Antonio Valdés y Fernández Bazán, un asturiano en la forja de la bandera nacional

Luis Antequera es escritor, periodista e historiador. Director del programa radiofónico de Historia «Esta no es una Semana Cualquiera». Autor de siete libros y más de 2.500 artículos en prensa.

Antonio Joaquín Valdés Fernández-Bazán y Quirós Ozío-Salamanca es uno de esos personajes ilustres de la historia de España enterrados en el cajón del olvido de la memoria colectiva. Combatiente contra los piratas berberiscos en el Mediterráneo, secretario de Estado y del Despacho Universal de Indias, portador del Toisón de Oro, héroe en la guerra contra la invasión napoleónica, y fundador del Museo Naval de Cádiz, son algunos de méritos de su larga carrera

A lo largo de su misma participa intensamente en el proceso de la creación de la bandera rojigualda como emblema, primero de la Marina Española, y que luego lo será de la patria común de todos. Siendo ministro de Marina será el encargado de presentar al Rey Carlos III los doce modelos propuestos como enseña de la Armada, todos ellos con los colores ordenados: «dividido a lo largo en tres listas, de las que la alta y la baja sean encarnadas, y del ancho cada una de la cuarta parte del total, y la de en medio amarilla«. Bandera que es el origen de la bandera de España de hoy

Antonio Valdés y Fernández Bazán.

Antonio Joaquín Valdés Fernández-Bazán y Quirós Ozío-Salamanca –nada menos- es uno más de esos asturianos que «nace donde le place», que «pa» eso es asturiano, haciéndolo en Burgos el 25 de marzo de 1744, eso sí, en una familia de profundas raíces astúricas, siendo su padre el noble Fernando de Valdés y Quirós, nacido en el palacio Valdés-Bazán, corregidor de Burgos y miembro del Consejo de Hacienda, y su madre la riojana Rafaela Fernandez Bazán y de Ozío.

Incorporado a la Marina, como entonces se hacía, con trece años de edad en 1757, tras estrenarse contra los ingleses en la Guerra de los Siete Años (1756-1763), interviene después en numerosas operaciones contra los temibles piratas berberiscos en el Mediterráneo, los cuales hacían estragos en las costas de España (aquellos famosos «moros en la costa»), aún siendo España, como lo era, la primera potencia mundial: así resultaban de audaces los piratas en cuestión.

En 1781 lo vemos al mando de la fábrica de artillería de la Cabada, un año después almirante, y otro más, inspector general, vale decir, ministro, de Marina. Durante su mandato recibe la Armada un gran impulso, no sólo en medios, sino en avances de tipo náutico y científico, lo que lleva a Carlos III a nombrarlo secretario de Estado y del Despacho Universal de Indias, posición desde la cual lleva a cabo importantes mejoras en la España trasatlántica (América, Filipinas), y ello en todos los campos: hacienda, ejército, flota…

Durante el reinado de Carlos IV es ascendido a capitán general de la Armada, y recibe la que -entonces y aún ahora- es la condecoración más importante del planeta, la española Orden del Toisón de Oro, que unir a la incontable colección de preseas que iba colgando en su pechera el ilustre marino.

En 1792, en la recién creada ciudad de San Carlos, en Cádiz, funda el Museo Naval, con una finalidad más instructora que museística, dotado de una gran biblioteca y una importante colección de aperos navales, si bien es lo cierto que el museo por él concebido no abrirá sus puertas hasta 1843, durante el reinado de Isabel II, medio siglo más tarde por lo tanto.

En 1797 preside el consejo de guerra que había de juzgar a los jefes que tomaron parte en el desgraciado combate naval de San Vicente, aquél en el que empieza a gestarse la verdadera decadencia española, y no la que tantos autores negrolegendarios, -españoles y no españoles-, preconizan en fechas bien anteriores (1588, 1648, 1714), cada cual al nivel de su fervor negrolegendario y antiespañol.

Atosigado por las ampollas que levanta su excelente informe sobre el estado de la Armada, se retira temporalmente a su Burgos natal, de donde sale para incorporarse a la Guerra del Francés entre 1808 y 1814, en la que se ve elegido jefe de una de las dieciocho Juntas de Gobierno, la de León y Castilla, que se establecen para gobernar España en ausencia del Rey, secuestrado en Francia por Napoleón. Liberada Andalucía del invasor, se instala en el Puerto de Santa María, y en noviembre de 1813 retorna a Madrid, donde el re-entronizado Fernando VII lo repone en el Consejero de Estado, y donde a los 72 años de edad morirá el 4 de abril de 1816.

A lo largo de su fructífera carrera militar y política, Antonio Valdés participa intensamente en un proceso de la máxima importancia, el de la creación de la bandera rojigualda como emblema, primero, de la Marina Española, y luego de la patria común de todos, aunque esta segunda fase del proceso no le sea dado el verla a él.

Tradicionalmente representado el pabellón de los navíos españoles por diferentes enseñas blancas que malamente se distinguían en la mar, decide Carlos III dotar a su Marina de Guerra de una bandera que cumpliera con una imprescindible condición: la de ser fácilmente reconocible en la mar, para lo cual se impone como rasgo de enseña tal la de combinar los colores rojo y amarillo.

Será precisamente Antonio Valdés, a la sazón ministro de Marina, el encargado de presentar al Rey los doce modelos propuestos como enseña de la Armada, todos ellos con los colores ordenados, de entre los cuales, mediante decreto de 28 de mayo de 1785, elige el Rey su preferido, aquél «dividido a lo largo en tres listas, de las que la alta y la baja sean encarnadas, y del ancho cada una de la cuarta parte del total, y la de en medio amarilla», pendón que constituirá 58 años más tarde, por decreto de 13 de octubre de 1843 de la Reina Isabel II, la bandera nacional de España.

Y así lo será desde entonces hasta hoy de manera ininterrumpida, con la única excepción del período 1931-1939, (II República Española), en el que es reemplazada por la bandera tricolor, que a los colores rojo y amarillo añade el morado, algo que el General Vicente Rojo, comandante en jefe del Ejército Republicano durante la Guerra Civil Española, calificará como «uno de los motivos que estúpidamente dividen a los españoles, y que tiene su origen en la conducta mezquinamente partidaria de nuestros políticos».

Que hagan Vds. mucho bien y que no reciban menos.

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