Volver de las vacaciones puede provocar cansancio, tristeza, ansiedad, dificultad para concentrarse o alteraciones del sueño, pero no necesariamente significa que exista un problema psicológico. Isabel Peralta, catedrática de la Universidad de Granada y coordinadora de Bienestar y Salud Mental, explica que lo que popularmente se conoce como síndrome postvacacional puede entenderse, más bien, como un proceso normal de adaptación a un cambio de ritmo.

Con el inicio de las clases y la vuelta progresiva de muchas personas al trabajo y a sus rutinas después de las vacaciones de verano, recuperar los horarios y las obligaciones cotidianas puede generar cierto malestar. La clave, según la especialista, está en entender la vuelta a la rutina como una transición progresiva y no como una exigencia inmediata de volver a estar al cien por cien.
¿Qué es realmente el síndrome postvacacional?
Durante las vacaciones suele reducirse la exigencia laboral, familiar y social, mientras aumentan las actividades de ocio y aquellas que resultan placenteras. Al regresar a la vida cotidiana reaparecen la carga mental, las obligaciones y, en muchos casos, el trabajo acumulado.
Ese contraste puede generar una sensación de desajuste. No todas las personas lo experimentan de la misma manera ni con la misma intensidad, pero es habitual que durante los primeros días aparezcan cansancio, fatiga, dificultades para concentrarse, tristeza, ansiedad o cambios en el sueño.
Peralta matiza, sin embargo, la propia denominación de “síndrome postvacacional”. El término se utiliza de forma popular para describir el malestar asociado a la vuelta de vacaciones, pero no debe confundirse automáticamente con una enfermedad o un trastorno psicológico. De hecho, otras instituciones sanitarias y profesionales de la psicología también describen este fenómeno como una dificultad o proceso de adaptación, más que como un diagnóstico clínico.
Volver de vacaciones también implica adaptarse
Antes de plantear cómo afrontar esta transición, la catedrática de la UGR invita a ponerla en contexto. Sentir cierto malestar al regresar de las vacaciones significa también haber tenido la posibilidad de disfrutar de un periodo de descanso, algo que no todas las personas tienen.
Tomar conciencia de esta circunstancia puede ayudar a cambiar la perspectiva y, desde ahí, afrontar la vuelta con estrategias destinadas a reducir el malestar psicológico.
Una de las recomendaciones es hacer que el regreso sea progresivo. Siempre que sea posible, volver de vacaciones dos o tres días antes de reincorporarse al trabajo puede facilitar la recuperación de los horarios y los hábitos habituales.
También resulta importante evitar una autoexigencia excesiva durante los primeros días. Intentar resolver inmediatamente todo aquello que ha quedado pendiente puede aumentar la sensación de agobio y dificultar el proceso de adaptación.
La rutina también puede tener ocio
Una de las claves que plantea Isabel Peralta consiste en no establecer una oposición absoluta entre trabajo y malestar frente a vacaciones y felicidad. Regresar a la rutina no significa renunciar a todas las actividades agradables.
Durante el periodo laboral también hay espacio para el ocio y el disfrute. Dar un paseo, leer, ir al cine o quedar con amistades son actividades que pueden mantenerse durante todo el año y que ayudan a que el cambio entre vacaciones y vida cotidiana no sea tan brusco.
La idea es que la rutina no se convierta en una sucesión de obligaciones, sino que conserve espacios destinados al descanso, las relaciones sociales y aquellas actividades que generan bienestar.
Sueño, alimentación y ejercicio: recuperar hábitos sin convertirlos en una obligación
La recuperación de los hábitos cotidianos también desempeña un papel importante durante la vuelta de vacaciones. Cuidar el sueño, la alimentación, la actividad física y la organización diaria ayuda a recuperar una estructura que puede haberse alterado durante el periodo estival.
Pero Peralta introduce un matiz importante: esos hábitos deben funcionar como herramientas de bienestar, no como nuevas fuentes de presión.
La rutina, por tanto, debe ser flexible. El objetivo no consiste en cumplir de manera perfecta todos los hábitos desde el primer día, sino en recuperar progresivamente una organización que facilite el día a día.
Septiembre y el peligro de los objetivos de “todo o nada”
La vuelta de las vacaciones suele coincidir también con un momento de nuevos propósitos. Septiembre se convierte para muchas personas en una especie de segundo comienzo de año, con nuevos objetivos relacionados con el trabajo, los estudios, el ejercicio o la organización personal.
La recomendación de Peralta es que esos objetivos sean realistas y flexibles. El problema aparece cuando se plantean desde una lógica de “todo o nada”: no alcanzar una meta al cien por cien no significa haber fracasado.
Conseguir solamente una parte de un objetivo también puede ser un avance. Esta forma de entender los propósitos permite reducir la presión y evitar que los nuevos hábitos terminen convirtiéndose en otra fuente de malestar.
Los hábitos como “piloto automático”
En este contexto, los hábitos pueden funcionar como una especie de “piloto automático” que ayuda a organizar el día a día. Tener determinadas rutinas reduce la necesidad de tomar decisiones constantemente y proporciona una estructura sobre la que apoyarse.
Pero esa organización no debe convertirse en una nueva exigencia. Los hábitos deben servir como una guía flexible que facilite la vida cotidiana y contribuya a disminuir el malestar emocional, no como una lista de obligaciones que haya que cumplir de manera perfecta.
No hace falta volver de vacaciones estando al cien por cien
La vuelta a la rutina no tiene por qué producirse de un día para otro. Recuperar horarios, retomar hábitos, mantener espacios de ocio y plantearse objetivos realistas puede hacer más llevadera la transición entre las vacaciones y las obligaciones cotidianas.
Para quienes estos días sienten que les cuesta volver a arrancar, la catedrática de la Universidad de Granada lanza un mensaje especialmente relevante: hay que validar las emociones y entender que la adaptación necesita tiempo.
“No pasa nada si hay días en los que nos sentimos más tristes, más cansados o con menos ganas. No hace falta estar siempre al cien por cien, felices y comiéndonos el mundo. Hay días que estamos peor y también tenemos que permitirlo”, señala Isabel Peralta.
La vuelta de vacaciones, por tanto, no tiene por qué convertirse en una carrera para recuperar inmediatamente el ritmo perdido. Adaptarse también forma parte de la vuelta a la rutina.













