La tecnología invade los cuidados, pero mayores y dependientes siguen prefiriendo el contacto humano

Grúas, camas articuladas, sensores, cubiertos adaptados, robots sociales o asistentes virtuales forman ya parte habitual del día a día en residencias de mayores y centros de atención a personas con discapacidad. Pero, más allá de su utilidad práctica, surge una pregunta cada vez más relevante: ¿cómo afecta toda esta tecnología al bienestar emocional de quienes reciben cuidados?

El grupo de investigación Género, Cuidados y Tecnociencias de la Universidad de Almería (UAL) ha analizado el impacto ético y emocional del uso de tecnología en entornos asistenciales y concluye que, aunque estos dispositivos mejoran tareas físicas y organizativas, el contacto humano sigue siendo insustituible.

Tecnología en residencias: útil, pero con impacto emocional

El equipo de investigación ha estudiado cómo conviven personas y máquinas en residencias y centros de día, analizando desde ayudas técnicas tradicionales hasta dispositivos digitales y robots sociales.

“Con nuestra investigación intentamos ver los cuidados desde una perspectiva más amplia, que implica a los trabajadores, personas cuidadoras y también quienes reciben esos cuidados”, explica la investigadora de la UAL María Teresa Martín Palomo, coordinadora del proyecto Tecnocare.

La investigación se basa en entrevistas a auxiliares, enfermeros, psicólogos, gestoras y expertos del ámbito sociosanitario, de cuyos testimonios emerge una idea común: el cuidado funciona hoy como una coreografía constante entre personas y tecnología.

Mayores y personas dependientes prefieren el contacto humano

Uno de los principales hallazgos del estudio es que existe cierta tensión en el uso de maquinaria asistencial.

Siempre hay una preferencia clara por el contacto humano: desde la piel hasta el contacto más emocional. El uso de la tecnología hace que todo sea algo más violento, con un tacto frío. Y su uso requiere un diálogo, una negociación con la persona que recibe el cuidado, para alcanzar un punto de entendimiento en el que ambas partes se sientan cómodas”, explica María Teresa Martín Palomo.

Según los investigadores, el uso de tecnología requiere siempre participación activa y consenso con la persona atendida, adaptando las intervenciones a sus preferencias y necesidades.

Sensores y privacidad: preocupación entre usuarios más jóvenes

El estudio detecta diferencias generacionales en la relación con la tecnología.

Mientras en personas mayores preocupa especialmente la pérdida de cercanía humana, entre usuarios más jóvenes aparecen conflictos vinculados a la privacidad y al control de datos.

La instalación de sensores de actividad en hogares o sistemas de monitorización genera inquietud sobre el uso futuro de información personal y la posible pérdida de intimidad.

Robots sociales y asistentes virtuales también tienen espacio

Aunque los investigadores descartan que la tecnología pueda sustituir la dimensión afectiva del cuidado, reconocen el valor creciente de herramientas digitales como asistentes virtuales y robots sociales.

“Toda la parte más emocional y afectiva es el gran desafío de la inteligencia artificial, pero hay casos en los que funciona. Por ejemplo, entrevistamos a una persona con tetraplejia a la que reconfortaba escuchar cada mañana a Alexa. La aplicación le preguntaba cómo se había levantado, si se había vestido con colores bonitos y mensajes de ánimo similares. Esta persona contaba que eso le daba un apoyo importante para afrontar el día”, añade María Teresa Martín Palomo.

Los investigadores apuntan que estos dispositivos pueden ser útiles especialmente en tareas repetitivas y de acompañamiento básico.

Cuidar en la era de la hiperautomatización

La investigación también pone el foco en las condiciones laborales de las cuidadoras, un sector altamente feminizado y sometido a gran desgaste físico y emocional.

Desde Tecnocare reclaman mayor reconocimiento profesional y compensaciones económicas vinculadas a peligrosidad y carga emocional.

Las conclusiones invitan a repensar el papel de la tecnología en la atención sociosanitaria.

Grúas, sensores, robots y pantallas no sustituyen la empatía, pero sí pueden convertirse en aliados si se usan desde criterios éticos y humanos.

El gran reto, concluyen los investigadores, no es solo tecnológico, sino también social: mantener el vínculo humano en un entorno cada vez más automatizado.