliviarlas», indica la investigadora.
¿Por qué ocurre este fenómeno?
Los investigadores apuntan a un cambio en la circulación atmosférica provocado por el calentamiento global.
«Nuestra hipótesis es que el calentamiento global está cambiando la forma en que se mueven las masas de aire, favoreciendo que el aire cálido de origen continental tropical quede ‘atrapado’ sobre el Mediterráneo y provoque olas de calor más frecuentes e intensas. Ese aire caliente y seco actúa como una ‘tapa’ sobre la región: estabiliza la atmósfera y frena los movimientos de aire que impulsan la brisa, debilitándola», argumenta Shalenys Bedoya-Valestt.
Menos brisa significa más calor, más contaminación y cambios en las tormentas
El debilitamiento de la brisa marina tiene consecuencias que van mucho más allá de una menor sensación de frescor. «Precisamente, ahora que vivimos episodios de calor más intensos, frecuentes y tempranos, conocer cómo están cambiando las brisas marinas nos permite entender los posibles impactos en la población costera del Mediterráneo occidental, y sentar las bases de conocimiento necesarias para la adaptación climática», sostiene César Azorín, investigador del CSIC que lidera el Climatoc-Lab del CIDE.
Una brisa menos intensa reduce la ventilación natural de las ciudades costeras, aumentando el estrés térmico y sus efectos sobre la salud. Además, favorece que la contaminación permanezca más tiempo sobre las zonas urbanas, dificultando su dispersión y ofreciendo información valiosa para diseñar protocolos anticontaminación más eficaces.
Los investigadores también advierten de que la brisa marina desempeña un papel esencial en el transporte de humedad hacia el interior, un proceso clave para la formación de tormentas estivales.
«Si la brisa se debilita, el ciclo hidrológico podría verse alterado», revela Azorín. «Estos resultados nos ayudan a entender por qué está cambiando el régimen de estas tormentas y cómo afecta esto a la sequedad del suelo en la región», asegura.













