La prevención del suicidio en la universidad empieza mucho antes de que aparezca una crisis

La prevención del suicidio no empieza necesariamente cuando aparece una situación de emergencia. Puede comenzar mucho antes, en una conversación, en una relación de confianza, en la sensación de formar parte de una comunidad o en la capacidad de alguien para detectar que otra persona no está bien. Esa es una de las principales conclusiones que se desprenden de un estudio realizado en la Universidad de Málaga (UMA), que pone el foco en el papel que puede desempeñar toda la comunidad universitaria en la prevención de la conducta suicida.

Thalía Postigo López posa con el premio recibido por su trabajo sobre la prevención del suicidio.

La investigación, realizada como Trabajo Fin de Máster por Thalía Postigo López, estudiante del Máster en Estudios Avanzados en Trabajo Social, analiza mediante una metodología cualitativa las experiencias, percepciones y opiniones relacionadas con la prevención de la conducta suicida en la UMA.

Sus conclusiones apuntan a una idea fundamental: la prevención no puede depender únicamente de los recursos especializados o de los protocolos de actuación. Estos instrumentos son necesarios, pero también lo son otros elementos que forman parte de la vida cotidiana de una universidad: el apoyo social, la ayuda entre compañeros, el sentimiento de pertenencia, la resiliencia y la existencia de un profesorado cercano.

Son factores que, además, no funcionan de manera aislada. El estudio los presenta como elementos acumulativos e interdependientes que pueden contribuir a crear un entorno universitario más protector.

Detectar el malestar antes de que llegue la crisis

Una de las claves que plantea el trabajo es precisamente conseguir que la prevención forme parte del día a día de la universidad. Para ello, no basta con disponer de recursos: las personas tienen que saber que existen, conocer cómo acceder a ellos y sentirse capaces de pedir ayuda.

“Y para ello debemos conseguir que todos los miembros de la universidad los conozcan y sepan acudir a ellos cuando los necesiten”, señala Postigo.

En esta tarea adquieren especial importancia las llamadas ‘personas referentes’, figuras que ya existen dentro de la universidad y que pueden desempeñar una función preventiva antes de que aparezca una situación de crisis. Según explica la autora, son personas “que tienen capacidad para detectar, escuchar, orientar y derivar”.

El problema, apunta, es que su papel todavía no está plenamente consolidado. “Hay problemas de formación, visibilidad y conocimiento de sus funciones, tanto por parte del alumnado como de los propios referentes. Hay que seguir trabajando para que sean conocidos, accesibles y cercanos”, aclara Postigo.

La propuesta pasa, por tanto, por mejorar la comunicación, reforzar la formación y conectar los distintos recursos disponibles. La prevención se convierte así en una responsabilidad compartida en la que intervienen estudiantes, docentes, personal universitario y los servicios especializados.

Una universidad que también construye redes de apoyo

Esta perspectiva encaja con la estrategia que la Universidad de Málaga viene desarrollando desde hace años. La institución puso en marcha su primer Plan de Prevención de la Conducta Suicida a partir de una iniciativa de la Facultad de Psicología y Logopedia. El programa está coordinado por Berta Moreno Küstner, catedrática del Departamento de Personalidad, Evaluación y Tratamiento Psicológico de la UMA.

Actualmente se encuentra vigente el II Plan de Prevención de la Conducta Suicida de la Universidad de Málaga 2025-2027, que amplía la estrategia desarrollada en el primer plan y plantea un procedimiento integral para abordar esta problemática dentro de la comunidad universitaria. El documento contempla actuaciones relacionadas con la sensibilización, la formación, la detección del riesgo y la intervención, organizadas en diferentes niveles de prevención.

El planteamiento supone entender que la prevención no se limita al ámbito clínico. También tiene una dimensión social y comunitaria.

Por eso, el segundo plan apuesta por crear entornos protectores, reducir factores de riesgo y fortalecer los vínculos sociales. La promoción de actividades comunitarias, la prevención del aislamiento y el refuerzo del sentido de pertenencia forman parte de esta estrategia.

La idea es sencilla, aunque llevarla a la práctica exige implicar a toda la comunidad: una universidad puede ser también un espacio capaz de generar redes de apoyo y detectar situaciones de sufrimiento antes de que se conviertan en una emergencia.

La prevención como parte de la vida universitaria

El trabajo de Thalía Postigo López incide precisamente en esa dimensión cotidiana. “La prevención debe formar parte del día a día de la propia universidad para que la conducta suicida se aborde antes de que aparezca el momento de la crisis”, concluye.

La frase resume uno de los principales retos que afrontan las instituciones educativas. Los protocolos son importantes cuando existe una situación de riesgo, pero una estrategia preventiva necesita actuar también en el terreno anterior: crear comunidades en las que pedir ayuda sea posible, hablar del sufrimiento no resulte estigmatizante y las personas sepan a quién acudir.

La autora lo resume en una frase especialmente significativa: “un suicidio no es culpa de nadie, pero sí responsabilidad de todos”.

La Universidad de Málaga se suma así al Día Mundial para la Prevención del Suicidio, que se conmemora cada 10 de septiembre. La jornada, organizada por la Asociación Internacional para la Prevención del Suicidio y copatrocinada por la Organización Mundial de la Salud, busca llamar la atención sobre la posibilidad de prevenir el suicidio, reducir el estigma y favorecer conversaciones abiertas sobre este problema.

En 2026, la campaña internacional mantiene el lema “Changing the narrative on suicide” y plantea precisamente la necesidad de cambiar la forma de hablar y actuar ante el suicidio, pasando del silencio y los prejuicios a la conversación, la empatía y el apoyo.

En ese contexto, la experiencia de la UMA apunta hacia una idea que trasciende las aulas y los campus: prevenir también significa construir vínculos. Una persona que escucha, un compañero que se preocupa, un profesor accesible o alguien capaz de orientar hacia el recurso adecuado pueden convertirse en piezas de una red que actúa antes de que llegue la crisis.

La universidad, desde esta perspectiva, no es únicamente un lugar donde estudiar. También puede ser un espacio para sentirse acompañado, formar parte de una comunidad y encontrar ayuda cuando las cosas empiezan a ir mal.