El proyecto Panamá: cuando una máquina necesita los libros para dejar de necesitarlos

Por José Luis Verdegay. Profesor Emérito del Departamento de Ciencias de la Computación e Inteligencia Artificial. E.T.S. de Ingenierías Informática y de Telecomunicación de la Universidad de Granada

Hay historias que parecen inventadas hasta que uno descubre que están en los documentos de un tribunal. La del proyecto Panamá es una de ellas.

A comienzos de 2024, Anthropic, una de las grandes empresas de inteligencia artificial (IA) y creadora de Claude, puso en marcha una operación tan llamativa que parece salida de una novela de ciencia ficción: comprar millones de libros, desmontarlos, escanearlos y convertirlos en datos para entrenar sus modelos de IA. Una vez extraído el contenido, logrado el objetivo que se perseguía, los ejemplares podían acabar en el reciclaje.

No es una leyenda urbana ni una historia nacida en las redes sociales. El proyecto aparece en la documentación judicial de un litigio entre autores estadounidenses y Anthropic por el uso de sus obras. Una investigación de The Washington Post, basada en más de 4.000 páginas del expediente, reconstruyó en enero de 2026 los detalles de la operación. The Washington Post, «Inside an AI start-up’s plan to scan and dispose of millions of books«.

Torre de libros en la biblioteca de Teatinos de la Universidad de Málaga.

Uno de los documentos internos resulta especialmente revelador. Describe el proyecto Panamá como el esfuerzo de «escanear destructivamente todos los libros del mundo» y deja constancia, además, del interés de la empresa por mantener la operación fuera del conocimiento público. La frase es contundente, pero la historia no necesita adornos: basta con seguir su lógica.

Para entrenar modelos de IA hacen falta cantidades ingentes de texto. Y los libros ofrecen algo que buena parte de Internet no puede proporcionar con la misma facilidad: textos extensos, estructurados, coherentes y, en muchos casos, sometidos a procesos de edición y revisión. El problema era conseguirlos a una escala acorde con las necesidades de una máquina que aspira a aprender de todo el conocimiento disponible.

La solución fue comprar millones de ejemplares, muchos de ellos de segunda mano, a grandes distribuidores. Pero ahí estaba la clave de toda la operación: los libros no eran realmente el objetivo. Lo que interesaba era su contenido. Los ejemplares eran enviados a instalaciones especializadas, donde máquinas industriales separaban las páginas de la encuadernación. Las hojas se escaneaban y, una vez convertido el texto en información digital, el soporte físico podía ser reciclado.

Comprar. Cortar. Escanear. Reciclar.

La secuencia resume como pocas la transformación que está produciendo la IA. Hasta ahora hemos tendido a considerar un libro como una unidad inseparable de objeto y conocimiento. Tiene un texto, pero también una edición, una fecha, una traducción, unas anotaciones, una procedencia. Vive en una biblioteca, pasa de unas manos a otras y forma parte de una historia cultural. Para una máquina, en cambio, una vez digitalizado el contenido, el objeto físico puede convertirse en algo prescindible por inútil.

Conviene, eso sí, poner las cifras en su sitio. Se sabe que se compraron millones de libros y que uno de los proveedores debía estar preparado para procesar entre 500.000 y dos millones de ejemplares en seis meses. Pero esa cifra era una previsión de capacidad, no una confirmación de que finalmente se escanearan dos millones. El número definitivo no se conoce públicamente. Lo que sí consta es que la operación implicó decenas de millones de dólares en la adquisición de libros. The Washington Post, reconstrucción de Project Panama.

Hay otro detalle significativo. Para dirigir esta estrategia se incorporó a un ejecutivo con experiencia en uno de los grandes proyectos de digitalización de libros desarrollados en Internet. La elección tiene sentido: el problema ya no era inventar una tecnología para convertir libros en datos, sino llevar esa idea hasta una escala industrial. El objetivo era, en definitiva, poner el conocimiento acumulado durante siglos al alcance de los modelos de IA.

