Todavía quedan días de vacaciones, pero la cabeza ya está en otra parte. El despertador, el tráfico, el trabajo, las reuniones y la rutina comienzan a aparecer mentalmente cuando todavía estamos frente al mar, en una terraza o disfrutando de una cena de verano. Empezamos a despedirnos de las vacaciones antes de que realmente hayan terminado.

Esta anticipación explica en buena medida la mezcla de nostalgia, tristeza y resistencia al cambio de ritmo que aparece durante los últimos días de descanso. “Cuando sabemos que algo bueno está a punto de terminar, una parte de nuestra cabeza empieza a despedirse antes de tiempo”, explica Oliver Serrano, director del Máster en Psicología General Sanitaria de la Universidad Europea de Canarias.
El problema es que este adelanto del duelo puede consumir parte de la energía que deberíamos dedicar a disfrutar del descanso. En lugar de estar presentes en esos últimos días, podemos acabar pensando constantemente en lo que vamos a perder y sintiendo incluso cierta culpa por no aprovecharlos suficientemente.
Por qué intentamos exprimir los últimos días de vacaciones
Cuando se acerca el final de una experiencia agradable, el cerebro concede una importancia especial al desenlace. De ahí surge la necesidad de conseguir que el último baño, el último atardecer o la última cena de las vacaciones sean memorables.
La intención es comprensible: construir un recuerdo positivo que podamos conservar durante los meses siguientes. Sin embargo, intentar convertir cada momento final en una experiencia extraordinaria puede terminar produciendo precisamente el efecto contrario, “la intensidad forzada acaba matando la espontaneidad y generando más estrés que placer”, advierte Serrano.
El deseo de aprovechar cada minuto puede transformar el descanso en otra forma de exigencia. Ya no se trata simplemente de disfrutar de las vacaciones, sino de conseguir que los últimos días estén a la altura de todo lo vivido durante el verano. Y esa presión puede impedir precisamente lo que se buscaba: disfrutar.
La vuelta a la rutina empieza antes de regresar
Uno de los mecanismos que intervienen en este proceso es la llamada memoria anticipatoria, que permite imaginar acontecimientos futuros y recrear mentalmente situaciones que todavía no han sucedido.
Durante los últimos días de vacaciones, esa capacidad puede ponerse al servicio de la preocupación. El cerebro empieza a simular cómo será el regreso: el sonido del despertador, el desplazamiento hasta el trabajo, el tráfico, las obligaciones pendientes o las reuniones que esperan al volver.
El resultado es que la vuelta a la rutina puede empezar a vivirse antes de que termine el descanso. “Esa simulación mental es tan vívida que genera en el cuerpo las mismas respuestas de tensión emocional y física que si ya estuviéramos en la oficina”, indica Serrano. Así, parte de la atención que debería estar puesta en el presente se desplaza hacia un futuro que todavía no ha llegado.
El «último baño» puede ayudar a cerrar las vacaciones
En este proceso de transición, algunos rituales pueden tener un efecto positivo. El psicólogo considera que un gesto simbólico como el «último baño» puede ayudar a marcar conscientemente el final de una etapa.
La clave está en la actitud con la que se realiza. Convertir ese momento en una despedida consciente permite reconocer que las vacaciones terminan, pero también poner en valor lo que se ha vivido y procesar la pérdida con cierta gratitud.
De esta manera, el objetivo no es evitar la tristeza por el final del verano, sino darle un lugar y cerrar el ciclo para evitar que la melancolía se prolongue durante las semanas posteriores. Pero ese mismo ritual puede revelar algo menos agradable.
“si la vuelta genera tanto rechazo, a veces lo que nos perturba al final del verano no es que las vacaciones se acaben, sino lo que tenemos que retomar”, puntualiza Serrano.
Cuando el problema no son las vacaciones, sino volver a la rutina
Esta reflexión introduce una diferencia importante. Sentir cierta tristeza cuando terminan las vacaciones es normal. El problema aparece cuando el rechazo a regresar es desproporcionado o se mantiene durante demasiado tiempo.
En esos casos, las vacaciones pueden actuar como una especie de contraste. Después de varios días con menos obligaciones, más tiempo libre y un ritmo diferente, la vuelta puede hacer especialmente evidente aquello que durante el resto del año permanece en segundo plano.
Por eso, la intensidad del malestar al regresar puede proporcionar información sobre cómo nos sentimos realmente con nuestra rutina diaria.
El síndrome postvacacional no es una enfermedad
El denominado «síndrome postvacacional» no es una patología médica, recuerda Serrano, sino una respuesta biológica normal ante un cambio de ritmo. El organismo necesita un periodo de adaptación cuando cambia de horarios, rutinas y hábitos. Es un proceso comparable, en cierta medida, al tiempo que necesitamos para adaptarnos a una cama diferente o a un nuevo huso horario.
Cansancio, cierta desmotivación o dificultad para recuperar inmediatamente el ritmo habitual pueden formar parte de esa transición y no necesariamente indican que exista un problema psicológico. La situación cambia cuando esas sensaciones persisten durante varias semanas.
“las vacaciones no habrán causado el problema, sino que simplemente habrán hecho visible un vacío previo que requiere atención profesional”, advierte Serrano.
Por eso, más que intentar que el último día de vacaciones sea perfecto, puede resultar más útil permitirse disfrutar de lo que queda sin convertir la despedida en una competición contra el tiempo. El final llegará igualmente; anticiparlo durante los últimos días solo consigue que una parte de las vacaciones se viva ya con la cabeza puesta en la rutina.













