Un profesor no solo enseña matemáticas, historia, lengua o física. También puede hacer que un alumno se sienta escuchado, ayudarle a salir de una situación de frustración o evitar que un conflicto termine convirtiendo el aula en un lugar incómodo. Y esa dimensión emocional de la enseñanza podría tener consecuencias directas sobre la forma en que los estudiantes se implican con sus estudios.

Un equipo de investigación de la Universidad de Málaga (UMA) ha encontrado una relación entre la inteligencia emocional que el alumnado percibe en sus profesores y su propio compromiso académico. El estudio se ha realizado con 518 estudiantes de entre 12 y 18 años de cuatro centros educativos andaluces, desde primero de ESO hasta segundo de Bachillerato.
La particularidad del trabajo es que los investigadores no preguntaron a los profesores cómo valoraban sus propias capacidades emocionales. Preguntaron a los estudiantes. Analizaron qué ocurre cuando los alumnos perciben que sus docentes saben reconocer y gestionar mejor las emociones, responder a sus necesidades y crear un ambiente positivo en el aula.
Los resultados apuntan a que cuando el alumnado percibe mayor apoyo por parte de sus profesores, también tiende a mostrar un mayor compromiso con los estudios. Ese compromiso se refleja en aspectos como el entusiasmo, la energía, la dedicación y la implicación con las tareas escolares.
“Los equipos docentes no solo transmiten contenidos; también son una referencia emocional dentro del aula. La forma en que gestionan las emociones, resuelven conflictos o sostienen al alumnado puede influir en cómo los estudiantes se vinculan con sus estudios”, explica a la Fundación Descubre Jorge Gómez Hombrados, investigador de la Universidad de Málaga.
El estudio ha sido publicado en la revista European Journal of Psychology of Education.
Cuando enseñar también significa saber acompañar
Los investigadores consideran que un comportamiento emocionalmente inteligente por parte del profesorado implica, entre otras cosas, saber identificar lo que está ocurriendo emocionalmente en el aula y responder de una manera adecuada.
Puede ser algo tan cotidiano como detectar que un estudiante está frustrado, saber intervenir cuando surge un conflicto sin aumentar la tensión o crear un ambiente en el que los alumnos tengan la sensación de que pueden expresar sus dificultades y pedir ayuda.
En la adolescencia, cuando la vida escolar ocupa una parte importante de la rutina diaria, la relación con los profesores adquiere especial relevancia. Un docente que responde de manera empática, reconoce las emociones y afronta las situaciones difíciles de forma constructiva puede ser percibido como una figura más cercana, justa y disponible. Y esa percepción de apoyo parece importar.
Para comprobarlo, los investigadores realizaron dos recogidas de datos separadas por cinco meses. En la primera, los estudiantes respondieron a un cuestionario sobre distintos aspectos relacionados con el comportamiento emocional de sus profesores y con el apoyo que recibían en el aula.
Entre las cuestiones planteadas se encontraban situaciones como si el profesor ayudaba a otros estudiantes a sentirse mejor cuando estaban desanimados o si los alumnos podían pedirle ayuda cuando la necesitaban. También se evaluaron aspectos relacionados con la propia capacidad de los estudiantes para reconocer, utilizar y regular sus emociones.
Cinco meses después, el equipo volvió a preguntar a los participantes para medir su compromiso académico, es decir, hasta qué punto se mostraban entusiasmados, dedicados y conectados con sus estudios.
El apoyo del profesor puede ser la pieza que conecta las emociones con el aprendizaje
Los investigadores aplicaron posteriormente un modelo estadístico para analizar las relaciones entre las distintas variables. Los resultados mostraron que la inteligencia emocional percibida en los docentes estaba relacionada con un mayor compromiso académico del alumnado. Pero había algo más.
Una parte de esa relación parecía explicarse por el apoyo que los estudiantes sentían que recibían de sus profesores. En otras palabras, un docente con buenas habilidades emocionales puede contribuir a generar un entorno más positivo y, al mismo tiempo, hacer que el alumnado se sienta acompañado. Esa percepción de apoyo puede favorecer que los estudiantes se impliquen más en sus estudios.
El efecto, por tanto, no tendría que ver únicamente con que el profesor gestione bien sus propias emociones. También con lo que esa capacidad genera alrededor.
Un aula en la que un estudiante puede pedir ayuda, sentirse comprendido o afrontar un conflicto sin que la situación se convierta en un enfrentamiento puede convertirse en un entorno más favorable para el aprendizaje.
El estudio también encontró una relación entre la propia inteligencia emocional del alumnado y su compromiso académico.
“Esto apunta a que tanto las competencias emocionales de los docentes como las de los estudiantes pueden actuar como recursos relevantes para sostener el entusiasmo y la implicación escolar”, añade Jorge Gómez Hombrados.
Formar a los profesores para mejorar el clima del aula
Los autores consideran que estos resultados pueden tener una aplicación práctica en la formación del profesorado. La inteligencia emocional no se plantea únicamente como una característica personal del docente, sino como un conjunto de competencias que pueden trabajarse y desarrollarse.
Esto podría traducirse en programas de formación destinados a ayudar a los profesores a identificar señales de frustración, tensión o malestar, gestionar situaciones conflictivas y mejorar la relación con sus estudiantes.
“Estos resultados pueden orientar programas de formación docente en inteligencia emocional, estrategias para mejorar la relación profesor-alumno, actividades de educación emocional para estudiantes e intervenciones en centros donde existan problemas de apatía o baja participación”, apunta Gómez Hombrados.
La idea no es convertir al profesor en psicólogo ni trasladarle la responsabilidad de resolver todos los problemas emocionales de sus alumnos. El planteamiento del estudio apunta a algo más cotidiano: mejorar las herramientas que tiene el profesorado para relacionarse con sus estudiantes y construir un clima de aula que favorezca el aprendizaje.
También abre la puerta a nuevas preguntas. Entre las próximas líneas de investigación se encuentra estudiar si la inteligencia emocional de los profesores puede favorecer a su vez el desarrollo de estas competencias en el propio alumnado y analizar cómo el clima escolar puede influir en comportamientos sociales positivos.
El grupo investigador trabaja, además, en el desarrollo de propuestas formativas dirigidas al profesorado.
Porque aprender no depende únicamente de lo que ocurre en los libros o en la pizarra. También importa cómo se siente quien está sentado frente a ella. Y, según este estudio, un profesor capaz de reconocer las emociones que circulan por el aula puede estar ayudando a que sus alumnos no solo estén presentes en clase, sino que quieran implicarse en lo que están aprendiendo.













