Las víctimas de violencia de género tienen la menopausia antes y con síntomas más severos

La violencia contra las mujeres deja secuelas que pueden prolongarse durante décadas. Una investigación de la Universidad de Granada ha revelado que las mujeres que han sufrido algún tipo de violencia a lo largo de su vida presentan síntomas menopáusicos más graves y pueden llegar a la menopausia hasta 20 meses antes que aquellas que no han vivido estas experiencias.

El estudio, publicado en la revista científica Maturitas, una de las publicaciones internacionales de referencia en este ámbito, concluye que la violencia constituye un factor de riesgo con efectos duraderos sobre la salud física, psicológica y sexual de las mujeres incluso décadas después de producirse.

La menopausia llega antes en las mujeres que han sufrido violencia

Uno de los hallazgos más relevantes de la investigación es la relación entre los episodios traumáticos y el adelanto de la menopausia.

Los datos analizados muestran que las mujeres expuestas a situaciones de violencia pueden alcanzar esta etapa de la vida hasta 20 meses antes que quienes no presentan esos antecedentes.

Este adelanto incrementa además el riesgo de desarrollar insuficiencia ovárica prematura, una alteración que provoca la pérdida temprana de la función ovárica y que puede tener importantes consecuencias para la salud.

Sofocos más intensos, ansiedad y peor salud emocional

La investigación concluye que las mujeres víctimas de cualquier forma de violencia experimentan una menopausia más compleja y con una sintomatología más intensa.

Entre los síntomas más frecuentes aparecen los sofocos y sudores nocturnos, que suelen manifestarse con mayor intensidad y frecuencia.

También se observa un deterioro significativo de la salud psicológica, con una mayor prevalencia de la ansiedad, depresión, insomnio y trastorno de estrés postraumático (TEPT).

Los investigadores destacan que estas alteraciones pueden confundirse con los cambios propios de la menopausia, dificultando su identificación y tratamiento.

Más problemas sexuales y urinarios

El estudio señala además un impacto significativo sobre la salud sexual y urogenital.

Las mujeres que han sufrido violencia presentan con mayor frecuencia sequedad vaginal, dolor durante las relaciones sexuales y problemas urinarios.

Estos síntomas resultan especialmente frecuentes en mujeres con antecedentes de violencia sexual.

Consecuencias para el corazón, los huesos y la memoria

Los efectos no se limitan a los síntomas menopáusicos.

La investigación detecta una asociación entre la exposición a la violencia y un mayor riesgo de enfermedades que pueden aparecer años después.

Asimismo, las mujeres afectadas presentan una mayor probabilidad de desarrollar osteoporosis y sufrir fracturas asociadas a la pérdida de masa ósea.

Los investigadores también identifican más problemas relacionados con la memoria y la atención, asociados a los efectos prolongados del estrés sobre el organismo.

Una carga de enfermedad que permanece oculta durante años

Según los autores, los mecanismos biológicos responsables de estas consecuencias incluyen alteraciones provocadas por el estrés traumático mantenido en el tiempo.

Entre ellas destacan cambios en los sistemas hormonales que regulan la respuesta al estrés y modificaciones biológicas que pueden mantenerse durante décadas después de la agresión.

El resultado es una disminución de la calidad de vida durante la posmenopausia en aspectos físicos, psicológicos y sexuales, generando lo que los investigadores describen como una auténtica «carga oculta» de enfermedad.

Los efectos de la violencia duran décadas

El trabajo recuerda además la enorme dimensión sanitaria de este problema.

Según los autores, por cada mujer que pierde la vida como consecuencia de la violencia, más de 400 sufren discapacidades o secuelas graves que pueden acompañarlas durante gran parte de su vida.

Por ello, los investigadores insisten en que la atención sanitaria a mujeres en etapas de madurez y menopausia debe incorporar una perspectiva específica sobre la violencia sufrida previamente.

“La violencia contra la mujer es un problema crítico de salud pública cuyos efectos perduran décadas después de la agresión”, señalan los autores.

Hacia una atención médica centrada en el trauma

A partir de estos resultados, el equipo investigador propone implantar modelos de atención informados en el trauma dentro de las consultas de menopausia y salud femenina.

Entre las medidas recomendadas figuran la garantía de privacidad durante la atención médica, la detección activa de antecedentes de violencia, el cribado de infecciones de transmisión sexual y cáncer de cuello uterino, así como la creación de circuitos asistenciales que integren ginecología, salud mental, medicina interna y fisioterapia de suelo pélvico.

Los autores consideran que reconocer el impacto a largo plazo de la violencia es fundamental para mejorar la calidad de vida y la atención sanitaria de millones de mujeres durante la menopausia y la vejez.