Un mundo sin manzanas, sin café, sin chocolate… ¿Imposible? No tanto. Las abejas están desapareciendo a un ritmo alarmante. En los últimos años, se han perdido entre el 20% y el 30% de las abejas silvestres en zonas agrícolas. Este declive no es solo un problema ambiental; es una amenaza directa a nuestra comida y a la estabilidad de nuestro planeta.

Un estudio global, con participación clave de la Universidad de Jaén (UJA), revela la cruda verdad y las soluciones urgentes. Publicada recientemente en la prestigiosa revista Nature Ecology & Evolution, esta investigación analizó datos de casi 700 campos agrícolas en Europa, Norteamérica y África.
Alarma global: ¿por qué desaparecen las abejas?
El estudio global es una radiografía alarmante: las abejas están en una situación crítica. Estos insectos son fundamentales para la biodiversidad y la agricultura. Las causas principales de su declive son claras. Por un lado están los pesticidas. Estos químicos dañan a las abejas a nivel biológico. Les causan pérdidas en su capacidad de orientación, daños internos y reducen su tamaño.
A los plaguicidas hay que sumar la pérdida de hábitats. Los monocultivos eliminan los recursos naturales, disminuyendo la diversidad de especies que pueden vivir en esos entornos. Pero, ¿qué sucede cuando estos dos factores actúan juntos?
Pesticidas y reducción de hábitats: una combinación letal
Esta investigación a escala global es la primera en analizar el efecto combinado de los pesticidas y la pérdida de hábitats. El equipo internacional ha comprobado que estos elementos actúan de manera aditiva: sus efectos se acumulan. Lo más preocupante es que la presencia de más espacios naturales en zonas de cultivo no amortigua los efectos de los pesticidas.
«Lo más preocupante es que los efectos perjudiciales de un elemento se suman a los del otro y que los beneficios de tener más espacios naturales en los ambientes agrícolas no son suficientes para amortiguar los efectos perjudiciales de los pesticidas; no son suficiente refugio para esa vida silvestre, en este caso, las abejas silvestres que hacen la labor de polinizadores», explica el Catedrático de Ecología de la Universidad de Jaén (UJA), Pedro Rey, reconocido experto en polinizadores, quien lideró la participación española en este estudio global junto a su colega Domingo Cano.
El caso de los olivares andaluces
El equipo de la UJA aportó datos cruciales sobre la presencia de abejas en los olivares de Andalucía, obtenidos del proyecto Life Olivares Vivos. Este proyecto, ahora en su segunda fase, se extiende a cultivos de olivos en Italia, Grecia y Portugal.
Los efectos descritos a nivel global se repiten en los olivares andaluces. Se ha comprobado que las fincas que usan pesticidas (para plagas y hierbas) tienen hasta un 50% menos de abejas que aquellas que apuestan por métodos ecológicos y sostenibles.
Otro hallazgo relevante: no hay abejas más resistentes. Ni el tamaño, ni el tipo de nido, ni su especialización las protege. La disminución afecta a todas las comunidades, sin un filtro claro que salve a ciertos grupos. Esto significa que el problema es más grave de lo que se pensaba.
La diversidad en peligro
La investigación demuestra que los pesticidas reducen la diversidad funcional y evolutiva, algo clave para la estabilidad de los ecosistemas. Cuando se pierden linajes completos o funciones específicas, la polinización se vuelve más frágil y con menos capacidad de adaptación a los cambios ambientales.
«Una comunidad diversa es más resistente a futuras perturbaciones», señalan los investigadores. Si solo sobreviven unas pocas especies similares, el sistema entero se vuelve vulnerable. Además, en paisajes con alto uso de pesticidas, las comunidades de abejas se vuelven más “anidadas”: las zonas más afectadas solo contienen un subconjunto empobrecido de especies.
¿Es posible recuperar las abejas?
Pedro Rey sostiene que la receta para recuperar las poblaciones de abejas silvestres es clara. Hay que reducir drásticamente el uso de químicos en los cultivos. Además, se debe dotar a los cultivos de estructuras verdes que posibiliten la vida de las abejas.
Esto incluye mantener una cubierta vegetal en el terreno de cultivo y plantar setos y arbustos en los límites de las fincas, creando reservorios de biodiversidad.
Los resultados hablan por sí solos. En las fincas donde se han llevado prácticas agrícolas más naturales se ha conseguido recuperar la población de abejas silvestres en poco tiempo. Y no solo eso.
El investigador de la UJA sostiene que en las fincas donde se conserva cubierta vegetal se logran beneficios adicionales. La hierba contribuye a mejorar los condiciones microbiológicas del suelo, le aporta más capacidad para retener agua y evita la pérdida de suelo. Además, fomenta el desarrollo de insectos enemigos de plagas, lo que contribuye a mantener una explotación más sana.

Un modelo ganador
Estos beneficios no implican una reducción de la rentabilidad. Pedro Rey asegura que la producción de aceituna no disminuye sustancialmente. Además, los beneficios económicos pueden aumentar con este modelo de cultivo respetuoso con las abejas. Los productores pueden vender su aceite de oliva con un distintivo ecológico. El mercado es receptivo a alimentos producidos de manera responsable y está dispuesto a pagar un precio mayor por ellos.
La Unión Europea ya impulsa políticas de recuperación, pero la acción individual y colectiva es clave. Experiencias como la de la UJA demuestran que es posible revertir la situación. Porque, en última instancia, el futuro de las abejas es el futuro de nuestra alimentación y de nuestro planeta. ¿Estamos listos para el cambio?













