¿Por qué seguimos haciendo deporte si ya no lo necesitamos para sobrevivir?

Una investigación liderada por la Universidad de Oviedo propone que el cerebro reutiliza circuitos neuronales que estaban destinados a regular la actividad física de supervivencia, y que hoy siguen premiando el esfuerzo físico incluso cuando no existe una necesidad real del entorno

El trabajo plantea un nuevo marco neuroevolutivo para comprender por qué las personas realizan ejercicio físico de forma voluntaria en sociedades donde gran parte de las necesidades cotidianas ya no requieren un esfuerzo físico sostenido

Los autores plantean tres mecanismos que podrían contribuir a explicar por qué el esfuerzo físico sigue teniendo valor para los seres humanos: la compensación homeostática, la señalización costosa y la recodificación de la recompensa

Entrenar con regularidad va modificando paulatinamente la forma en que el cerebro valora ese esfuerzo, y quienes practican ejercicio de forma habitual tienden a percibirlo como menos costoso con el paso del tiempo

Prueba de ultraresistencia. Foto de la UCAM.

Un día cualquiera, alguien se está preparando para salir en bicicleta, ir al gimnasio, correr un maratón o empezar la clase de HYROX. Según la ciencia, el ser humano no evolucionó para hacer nada de esto. Durante casi toda nuestra historia como especie, el cuerpo se movía porque no quedaba otro remedio —para cazar, para huir, para no pasar hambre—.

El ejercicio tal y como lo conocemos hoy, con horarios, rutinas y objetivos, es un invento relativamente reciente. Entonces, ¿por qué lo hemos incorporado a nuestra vida? Esta es la pregunta que se plantea un equipo de investigadores de la Universidad de Oviedo, con la participación de las universidades de Rennes (Francia) y Basilea (Suiza), en un artículo publicado en la revista científica Evolutionary Anthropology. El trabajo revela que el cerebro reutiliza circuitos neuronales que estaban destinados a regular la actividad física de supervivencia, y que hoy siguen premiando el esfuerzo físico incluso cuando no existe una necesidad real del entorno.

El estudio, firmado por Miguel Ángel Rodríguez, Boris Cheval, Markus Gerber, Irene Crespo y Hugo Olmedillas, integra el conocimiento acumulado en distintas disciplinas, como la evolución humana, la neurociencia y la antropología, para intentar dar respuesta a esta cuestión.

Moverse por necesidad, entrenar por elección

Los autores comienzan precisando algo que puede parecer un matiz, pero que constituye una de las claves en las que se apoyan las teorías del artículo. Actividad física y ejercicio no son lo mismo. La actividad física es cualquier movimiento que implica un gasto energético, como caminar al trabajo, cargar la compra, subir escaleras o trabajar la tierra. Para eso sí nos preparó la evolución, porque durante millones de años el movimiento estaba ligado a la supervivencia, permitiendo el alimento, la seguridad y la cohesión del grupo. El ejercicio es otra cosa. Es la actividad física que una persona decide realizar, sin que nada externo lo exija, únicamente para mantenerse o mejorar su condición física. Convertir ese movimiento en una rutina voluntaria es algo que hemos incorporado nosotros, no un designio de la evolución.

En comparación con chimpancés o gorilas, los seres humanos gastamos considerablemente más energía a diario, porque a lo largo de la evolución ese gasto siempre ha reportado un beneficio claro a cambio. El problema es que las sociedades modernas rompieron esa relación. Hoy contamos con alimento asegurado, transporte motorizado, y trabajos principalmente sedentarios, de modo que ya no necesitamos movernos tanto para sobrevivir.

Pero el cuerpo continúa funcionando como si ese movimiento siguiera siendo necesario, porque así se configuró durante millones de años. Ese contraste entre lo que el cuerpo «espera» y lo que ofrece la vida moderna se conoce como «desajuste evolutivo». Y los investigadores consideran que explica dos fenómenos que se producen al mismo tiempo. Por un lado, que cada vez nos movamos menos en el día a día. Por otro, que tanta gente siga buscando la manera de practicar ejercicio físico.

Este impulso, de hecho, no es exclusivo de las sociedades urbanas actuales. Existen pueblos que viven de la caza y la recolección, como los hadza de Tanzania, que organizan danzas que se prolongan toda la noche, o los tarahumaras del norte de México, célebres por sus carreras de cientos de kilómetros. Se trata de personas que ya realizan un esfuerzo físico considerable para sobrevivir y que, aun así, dedican energía adicional a actividades que no les proporcionan alimento, sino beneficios de otro tipo, sentido de pertenencia a un grupo, prestigio social, o mayores oportunidades reproductivas.

Tres razones para seguir esforzándose

El núcleo del estudio pretende responder a la pregunta, si no evolucionamos para hacer ejercicio, ¿por qué el cerebro sigue recompensándolo? La explicación de los autores es que no fue necesario que apareciera nada nuevo en el cerebro. Existía ya, desde hace muchísimo tiempo, un sistema encargado de calcular si un esfuerzo merece la pena o no. Por ejemplo, si perseguir a un animal durante horas compensaba el cansancio que suponía. Ese sistema no ha desaparecido. Simplemente recibe hoy un tipo de información distinta, y los investigadores consideran que continúa funcionando con el ejercicio de forma similar a como lo hacía con la caza.

