Las ciudades no son neutras: el diseño urbano condiciona amplía las desigualdades sociales

Las infraestructuras públicas no son neutras ni universales. Su diseño puede facilitar o dificultar la vida cotidiana de las personas y, en muchos casos, amplifica desigualdades existentes en función del género, la edad, la renta, la discapacidad o el lugar de residencia.

Aspectos como la falta de transporte público en un polígono industrial, barrios sin iluminación suficiente, parques infantiles inaccesibles o redes de movilidad pensadas únicamente para desplazamientos “casa-trabajo” responden a decisiones urbanas que, aunque aparentan ser técnicas, tienen un fuerte impacto social.

Esta es la conclusión central de un proyecto de investigación internacional Infraestructuras para la vida cotidiana desde la economía feminista del bienestar, de la Universidad de Murcia, que analiza cómo las infraestructuras influyen directamente en el bienestar y la calidad de vida desde una perspectiva de género.

Infraestructuras para la vida cotidiana: el concepto clave

El punto de partida teórico del proyecto se basa en el concepto de “infraestructuras para la vida cotidiana”, desarrollado por las investigadoras Horelli y Vepsä en los años 90.

Esta corriente propone prestar atención no solo a grandes infraestructuras como autopistas o aeropuertos, sino a aquellas que sostienen la vida diaria: centros de salud, escuelas infantiles, comercios, parques, calles o servicios sociales.

Según este enfoque, la forma en la que se diseñan estos espacios puede condicionar la autonomía, el bienestar y las oportunidades de desarrollo de la población.

“Sin estas infraestructuras, las personas no pueden desarrollarse”, explica la investigadora y coordinadora del proyecto, Gloria Alarcón García, profesora de Economía Aplicada de la Universidad de Murcia.

El diseño urbano y la desigualdad de género

Uno de los hallazgos clave del proyecto es que las políticas públicas de infraestructuras se han diseñado históricamente desde una supuesta neutralidad que, en la práctica, no existe.

“Si a ello se le añade que no son neutrales desde una perspectiva de género, la exclusión y marginación tiene nombre de mujer”, señala Alarcón García.

El estudio muestra que las mujeres realizan patrones de movilidad más complejos que los modelos tradicionales de transporte, que siguen respondiendo a un esquema lineal basado en el desplazamiento entre el hogar y el trabajo remunerado.

Sin embargo, muchas mujeres combinan empleo con tareas de cuidados, lo que implica trayectos múltiples: centros educativos, sanitarios, comercios y espacios de atención familiar.

Cuando estos puntos no están conectados por un sistema de transporte eficiente, el tiempo y el coste de la movilidad aumentan, afectando directamente a la autonomía personal y profesional.

Gloria Alarcón García.

Dos tipos de infraestructuras según su impacto en la vida

El proyecto distingue entre dos grandes tipos de infraestructuras según su impacto en el bienestar:

  • Infraestructuras para sostener la vida, vinculadas a cuidados, conciliación, salud y organización cotidiana.
  • Infraestructuras para vivir bien, relacionadas con la autonomía, la cultura, el ocio, el deporte y la participación social.

El impacto de cada tipo varía según la etapa vital. Por ejemplo, las mujeres entre 31 y 44 años se benefician especialmente de los servicios de conciliación, mientras que las mayores de 65 años valoran más los espacios de socialización y actividad comunitaria.

Medir el bienestar más allá del PIB

Uno de los objetivos centrales de la investigación es desarrollar nuevas herramientas para medir el bienestar social más allá de indicadores económicos como el Producto Interior Bruto (PIB).

Para ello, el equipo ha desarrollado el índice WIGI, un indicador que evalúa el impacto real de las infraestructuras en la vida de distintos colectivos.

El modelo combina el Capability Approach, centrado en las capacidades reales de las personas, con teorías del bienestar subjetivo, que incorporan variables como salud emocional, autonomía, relaciones sociales o seguridad.

Infraestructuras que pueden reducir o perpetuar desigualdades

El proyecto subraya que la inversión pública en infraestructuras no es neutral: puede reducir desigualdades o, por el contrario, consolidarlas.

Según la investigadora, el problema no es solo cuánto se invierte, sino cómo se distribuyen los recursos públicos.

En este sentido, reforzar el transporte entre zonas rurales o mejorar las infraestructuras de cuidados puede tener un impacto más directo en la calidad de vida cotidiana que grandes proyectos de infraestructura de escala macro.

Pensar las ciudades desde los cuidados

Las conclusiones del estudio apuntan a que un rediseño de las infraestructuras con enfoque de bienestar podría mejorar la salud, reducir el estrés, aumentar la autonomía y favorecer la participación laboral, especialmente de las mujeres.

Más allá de lo técnico, la investigación plantea una idea de fondo: las infraestructuras no solo organizan el territorio, sino que también definen qué vidas se priorizan en las políticas públicas.

En palabras del equipo investigador, se trata de un elemento estructural clave para la sostenibilidad y la cohesión social de las ciudades del futuro.