Pero la historia tiene otra dimensión, bastante menos pintoresca y mucho más importante. Antes de comprar libros físicos, la empresa había obtenido millones de copias digitales procedentes de las llamadas shadow libraries, repositorios que distribuyen libros sin autorización de sus titulares. Según una resolución judicial de junio de 2025, se descargaron al menos cinco millones de copias de Library Genesis y otros dos millones de Pirate Library Mirror. Más de siete millones de copias en total. El expediente oficial puede consultarse en el repositorio GovInfo del Gobierno de Estados Unidos.

Aquí aparece una distinción jurídica decisiva. Una cosa es utilizar obras protegidas por derechos de autor para entrenar un modelo y otra muy distinta obtener ilegalmente las copias utilizadas para hacerlo. En junio de 2025, el juez consideró que el entrenamiento podía constituir un uso transformativo protegido por el fair use estadounidense, pero dejó claro que esa conclusión no legitimaba la adquisición de copias pirateadas. Dicho de forma sencilla: que una obra pueda utilizarse legalmente de una determinada manera no significa que pueda conseguirse de cualquier manera.

La diferencia acabó teniendo un precio extraordinario. En julio de 2026, un tribunal federal aprobó un acuerdo de 1.500 millones de dólares entre Anthropic y los autores incluidos en el litigio, una cantidad que Reuters calificó como el mayor acuerdo conocido de este tipo en Estados Unidos. Reuters, 20 de julio de 2026.

Pero tampoco aquí deben mezclarse las cifras. Los 1.500 millones de dólares no fueron el coste del proyecto Panamá. Una cosa son las decenas de millones destinadas a comprar libros físicos y otra muy distinta la indemnización acordada por el litigio relacionado con las copias obtenidas ilegalmente. Son dos capítulos diferentes de una misma historia.

Y precisamente ahí es donde el proyecto Panamá deja de ser una curiosidad sobre una empresa tecnológica y empieza a plantear una cuestión mucho más profunda. Durante siglos, el libro ha sido al mismo tiempo soporte y conocimiento. No sólo contiene información: la conserva, la organiza, la contextualiza y la transmite. Una biblioteca tampoco es un simple almacén de datos. Es una forma de preservar la memoria intelectual de una sociedad.

Panamá introduce una lógica diferente. El libro es el soporte; el producto verdaderamente valioso es la información. Una vez extraída, el soporte puede dejar de tener utilidad para quien ha realizado la operación. Es una idea sencilla, pero sus consecuencias pueden ser enormes, porque convertir el patrimonio intelectual en datos no significa simplemente cambiar de formato. Significa cambiar la relación entre conocimiento, memoria y acceso.

La paradoja resulta extraordinaria: una máquina necesita millones de libros para aprender de nosotros, pero una vez que los ha leído puede dejar de necesitarlos. Necesita nuestros libros para construir una representación del conocimiento humano; después, para funcionar, puede necesitar únicamente los datos que ha extraído de ellos.

Por eso, lo verdaderamente inquietante del proyecto Panamá no es que un libro pueda ser cortado y reciclado después de haber sido digitalizado. Lo inquietante es la lógica que hay detrás. Si una parte cada vez mayor de nuestro patrimonio intelectual puede convertirse en datos destinados a alimentar sistemas privados de IA, la cuestión fundamental ya no será quién posee los libros, sino quién controla el conocimiento que se ha extraído de ellos, cómo se conserva, cómo se interpreta y quién puede acceder a él.

Y entonces aparece una pregunta todavía más incómoda. Si una máquina puede procesar en segundos millones de libros que ningún ser humano podría leer en toda una vida, ¿qué lugar queda para las instituciones que durante siglos han tenido precisamente la misión de conservarlos, estudiarlos, enseñarlos y transmitirlos? La pregunta ya no se refiere sólo al futuro del libro. Tampoco únicamente al de las bibliotecas. Apunta directamente a la universidad.

El proyecto Panamá quizá no anuncie el final de los libros, de las bibliotecas ni de la universidad. Pero sí puede estar señalando el comienzo de algo mucho más profundo: una época en la que el conocimiento humano deja de tener como destinatario exclusivo al ser humano. Y esa es, mucho más que la cantidad de libros comprados, escaneados o reciclados, la verdadera historia que cuenta el proyecto Panamá que, además, tiene una segunda derivada negativa, porque si nos faltan los libros, la historia nos la escribirán las máquinas.

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