Los enfermos de párkinson, alzhéimer o depresión tienen una microbiota intestinal distinta a la de personas sanas

El intestino y el cerebro se comunican permanentemente a través de señales nerviosas y de compuestos producidos por las bacterias intestinales, como los aminoácidos y otras moléculas derivadas de la digestión de los alimentos.

Investigaciones realizadas en pacientes colombianos han encontrado que la composición de la microbiota del intestino cambia en personas con enfermedades como párkinson, alzhéimer, depresión y deterioro cognitivo leve, lo que sugiere que estos microorganismos influirían en el funcionamiento del cerebro y la salud mental.

Dicha comunicación se realiza mediante el llamado eje intestino-cerebro, una conexión mediada principalmente por el nervio vago, que se extiende desde el cerebro hasta órganos del tórax y el abdomen como el estómago y el intestino, y permite la interacción entre el sistema nervioso y la microbiota intestinal, conformada por bacterias, hongos y virus, entre otros microorganismos. Este sistema participa en procesos como la memoria, las emociones, el estado de ánimo, la respuesta al estrés, la inflamación y la producción de neurotransmisores, lo que explica por qué la salud intestinal puede influir en el funcionamiento del cerebro.

“En pacientes colombianos con enfermedades neurodegenerativas (en las que el cerebro va perdiendo sus funciones) se han identificado composiciones particulares de microbiota intestinal diferentes a las de personas sanas, no tanto por la presencia de bacterias distintas sino por la abundancia de ciertos microorganismos y los compuestos que producen”; así lo afirma el profesor Andrés Mauricio Pinzón Velasco, del Laboratorio de Bioinformática y Biología de Sistemas del Instituto de Genética (IGUN) de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL).

Por ejemplo, en estudios sobre párkinson los investigadores han encontrado que algunos pacientes tienen mayor cantidad de bacterias asociadas con la producción de algunas sustancias generadas durante la digestión y el procesamiento de los alimentos, además de menor presencia de los microorganismos que producen los aminoácidos necesarios para que el organismo pueda fabricar neurotransmisores.

“Estas diferencias influirían en procesos del sistema nervioso, aunque todavía se trata de hipótesis que se deben seguir investigando”, anota el experto.

Para comprender estas relaciones, en el Laboratorio se compara la microbiota intestinal de pacientes y personas sanas y utiliza modelos computacionales desarrollados por el propio grupo de investigación para simular cómo interactúan cientos o miles de bacterias dentro del intestino. Estas simulaciones permiten identificar qué microorganismos compiten por nutrientes, cuáles se complementan y cómo cambian esas interacciones en presencia de enfermedad.

Estos análisis abrirían la puerta a estrategias personalizadas tanto para mejorar la salud intestinal como para apoyar eventualmente el manejo de algunas enfermedades. Dichas estrategias incluyen cambios en la alimentación, el uso de probióticos o prebióticos específicos y otras intervenciones orientadas a favorecer bacterias beneficiosas.

Un ecosistema que cambia con la vida

“La microbiota intestinal es un sistema dinámico que se puede modificar a lo largo de la vida. En su composición influyen factores como el tipo de nacimiento, la alimentación, el uso de antibióticos, el ejercicio y el estilo de vida. Los seres humanos conviven con millones de bacterias en distintas partes del cuerpo, y muchas de ellas son indispensables para la salud”, explica el profesor Pinzón.

Por ejemplo las personas nacidas por parto vaginal suelen presentar mayor diversidad bacteriana que quienes nacen por cesárea, debido al contacto inicial del feto con la microbiota materna durante el nacimiento. Aunque esa es una de las primeras fuentes de diversidad bacteriana, la microbiota se puede transformar con el tiempo.

La alimentación también desempeña un papel central. Dietas ricas en fibra, frutas, verduras y alimentos fermentados favorecen la diversidad bacteriana, mientras que el consumo frecuente de ultraprocesados, alcohol o antibióticos puede alterarla. Además, algunas bacterias intestinales producen sustancias que pueden afectar la permeabilidad del intestino y permitir el paso de compuestos a la sangre, lo que influiría en distintos procesos de salud.

Con respecto a los alimentos fermentados –tanto los tradicionales (chicha, guarapo o masato) como los procesados (yogur o kéfir)–, el profesor anota que pueden contribuir a fortalecer la microbiota intestinal, especialmente cuando se consumen sin exceso de azúcar. Otros alimentos de consumo cotidiano, como la yuca, también pueden favorecer el crecimiento de bacterias beneficiosas.

Comprender la relación entre las bacterias intestinales y el cerebro ayudaría a explicar mejor cómo los factores biológicos, ambientales y de estilo de vida influyen en la salud mental y neurológica, y abrir nuevas posibilidades de investigación en medicina y neurociencia.

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