Los bancos de semillas, clave para frenar la pérdida del 75% de la diversidad de los cultivos

Las semillas sostienen la alimentación, la salud y la biodiversidad del planeta, pero también atraviesan uno de los momentos más delicados de su historia. Según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), desde comienzos del siglo XX se ha perdido alrededor del 75% de la diversidad de las plantas cultivadas, un proceso que amenaza la seguridad alimentaria y reduce la capacidad de adaptación de la agricultura frente al cambio climático.

El Centro de Recursos Fitogenéticos, del INIA-CSIC, es el banco de semillas de referencia en España y uno de los más importantes de Europa con miles de semillas de unas 1.500 especies. / Cristina Nieto.

Esta situación centra buena parte del libro Las semillas, publicado en la colección ¿Qué sabemos de? (CSIC-Catarata), en el que las investigadoras del Centro de Recursos Fitogenéticos del INIA-CSIC Marta García-Díaz, Cristina Nieto y Marina Palancar explican por qué conservar la diversidad genética es una cuestión estratégica para el futuro.

«La agrobiodiversidad atraviesa un momento crítico, por eso es importante mostrar el papel indispensable que representan las semillas en nuestra vida cotidiana», afirman las autoras.

La importancia de conservar las semillas para garantizar la seguridad alimentaria

Las tres investigadoras parten de una idea que suele pasar desapercibida debido a la denominada «ceguera vegetal»: «las semillas pueden germinar y crecer sin la ayuda del ser humano, pero nosotros difícilmente podríamos sobrevivir sin ellas».

El libro muestra cómo estas estructuras vegetales son capaces de permanecer inactivas durante décadas, e incluso siglos, antes de germinar, explica los mecanismos que les permiten sobrevivir en ambientes extremos y repasa la historia de especies como el trigo, el maíz o el guisante, fundamentales para la agricultura y para algunos de los mayores avances científicos.

«Al conservar la diversidad genética contenida en las semillas podemos regenerar ecosistemas, alimentar y curar a personas y animales, y asegurar nuestra supervivencia en el planeta», resaltan las expertas.

La sorprendente diversidad de las semillas

Las semillas presentan una enorme variedad de formas, tamaños y estrategias de dispersión, resultado de millones de años de evolución.

Las que utilizan a aves y mamíferos para desplazarse suelen ser esféricas u ovoides, lo que facilita que atraviesen intactas el aparato digestivo de los animales y sean depositadas lejos de la planta madre. En cambio, las que viajan por el agua acostumbran a ser más ligeras y disponen de tejidos esponjosos o bolsas de aire que les permiten flotar durante largas distancias.

También existe una enorme diferencia de tamaño. Las semillas de las orquídeas son tan diminutas que pueden desplazarse con el viento como si fueran polvo, mientras que el coco de mar, procedente de una palmera de las Seychelles, puede alcanzar los 20 kilogramos, convirtiéndose en una de las semillas más grandes del mundo. En cultivos mucho más conocidos, frutos como el aguacate o el mango también albergan semillas de gran tamaño.

Cómo nacieron los bancos de semillas

Durante siglos, los agricultores conservaron parte de cada cosecha para asegurar la siguiente siembra. Sin embargo, la llegada de la agricultura intensiva provocó el abandono de miles de variedades locales en favor de un número reducido de variedades comerciales más productivas.

El gran impulsor de la conservación moderna fue el agrónomo ruso Nikolái Vavílov, considerado el fundador del primer banco de germoplasma.

«En la década de 1920, el ingeniero agrónomo ruso comprendió la importancia crucial de conservar las semillas y fundó en Leningrado lo que se considera el primer banco de germoplasma», explican las autoras.

Vavílov recorrió numerosos países recopilando variedades agrícolas para preservar la mayor diversidad genética posible. En 1927 visitó España y Portugal en busca de variedades tradicionales de escanda, un antiguo tipo de trigo.

Actualmente existen más de 1.700 bancos de semillas repartidos por todo el mundo, creados para proteger un patrimonio genético imprescindible para el futuro de la agricultura.

El mayor banco de semillas de España está en el INIA-CSIC

El principal banco de semillas español se encuentra en el Centro de Recursos Fitogenéticos (CRF) del INIA-CSIC, donde se conservan variedades tradicionales, especies silvestres emparentadas con cultivos agrícolas y variedades comerciales ya desaparecidas que siguen teniendo un enorme valor para la investigación y la mejora vegetal.

El proceso de conservación comienza con la documentación completa del origen de cada muestra, continúa con controles de calidad, limpieza y secado y finaliza con su almacenamiento en cámaras especialmente diseñadas para garantizar su viabilidad durante décadas.

Las semillas destinadas al uso más frecuente se mantienen en cámaras a –4 ºC, mientras que las colecciones de larga duración permanecen a –18 ºC dentro de recipientes de aluminio herméticos que las protegen de la humedad, la luz y los gases.

Svalbard, la gran copia de seguridad de las semillas del planeta

La mayor garantía frente a una posible pérdida de colecciones se encuentra en el Banco Mundial de Semillas de Svalbard, situado en una isla del Ártico, a unos 1.300 kilómetros del Polo Norte.

Conocida como la Bóveda del Fin del Mundo, esta instalación inaugurada en 2008 funciona como una enorme copia de seguridad de los bancos de semillas del planeta. Construida en el interior de una montaña y protegida por el permafrost, está preparada para soportar terremotos, inundaciones, conflictos bélicos o los efectos del aumento del nivel del mar.

Desde 2022, el INIA-CSIC ha enviado cientos de muestras de especies vegetales españolas a esta infraestructura con el objetivo de que una parte significativa de las colecciones nacionales disponga de una segunda copia de seguridad.

El pasado 20 de mayo, el Banco Mundial de Semillas de Svalbard recibió el Premio Princesa de Asturias de Cooperación Internacional, un reconocimiento que pone de relieve el valor estratégico de la conservación de la diversidad genética.

«Este galardón reconoce la relevancia científica de la instalación, pero sobre todo tiene un valor simbólico porque, por una vez, los países han pasado por alto conflictos y desacuerdos para construir algo en común que garantice la seguridad alimentaria de las generaciones futuras», destaca Cristina Nieto.