Para dar respuesta a este paradigma, los autores ofrecen tres posibles explicaciones, que no compiten entre sí, sino que pueden darse de forma simultánea.

  • La primera (compensación homeostática) propone que el ejercicio contribuye al mantenimiento del propio organismo. La vida sedentaria hace que dejen de producirse muchas señales internas que antes se generaban de forma natural, simplemente por moverse a diario. El ejercicio voluntario podría constituir una forma de recuperar esas señales de cuidado y reparación, de un modo comparable a la puesta a punto periódica de un motor que ha permanecido mucho tiempo sin usarse.
  • La segunda (señalización costosa) señala que el ejercicio funciona como una forma honesta de mostrar nuestra condición física ante los demás. Del mismo modo que, en las sociedades de cazadores, la fuerza o la resistencia decían algo sobre una persona, hoy “estar en forma” sigue transmitiendo una imagen de salud, disciplina y capacidad de esfuerzo, mientras que el sedentarismo tiende a percibirse, muchas veces de forma injusta, como señal de lo contrario.
  • La tercera (recodificación de la recompensa) sugiere que hemos aprendido a que el ejercicio nos resulte gratificante por sí mismo. Los mismos sistemas cerebrales que recompensan comportamientos relevantes para la supervivencia, como comer o cooperar con otros, parecen capaces, en el ser humano, de recompensar también metas que nos marcamos nosotros mismos, como sentirnos competentes, superar un reto o formar parte de un grupo que entrena de manera conjunta. El esfuerzo sigue teniendo el mismo coste, pero puede llegar a percibirse como algo valioso en sí mismo.

«Ninguna de las tres explicaciones excluye a las otras», señala Miguel Ángel Rodríguez, investigador del grupo AstuRES de la Universidad de Oviedo y primer firmante del artículo. «Es probable que las tres actúen de manera simultánea, con distinto peso según el individuo. En algunos casos, el ejercicio responde sobre todo a una función de mantenimiento del organismo. En otros, tiene un componente social muy marcado. Y en otros se ha convertido en una fuente de sentido en sí misma. Las tres explicaciones parten del mismo sistema, uno que no evolucionó para hacer ejercicio, sino para determinar si un esfuerzo físico merecía la pena», añade.

Por qué cuesta tanto empezar, y por qué luego resulta más fácil

Uno de los aspectos más interesantes del estudio es que, precisamente porque no evolucionamos para hacer ejercicio, mantenerlo exige algo que antes no era necesario. Hay que decidirlo de manera consciente, una y otra vez. Cuando el esfuerzo físico estaba ligado a la supervivencia, el propio contexto, ya fuese el hambre, un peligro o la necesidad de llegar a algún lugar, predisponía al cuerpo a actuar. El ejercicio físico tal y como lo entendemos carece de esas señales tan claras, de modo que, al principio, requiere una mayor fuerza de voluntad y planificación para sostenerse en el tiempo.

La buena noticia es que ese esfuerzo no tiene por qué mantenerse siempre igual de elevado. Según los autores, entrenar con regularidad va modificando paulatinamente la forma en que el cerebro valora ese esfuerzo, y quienes practican ejercicio de forma habitual tienden a percibirlo como menos costoso con el paso del tiempo. Irene Crespo, coautora del estudio, advierte de que «esta idea todavía requiere más estudios que sigan a las mismas personas durante años, para confirmar que ese cambio se produce realmente a causa del entrenamiento, y no que ambos fenómenos simplemente coinciden».

«Que el cerebro pueda aprender a valorar el esfuerzo de otra manera es una buena noticia para la salud pública», explica Hugo Olmedillas, investigador del Departamento de Biología Funcional de la Universidad de Oviedo y autor responsable del artículo. «Sugiere que mantenerse activo a largo plazo no depende solo de tener fuerza de voluntad, sino de que las primeras experiencias con el ejercicio resulten agradables: cuantas más veces el cerebro compruebe que el esfuerzo mereció la pena, menos fuerza de voluntad hará falta para repetirlo».

De izquierda a derecha, los investigadores de la Universidad de Oviedo Miguel Ángel Rodríguez y Hugo Olmedillas.

Una explicación con límites, pero con una idea de fondo

Las tres explicaciones, sin embargo, no cuentan con el mismo respaldo. La teoría de la compensación homeostática es la que hoy dispone de más pruebas a favor. La teoría de la señalización costosa se apoya en abundante evidencia social y cultural, aunque falta profundizar en lo que ocurre exactamente en el cerebro. Y la teoría de la recodificación de la recompensa es, de las tres, la que menos se ha comprobado de forma directa.

Con todo, el artículo deja una idea de fondo bastante sencilla. Que cueste ponerse las zapatillas algunas mañanas no constituye un fallo personal, sino el resultado de un sistema que, durante millones de años, aprendió a evaluar el esfuerzo en términos de coste y beneficio, y que tiende a evitarlo cuando la recompensa no resulta evidente, porque nunca evolucionó pensando en el ejercicio. Y que, pese a todo, tanta gente continúe saliendo a correr, entrenando o compitiendo demuestra que ese mismo sistema, sin haber evolucionado pensando en ello, también ha aprendido a encontrarle valor al esfuerzo.

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