Investigación en Agronomía y Agroalimentación

Plaguicidas bajo la lupa

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Plaguicidas sí o plaguicidas no? Mejor no, sin embargo, los tóxicos de última generación han alcanzado un nivel de seguridad tan elevado, que apenas dejan residuos en las frutas y hortalizas.

Un grupo de la Universidad de Murcia, especializado en la detección de restos de plaguicidas en productos hortofrutícolas y en el estudio de lo que ocurre con estos químicos en mermeladas, compotas, zumos y demás procesados de frutas y hortalizas, recomienda la lucha integrada.

Agricultura con menos plaguicidas

La agricultura ha dado pasos agigantados en las dos últimas décadas en pro de un modelo más sostenible y respetuoso con el medio ambiente. Uno de los logros de mayor calado ha sido la apuesta por la lucha integrada, en la que se utilizan insectos para combatir las plagas, en vez de plaguicidas de origen químico.

Este cambio de tendencia está dando resultados espectaculares. Por un lado, desde el punto de vista comercial, las frutas y hortalizas del Sureste español, la ‘huerta de Europa’ como se le suele llamar, han mejorado su imagen de cara a los consumidores europeos, tradicionalmente más exigentes en este sentido.

Y por otro, el uso mucho menor de plaguicidas supone un alivio para el medio ambiente, que deja de recibir unos tóxicos que contribuyen a la contaminación de suelos y acuíferos.

Tóxicos más seguros y bajo un control estricto

Sin embargo, todavía se siguen empleando en agricultura, aunque con unas medidas de control muy estrictas, para garantizar que su presencia no resulte dañina para los seres humanos que consumen frutas y hortalizas tratadas con estos productos químicos.

En la Unión Europea se realizan anualmente unos 30.000 análisis, de los que menos del 3 por ciento arrojan datos de presencia de plaguicidas que incumplen la normativa europea. Esto no quiere decir necesariamente que haya más restos de plaguicidas de los permitidos, sino que puede tratarse de un caso de utilización de un tóxico no adecuado al producto en cuestión.

Solo el 3% de los 30.000 alimentos analizados al año en la UE incumplen la normativa sobre presencia de plaguicidas

José Oliva

En otro 30 por ciento de los productos analizados se encuentran restos de plaguicidas, aunque en unas concentraciones que no entrañan ningún peligro para la salud, ya que están por debajo de los límites máximos permitidos.

Mientras que en el 60 por ciento de todos los productos hortofrutícolas analizados en la Unión Europea no se encuentra presencia de plaguicidas. Estos datos reflejan un nivel de seguridad alimentaria en la Unión Europea muy elevado, un ámbito en el que nada se deja al azar, con unos controles cada vez más exhaustivos, capaces de detectar la presencia de estos tóxicos hasta niveles de partes por billón.

Uso adecuado de los plaguicidas

“Si los productos fitosanitarios se emplean de manera adecuada no tiene por qué haber ningún problema”, afirma el Investigador principal del grupo de Química de Plaguicidas, Contaminación Agroalimentaria, Ecoeficiencia y Toxicología de las Universidad de Murcia, José Oliva. Este especialista hace hincapié en la seguridad de los plaguicidas de última generación, aunque resalta que en su utilización hay que seguir las indicaciones de los fabricantes, como, por ejemplo, dejar el tiempo adecuado entre la aplicación del plaguicida y la recolección del fruto.

Estos fitosanitarios químicos, explica José Oliva, se degradan con la luz y la temperatura poco tiempo después de ser aplicados sobre las plantas o los árboles frutales, en una estrategia que les permite ser eficaces para acabar con los insectos o los hongos contra los que van dirigidos, y persistir en el medio solamente el tiempo necesario para garantizar el objetivo para el que fueron fabricados.

Fitosanitarios en zumos y mermeladas

La presencia de los fitosanitarios se reduce todavía más cuando se trata de productos procesados, como conservas, congelados, zumos, compotas, mermeladas… en cuya elaboración la Región de Murcia tiene una gran tradición y cuenta con un sector muy potente a nivel económico.

El grupo de José Oliva es especialista en determinar la presencia de plaguicidas en este tipo de productos, para lo que emplea el método QuEChERS (rápido, fácil, barato, efectivo, robusto y seguro, por sus siglas en inglés), uno de los más utilizados a nivel internacional, para la determinación de presencia de plaguicidas en frutas, vegetales y otros alimentos.

