Para los pacientes con anemia congénita, recibir transfusiones de sangre cada dos o tres semanas forma parte de su vida cotidiana. Esta enfermedad rara impide al organismo producir suficientes glóbulos rojos o hace que estos se destruyan antes de tiempo, lo que obliga a recurrir de forma periódica a las transfusiones.
Ahora, un equipo del Instituto Murciano de Investigación Biosanitaria (IMIB), liderado por Ana Belén Pérez Oliva, busca nuevas vías para tratar esta enfermedad y reducir en el futuro la dependencia de las transfusiones. La investigación, financiada por la Fundación Séneca de la Región de Murcia, ha puesto el foco en NLRP1, una proteína relacionada con la inflamación que también interviene en la formación de los glóbulos rojos.
Los resultados todavía están lejos de convertirse en un tratamiento para los pacientes. Los investigadores trabajan actualmente con cultivos celulares y material biológico procedente de personas con anemia congénita. Sin embargo, el estudio puede ayudar a identificar nuevas dianas terapéuticas sobre las que desarrollar futuros medicamentos.
Una enfermedad que obliga a recibir transfusiones cada dos o tres semanas
A diferencia de la anemia más común, la anemia congénita no se debe a una falta de hierro. Por ello, tomar suplementos de este mineral no permite corregir el problema. En estos pacientes existe un desorden genético que altera la producción de eritrocitos, los glóbulos rojos. «ya sea porque se destruyen de forma prematura o porque no hay una producción suficiente en la médula ósea», explica Ana Belén Pérez Oliva.
La consecuencia es una dependencia de las transfusiones periódicas, que deben realizarse aproximadamente cada dos o tres semanas. A largo plazo, esta situación afecta de manera importante a la calidad de vida de los pacientes y puede provocar diferentes complicaciones, entre ellas fatiga crónica, trastornos hepáticos, problemas respiratorios y retrasos en el crecimiento.
El trasplante de médula ósea es actualmente la principal alternativa con potencial curativo, pero solo una parte de los pacientes puede acceder a él debido a las dificultades para encontrar un donante compatible.
En los últimos años también se han desarrollado terapias génicas que han ofrecido resultados esperanzadores en determinados tipos de anemia congénita. Sin embargo, su elevado coste, cercano a los dos millones de euros por paciente en algunos tratamientos, supone una importante barrera para su implantación generalizada. «Nosotros buscamos vías alternativas», afirma la investigadora del IMIB.
El IMIB busca nuevas vías para tratar la anemia congénita
El equipo de Ana Belén Pérez Oliva desarrolla varias líneas de investigación con un objetivo común: comprender qué mecanismos biológicos están detrás de la alteración de la producción de glóbulos rojos y encontrar puntos sobre los que intervenir. Una de estas líneas, financiada con fondos europeos, estudia el uso de micropartículas para prolongar el tiempo entre transfusiones.
La investigación financiada por la Fundación Séneca tiene un carácter más exploratorio. Su propósito es identificar de manera precisa los elementos biológicos que participan en la enfermedad y determinar cuáles podrían modificarse para evitar la destrucción prematura de los glóbulos rojos o favorecer su producción. En este trabajo, el equipo del IMIB ha centrado su atención en NLRP1.
NLRP1, una proteína que puede abrir una nueva vía terapéutica
NLRP1 es un regulador que actúa como sensor de un complejo multiproteico conocido como inflamasoma, relacionado con la activación de la respuesta inflamatoria del organismo.
La investigación más reciente ha permitido descubrir que esta proteína también participa en la eritropoyesis, el proceso mediante el cual se forman los glóbulos rojos, y en el funcionamiento de la médula ósea.
Este descubrimiento abre una posibilidad de investigación: si se consigue comprender cómo interviene NLRP1 en la producción de eritrocitos, podría ser posible encontrar una forma de modificar su actividad y recuperar, al menos parcialmente, la capacidad del organismo para producir glóbulos rojos.

Para estudiar este mecanismo, los investigadores recurren a análisis proteómicos. Estas técnicas permiten conocer qué proteínas están presentes en las células, dónde actúan y con qué otras moléculas interactúan. «En los análisis proteómicos que realizamos encontramos dos proteínas clave que podrían modificar el receptor NLRP1», afirma Ana Belén Pérez.
El siguiente objetivo consiste en determinar cómo funcionan esas interacciones y si pueden convertirse en una nueva diana para futuras estrategias farmacológicas.
La hipótesis del equipo es que intervenir sobre este mecanismo podría permitir «apagar» el receptor NLRP1 y favorecer la recuperación de la producción normal de glóbulos rojos en pacientes con anemia congénita.
Células de pacientes para estudiar la enfermedad
La investigación no se limita a modelos celulares de laboratorio. El equipo también trabaja con células procedentes de pacientes, facilitadas por el Servicio de Hematología del Hospital Universitario Virgen de la Arrixaca, de Murcia, dirigido por Vanessa Roldán.
El proyecto incorpora además estudios genéticos destinados a determinar si, junto a la mutación responsable de la anemia congénita, existen otras alteraciones genéticas que puedan influir en la evolución de la enfermedad. Esta información puede resultar clave para comprender por qué la enfermedad se manifiesta de una determinada manera en cada paciente y para identificar nuevos genes relacionados con sus mecanismos biológicos.
El trabajo combina así diferentes aproximaciones: estudios celulares, análisis proteómicos y estudios genéticos. El objetivo final es construir un mapa cada vez más completo de los procesos que intervienen en la anemia congénita.

Un tratamiento todavía lejano
Pese a los resultados obtenidos hasta ahora, Ana Belén Pérez Oliva evita generar expectativas sobre una posible aplicación inmediata de la investigación.
El trabajo se encuentra todavía en una fase experimental y los resultados no se han traducido en un medicamento que pueda administrarse a los pacientes. Antes sería necesario confirmar los mecanismos identificados, demostrar que pueden modificarse de manera segura y eficaz y superar las diferentes fases de investigación necesarias para desarrollar un tratamiento.
Pero conocer mejor el origen molecular de la enfermedad constituye un paso necesario para conseguirlo. «Ahora tratamos de entender cómo se comporta este mecanismo y de encontrar posibles genes asociados a los que ya se conocen en las anemias congénitas para abrir un nuevo campo de estudio», añade.
La investigación es fruto de un trabajo multidisciplinar en el que participan facultativos, genetistas y especialistas en ciencia básica. La colaboración entre estas áreas permitirá avanzar en la elaboración de un mapa de los componentes biológicos implicados en la anemia congénita.
Ese conocimiento puede convertirse, a medio y largo plazo, en la base para desarrollar nuevas estrategias terapéuticas capaces de reducir la dependencia de las transfusiones de sangre que condicionan la vida de estos pacientes.













