De todas las historias de la Historia…

Artículo de José Luis Verdegay. Profesor Emérito de la Universidad de Granada. Dr. Honoris Causa de la Universidad Central de las Villas (Cuba). Miembro Correspondiente de la Academia de Ciencias de Cuba

Hace 20 años sufrí la censura académica por colaborar con Cuba. Hoy el bloqueo persiste, pero la cooperación y la ética ganan a la fuerza.

Las primeras estrofas del célebre poema de Jaime Gil de Biedma dicen así: «De todas las historias de la Historia, la más triste sin duda es la de España, porque termina mal». No estoy tan seguro de que esto siga siendo cierto.

Viajé por primera vez a Cuba en 1996, como representante de la Universidad de Granada en un programa de cooperación académica de la Unión Europea. La imagen que yo tenía de aquel país —ingenua, incompleta y sentimental— se derrumbó pocas horas después de llegar y comenzar a intercambiar opiniones y experiencias con nuestros anfitriones en el Instituto Superior Politécnico José Antonio Echeverría en La Habana. Empezamos a trabajar codo con codo con un formidable equipo de colegas cubanos, de quienes aprendíamos tanto como ellos de nosotros.

Cuba salía entonces del doloroso Periodo Especial y, aunque con desconfianza, comenzaba a vislumbrarse una etapa de relativa prosperidad que, lenta y trabajosamente, fue consolidándose en los años siguientes. Surgieron proyectos de investigación conjuntos, visitas mutuas y tesis doctorales. Mi universidad, la Junta de Andalucía y la Unión Europea financiaban estas iniciativas, y los frutos no tardaron en llegar. Uno de ellos fue un resultado de gran impacto, con ahorros cercanos al 50 % en la producción de un determinado producto cubano.

El hallazgo fue tan relevante que decidimos publicarlo en una prestigiosa revista científica estadounidense, una de las más influyentes de la época. La respuesta a nuestra «osadía» fue inmediata, contundente y amarga: el artículo no podía publicarse. Ni siquiera podía admitirse como candidato a la publicación. ¿Por qué? Pues, según nos explicaron, porque de aceptarlo, tendría que pasar por un proceso de revisión y eventual impresión en el que participarían estadounidenses, lo que implicaría que nacionales de aquel país «trabajaran para el enemigo» ya que uno de los autores era cubano, algo expresamente prohibido por la Ley Helms-Burton. Me topé de frente con el muro del que tanto había oído hablar: el bloqueo.

Protesté. Denuncié la censura y la comparé con la ejercida en España durante la dictadura. Busqué amparo en sociedades científicas y en revistas europeas. La solución que propuso la revista fue tan cínica como reveladora: que el autor cubano cambiara su afiliación institucional por una «conveniente», la de mi departamento. Una interpretación interesada de la ley que evidenciaba una alarmante falta de ética, cuando no de decencia y moralidad. La lección fue clara: había que obedecer a los editores, con o sin razón, porque así lo decidían ellos, sin explicaciones, sin avisos, al margen de las normas más elementales de convivencia académica.

Finalmente el artículo se publicó en una revista europea —quizá la segunda más relevante de nuestra área— y con notable éxito. Fue el germen de una colaboración fecunda: los resultados siguen citándose hoy, se desarrollaron decenas de proyectos, tesis doctorales y programas conjuntos que demostraron, una vez más, que con la fuerza se puede vencer, pero no convencer.

Aquello ocurrió hace más de veinte años, entre 2004 y 2005. Se castigó a dos personas —una cubana y otra española— sin poder ni influencia alguna, para dar ejemplo, aunque no está claro el efecto que tuvo, porque a los responsables cubanos el pretendido ejemplo les sirvió para tener un argumento más del sinsentido del bloqueo que se les imponía, y se les impone.

Hoy, veinte años después, los acontecimientos vuelven a repetirse. Cambian los protagonistas, los contextos y los discursos, pero el argumento es el mismo: someter a los pueblos a la voluntad de los «poderosos», mediante amenazas, sanciones inhumanas y mensajes de intimidación al resto del mundo. Ante esta realidad, quiero reafirmar mi decisión de seguir consolidando los vínculos personales y la cooperación académica que hemos construido entre muchos, con la esperanza de que, tan pronto como sea posible, podamos continuar aportando al bienestar de las personas que son parte de esta triste historia.

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