Si los productos fitosanitarios se emplean de manera adecuada no tiene por qué haber ningún problema

José Oliva

“Todos los procesos industriales tienen unos factores de procesado del plaguicida. Por ejemplo, si tenemos una presencia de una parte por millón en un producto en fresco, vemos que cuando se transforma en una conserva pierde entre un 80 ó 90 por ciento de ese plaguicida”, asegura.

El motivo, explica, reside en todos los procesos industriales a los que se someten las frutas y hortalizas para la transformación en conserva: se escaldan, se someten a un lavado, se esterilizan… y cada uno de ellos se va eliminando un porcentaje de ese residuo.

No todos los plaguicidas se comportan igual, debido a las características físcoquímicas de cada uno de ellos, pero “en todos los casos, cualquier proceso industrial que conlleve un lavado, un calentamiento, una esterilización y una dilución con líquidos de gobierno se produce un porcentaje de eliminación, que llega incluso, en el caso de los zumos de naranja, entre el 90 y el cien por cien”, aspostilla este investigador de la Universidad de Murcia.

Orius insidius, insecto empleado en la lucha integrada.

Qué ocurre al ingerir frutas con restos de plaguicidas

Otra de las líneas en las que se ha especializado el grupo de Química de Plaguicidas de la Universidad de Murcia consiste en conocer qué ocurre en el organismo humano cuando se ingiere un producto vegetal o un vino con residuos de plaguicidas.

José Oliva afirma que en el proceso de la digestión se llega a eliminar entre el 50 y el 90 por ciento de todos estos tóxicos. Para comprobarlo, estos investigadores realizan estudios de biodisponibilidad in vitro, es decir, “una asimilación a la digestión, para ver qué cantidad de plaguicidas entra al torrente sanguíneo”, aclara.

En el proceso de la digestión se elimina entre el 50 y el 90 por ciento de los residuos de plaguicidas.

José Oliva.

Realizan una ‘digestión artificial’. El proceso comienza introduciendo el alimento con residuos de plaguicidas y con pepsina a pH 2, en un baño a una temperatura de 37 grados, que se reproduce las condiciones que se dan en un estómago humano. A continuación, hacen una segunda digestión con pancreatina y sales biliares a ph 7 y se mete en unas cánulas, que actúan como la membrana que hace de paso del intestino hacia el torrente sanguíneo.

“Viendo lo que se difunde al interior de la membrana vemos qué cantidad de plaguicidas se incorporan al organismo”, explica José Oliva, que recalca que se llega a eliminar hasta el 90 por ciento de estos residuos.

Unos plaguicidas muy diferentes a los de los años 60

Estos experimentos demuestran la seguridad de los plaguicidas empleados en los últimos años, muy diferentes a los que se aplicaban en los años 50, 60 y 70. Éstos eran productos de amplio espectro, empleados para muchos tipos de insectos, de hongos o malas hierbas. Además, se acumulaban en la grasa y resultaban muy persistentes. Tenían un efecto elevado sobre el medio ambiente, ya que al ser muy letales para un número elevado de especies, afectaban a insectos beneficiosos y otros animales que habitaban en las zonas de cultivo.

Por otro lado, el daño en el suelo, ya que estos plaguicidas tan duraderos pasaban a los acuíferos y eran dispersados por el entorno con la escorrentía del agua.

José Oliva, investigador de la UMU.

Modelos más sostenibles y bioplaguicidas

“Todo esto ha hecho que las empresas químicas desarrollen productos más respetuosos, con menos impacto ambiental, más específicos, se utilizan dosis menores. Incluso, están apareciendo bioplaguicidas, obtenidos de bacterias, virus y sustancias naturales procedentes de plantas, como la nicotina, la rotenona…”.

Porque, destaca José Oliva, tanto el consumidor, como el agricultor desean adaptarse a un modelo con menor impacto ambiental. Esta misma idea ha contribuido a consolidar la lucha integrada, en la que los productos químicos solo se utilizan cuando no existe otro medio de regulación de la plaga, y la defensa de cultivos se realiza mediante estrategias naturales, como la dispersión de competidores naturales de las plagas, entre otras muchas estrategias aprendidas de la propia naturaleza y que contribuyen a contar con frutas y hortalizas más saludables, libres de agentes que no le son propios.

Los campos de cultivo de Murcia y de Almería son dos claros ejemplos de estas prácticas sostenibles, implantadas por la presión del propio mercado, que reclama productos hortofrutícolas obtenidos con métodos más respetuosos con el medio ambiente. Algo que ha calado fuerte en los propios agricultores, cada vez más comprometidos con el entorno y, por qué no decirlo, también con su futuro.

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