Entre 1997 y 2022 murieron en Colombia 1.539 personas por mesotelioma, un tipo de cáncer altamente agresivo asociado directamente con la exposición al asbesto, el cual afecta la delgada capa de tejido que recubre órganos internos como los pulmones, el abdomen, el corazón o los testículos. A pesar de que en 2019 se prohibió en el país el uso de este material, mediante la Ley 1968, los efectos de décadas de exposición aún persisten.

Una nueva investigación, realizada por una integrante del Grupo de Epidemiología y Evaluación en Salud Pública de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) y miembros de la Fundación Colombia Libre de Asbesto, analizó las tendencias epidemiológicas de este tipo de mortalidad y dejó al descubierto fallas críticas en el diagnóstico, la vigilancia y la respuesta institucional frente a esta amenaza para la salud pública.
A partir del cruce de certificados de defunción registrados por el DANE y la Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE-11) —codificada por la Organización Mundial de la Salud (OMS)— se evidenció un incremento sostenido del 5 % anual en la mortalidad por mesotelioma entre 1997 y 2017, seguido por una leve disminución del 4 % hasta 2022.
Según los resultados, 29 de los 32 departamentos de Colombia reportaron al menos una muerte por mesotelioma durante los 26 años analizados. Con 666 muertes, Bogotá concentró el 43 % de los casos, seguida por municipios como Sibaté, Soacha, Medellín y Cartagena, todos con antecedentes de uso intensivo de asbesto en industrias, viviendas o acueductos.
La investigadora Luisa Fernanda Moyano Ariza asegura que esta concentración se relaciona con la presencia histórica de materiales contaminados y con la alta densidad poblacional expuesta. «En Colombia la relación entre hombres y mujeres fallecidos fue de 2 a 1, a diferencia de países como el Reino Unido, en donde la proporción es de 3 a 1, lo que evidencia una mayor exposición paraocupacional en el entorno doméstico colombiano».
Diagnósticos imprecisos y registros incompletos agravan la crisis
Según la experta, uno de los hallazgos más preocupantes del estudio es el diagnóstico tardío del mesotelioma. Entre el momento en que se detecta la enfermedad y la muerte del paciente suelen pasar 1 ó 2 años en promedio. El estudio muestra que una persona puede haber estado expuesta en su juventud y manifestar síntomas 30 o 40 años después.
Por edades, el 62 % de los casos se presentó en mayores de 60 años, el 28,3 % en adultos entre los 45 y 59 años, y también se registraron muertes en menores de 45 años, lo que indica exposiciones recientes o prolongadas a lo largo de la vida. La falta de tecnologías adecuadas para detectarlo a tiempo y la avanzada progresión al momento del diagnóstico dificultan cualquier posibilidad de tratamiento efectivo.
«A veces el cáncer por mesotelioma está tan avanzado que ni siquiera es posible identificar el órgano donde empezó. Esa falta de precisión impide tratarlo a tiempo y deja muchos casos sin claridad clínica», añade la investigadora.
Teniendo en cuenta los resultados, el 61,3 % de los casos registrados en Colombia fueron clasificados como de «sitio no especificado», es decir que no se logró determinar en qué órgano se originó el cáncer. En el mundo, el mesotelioma pleural —es decir en la pleura, la membrana que recubre los pulmones— es el más común, pero en Colombia los métodos diagnósticos impiden identificar siquiera ese nivel básico de información clínica.
Además de los certificados de defunción, los investigadores cruzaron información con bases del sistema de salud, como el Sistema Integral de Información de la Protección Social (Sispro) y los registros de atención en hospitales, para entender cuántos casos se habían diagnosticado y seguido clínicamente.
Dicho análisis permitió reconocer que el 23 % de las personas fallecidas por mesotelioma (356 casos) se dedicaban a labores del hogar, especialmente mujeres, seguidas por pensionados y trabajadores manuales como obreros, albañiles, operarios y personal de aseo, oficios en su mayoría informales y de alto riesgo, históricamente ligados a la exposición directa al asbesto.
«El asbesto no solo enfermó a quienes lo manipulaban, sino que también causó la muerte de quienes lavaban su ropa. Muchas amas de casa estuvieron expuestas sin saberlo, y años después desarrollaron el cáncer», subrayó la experta. El 39,8 % de los registros (612 casos) no contaban con información sobre la ocupación del fallecido, lo que, según los investigadores, limita aún más el entendimiento de esta enfermedad y su origen laboral o ambiental.

Radiografía de una enfermedad silenciada por décadas
Aunque Colombia prohibió el uso del asbesto en 2019, su presencia en techos, paredes, tanques y estructuras construidas en décadas pasadas sigue siendo una amenaza. Además de prohibir su uso a partir de 2021, la Ley 1968 obliga al Estado a diseñar en 5 años una estrategia para reemplazar el material instalado, de manera segura. Según los expertos, su implementación ha sido lenta, desarticulada y sin presupuesto suficiente.
«Aunque la Ley existe, no se está aplicando como se debería. La vigilancia activa, la caracterización de las personas expuestas, la articulación entre los sectores salud y trabajo, y la inversión en diagnósticos oportunos son tareas pendientes que requieren atención urgente», precisó la investigadora Moyano.
En otros países que han enfrentado este problema se han desarrollado estrategias de desmonte seguro del material y de sustitución por compuestos menos peligrosos. Algunas de las alternativas son las tejas de fibrocemento reforzadas con fibras vegetales, el microconcreto y las láminas metálicas galvanizadas que, según el Secretaría Internacional para la Prohibición del Asbesto (IBAS), podrían reemplazar este material.
El estudio concluye que el mesotelioma es solo la punta visible de un problema más profundo. Detrás de cada caso hay una historia de exposición prolongada, desinformación y abandono institucional. Mientras no se intervengan los factores estructurales que impiden prevenir, diagnosticar y atender esta enfermedad, la prohibición legal seguirá siendo simbólica.
«Tenemos que dejar de contar muertos y empezar a hacerles seguimiento a los vivos. Hay millones de personas que aún podrían desarrollar esta enfermedad en los próximos años si no actuamos a tiempo», concluyó la investigadora.













