Luis Antequera es escritor, periodista e historiador. Director del programa radiofónico de Historia «Esta no es una Semana Cualquiera». Autor de siete libros y más de 2.500 artículos en prensa.
Otro de esos grandes personajes de la Historia, olvidado como tantos por el solo pecado de ser español, una nacionalidad que se ha demostrado muy eficaz para pasar a la Historia, pero no menos para ser un completo desconocido de los historiadores. Pena ese desinterés que los españoles deparamos hacia nuestra propia Historia, la Historia soñada, la que todos querrían tener, pero sólo los españoles tenemos.
Nacido probablemente, el que conocemos como Pedro de Alcalá, sin más, en Alcalá de Henares hacia el año 1455, sabemos por la presentación que de sí mismo hace en su obra, que era fraile de la orden de los jerónimos, así como confesor, ni más ni menos, que de Fray Hernando de Talavera, primer Arzobispo de Granada, una vez que ésta es conquistada por los Reyes Católicos en 1492, confesor, a su vez, de la Reina Católica. ¡Qué confesiones aquéllas, entre Fray Pedro y Fray Hernando! Como para haberlas dispensado del secreto de confesión, ¿no les parece?
El Diccionario Biográfico de la Real Academia de la Historia recoge esta reveladora reseña que de su desconocida figura hace en 1807 Fray Rafael de Zea, prior de la Orden Jerónima:
«Con motivo de estarse imprimiendo por quenta del Gobierno el Vocabulario Arabe q. en 1505 dio a luz pública nro. hermano el padre Fr. Pedro de Alcalá aumentado ahora […], se nos ha hecho presente quan importante sería para el lustre de nro. santo hábito cualquier noticia que pudiera dar a conocer aquel sabio, del qual se ignora el Monasterio de su profesión: sus estudios, el motivo con que fue a Granada de asociado del venerable Fr. Hernando de Talavera, y la época de su fallecimiento. En esta atención mando a los PP. Priores de los monasterios fundados antes en los años de 1460 que hagan registrar los libros de los actos capitulares, los de profesión, los de mortuorios y memorias de los monjes y no omitan diligencia alguna para adquirir cualquier noticia concerniente a dicho P. Alcalá, y de su resultado comuniquen aviso a esta superioridad dentro del término de un mes para hacer de él el uso correspondiente».
Lo cierto es que a pesar del «angustioso» llamamiento del prior de los jerónimos, es mucho, o mejor dicho, casi todo, lo que continuamos sin saber del ilustre fraile jerónimo complutense.
La gramática de Fray Pedro de Alcalá lleva por título «Arte para ligeramente saber la lengua Arauiga», e irá acompañada de una segunda parte titulada «Vocabulista arauigo en letra castellana«, el primer diccionario del árabe a una lengua europea. A señalar que en dicho diccionario, Fray Pedro de Alcalá escribe las palabras árabes con caracteres latinos, según su fonética, las cuales serán transcritas a los caracteres arábigos por el también jerónimo Fray Patricio de la Torre, de San Lorenzo de El Escorial, en un trabajo que quedará inacabado por la invasión francesa de 1808, aunque muy avanzado.
Impresas las dos obras juntas en Granada en 1505 por Juan Varela de Salamanca, ello convierte a la gramática del árabe de nuestro fraile en la segunda gramática de una lengua moderna escrita en la Historia, después, naturalmente, de la del castellano del gran Antonio de Nebrija, publicada en 1492. Y por delante de la del náhuatl, la lengua de los mexicas, escrita por el también español Andrés del Olmo en 1547, convertida así en la tercera. Cualquiera de ellas por delante de las gramáticas del inglés, el francés o el alemán.

Y sin olvidar otras importantes gramáticas escritas también por españoles. Así la del chino, del dominico Francisco Díaz hacia el 1643; la del japonés, del franciscano Melchor Oyanguren de Santa Inés hacia 1738: o la del tagalo, del dominico Francisco de San José Blancas en 1745. Y muchísimas más escritas también por españoles, buena parte de ellos frailes misioneros, lo que convierte de la gramática en un arte que, indiscutiblemente, habla español.
La finalidad de la obra de Fray Pedro era, indudablemente, la intercomunicación con esos moriscos granadinos que se incorporaban a la Corona Castellana, a la naciente España si lo prefieren Vds., con la intención de posibilitar lo que era entonces el verdadero objetivo de la política de los Reyes Católicos: la evangelización de sus súbditos no cristianos, a partir de su conversión voluntaria y argumentada. Que tal era el plan, precisamente, de aquél al que nuestro fraile de hoy confesaba, el primer arzobispo de Granada, Fray Hernando de Talavera, quien, con toda probabilidad, era el ordenante de la obra. Así lo explicaba su propio autor:
«Sacar a esta gente nuevamente convertida, de las tinieblas y muchos herrores».
Al respecto, no está de más recordar que cuando los Reyes Católicos conquistan Granada y entran en la ciudad, en modo alguno se expulsa a los moriscos que habitaban ella. El mismísimo Mohammed XII (más conocido como Boabdil el Chico), contra lo que quiere la leyenda unánimemente aceptada, tampoco será expulsado, sino que, bien al contrario, recibirá de los Reyes Católicos un señorío en las Alpujarras y permanecerá en Granada. Un señorío que, un año después, muerta su adorada esposa Morayma e inmerso en una tremenda depresión, venderá a quienes se lo habían donado para con esos dineros cruzar voluntariamente a África e instalarse en Marrakech. Por no hacerse, ni botín se hizo entre los granadinos, cristianos o moros, pagándose a los soldados con propiedades en la ciudad de Santa Fe, ciudad que se había construido pocos años antes precisamente para la conquista de Granada, a imagen y semejanza de Briviesca (aunque mejorará con mucho el plano), convertida luego en el modelo que Carlos V propondrá para la planta de las nuevas ciudades fundadas en los Virreinatos españoles del Nuevo Mundo.
Y con estas noticias, me despido por hoy deseándoles, eso sí, que hagan Vds. mucho bien y que no reciban menos.














