Durante siglos, cuando la sequía amenazaba las cosechas y la supervivencia de las comunidades, la respuesta era mirar al cielo y pedir ayuda. Las rogativas para la lluvia han formado parte de la historia de numerosos pueblos durante generaciones, pero ¿por qué tantas personas llegaron a creer que realmente funcionaban? Una investigación internacional liderada por Salvador Gil-Guirado, profesor de Geografía de la Universidad de Murcia (UMU), junto con investigadores del Departamento de Economía de Yale, ofrece ahora una explicación basada en la estadística, la climatología y el comportamiento humano.

El estudio, publicado en The Quarterly Journal of Economics, muestra cómo los patrones climáticos locales pudieron influir en la percepción de eficacia de estos rituales y favorecer que las creencias se mantuvieran durante siglos. Lejos de demostrar que las rogativas provocaban la lluvia, la investigación explica por qué muchas personas podían llegar a interpretarlo así.
Cuando la lluvia llega justo después del ritual
El trabajo combina conocimientos de geografía, economía, climatología, antropología e historia para analizar un fenómeno que ha acompañado a numerosas sociedades desde hace siglos.
La investigación parte de un concepto estadístico conocido como tasa de riesgo de lluvia, que mide la probabilidad de que llueva en un momento determinado según el tiempo transcurrido desde la última precipitación. Esa probabilidad no evoluciona igual en todos los territorios: puede mantenerse estable, disminuir o incluso aumentar conforme se prolonga un periodo de sequía.
En regiones como Murcia, ocurre precisamente este último fenómeno. A medida que la sequía se alarga, también aumenta la probabilidad de que finalmente llegue la lluvia. Como las rogativas comenzaban cuando la falta de agua era ya preocupante y continuaban hasta que aparecían las primeras precipitaciones, era relativamente frecuente que la lluvia terminara llegando poco después del inicio del ritual.
Esa coincidencia temporal podía reforzar la percepción de que la plegaria había sido efectiva, aunque la lluvia se hubiera producido igualmente por la evolución natural del clima. Según los investigadores, este mecanismo ayuda a entender cómo las personas pueden construir una relación de causa y efecto a partir de una simple coincidencia estadística.
Murcia, un laboratorio excepcional para estudiar las sequías históricas
Para comprobar esta hipótesis, el equipo analizó dos series documentales independientes correspondientes al periodo comprendido entre 1600 y 1836. Por un lado, estudiaron los registros eclesiásticos que documentaban la celebración de rogativas y, por otro, los registros municipales sobre precipitaciones.
Los resultados revelan que haber celebrado una rogativa durante el mes anterior se asociaba con un incremento del 71 % en la probabilidad diaria de registrar una lluvia relevante.
Los autores subrayan que esta relación no significa que el ritual produjera la lluvia, sino que las rogativas tendían a celebrarse precisamente cuando la sequía alcanzaba una duración suficiente para que las precipitaciones fueran estadísticamente más probables. Las personas observaban que la lluvia llegaba después del ritual, pero no podían saber qué habría ocurrido si este no se hubiera celebrado.
Un patrón que también aparece en otras partes del mundo
Los investigadores comprobaron además que este comportamiento no era exclusivo de Murcia. Para ello revisaron 370 fuentes antropológicas con las que construyeron una base de datos de 1.208 grupos étnicos distribuidos por todo el planeta. El análisis revela que las sociedades asentadas en regiones donde la probabilidad de lluvia aumenta durante las sequías prolongadas son un 47 % más propensas a practicar rituales de lluvia que aquellas donde esa probabilidad permanece estable.
El estudio también concluye que la dependencia de la agricultura intensiva incrementa la necesidad de estos rituales, ya que la disponibilidad de agua se convierte en un elemento esencial para la supervivencia económica y la cohesión social.
La geografía también moldea las creencias
«El medio geográfico no solo condiciona nuestra economía o nuestras formas de subsistencia; también condiciona la información que recibimos y la manera en que interpretamos la realidad. Este trabajo muestra cómo el entorno natural influye en la formación de tradiciones y creencias, validando prácticas que parecen funcionar simplemente porque coinciden con los ritmos de la naturaleza», destaca Salvador Gil-Guirado, profesor de la Universidad de Murcia.
Más allá de explicar la persistencia de las rogativas para la lluvia, la investigación aporta una nueva perspectiva sobre cómo nacen y se mantienen determinadas creencias capaces de influir en las decisiones individuales, el apoyo a las autoridades o la evolución de las instituciones.
El trabajo pone además de relieve la contribución de la Geografía a un debate central en disciplinas como la economía, la antropología y la sociología: hasta qué punto las diferencias culturales y de desarrollo dependen exclusivamente de las instituciones o también del entorno físico en el que se desarrollan.
Los resultados apuntan a una conclusión tan sencilla como profunda: el clima no solo condiciona el paisaje o la agricultura; también puede influir en la forma en que las sociedades interpretan el mundo y construyen sus creencias.













