La inteligencia artificial puede ayudar a reducir la brecha digital generacional, pero también generar nuevas formas de exclusión si no se tienen en cuenta las capacidades, necesidades y circunstancias de quienes utilizan estas tecnologías. Es una de las principales conclusiones de un decálogo elaborado por la Universidad de Alicante (UA) y el Observatorio de Brecha Digital de la Generalitat Valenciana, que plantea diez ideas clave para avanzar hacia una inclusión tecnológica efectiva.

La iniciativa, impulsada a través de la Cátedra de Brecha Digital Generacional de la Universidad de Alicante, ofrece una reflexión sobre los retos que plantea la inteligencia artificial para distintos grupos de población y analiza qué factores condicionan la relación de las personas con los entornos digitales.
El documento, elaborado en el marco de las II Jornadas sobre Brecha Digital Generacional, pone el foco en una cuestión fundamental: la inclusión digital no depende exclusivamente de la edad. También está condicionada por las capacidades, la experiencia, la confianza y las características de los propios servicios tecnológicos.
La brecha digital generacional va más allá de la edad
Uno de los planteamientos centrales del decálogo es que no todas las personas se relacionan con la tecnología de la misma manera ni parten de las mismas condiciones para aprovechar sus posibilidades. La edad puede influir en el acceso y el manejo de las herramientas digitales, pero no es el único factor que determina la existencia de desigualdades.
Para comprender mejor estas diferencias, el documento recurre a la economía del comportamiento, una disciplina que estudia cómo las personas toman decisiones en situaciones en las que su atención, memoria y tiempo son limitados.
En este contexto, incorpora el modelo Estímulo-Organismo-Respuesta (S-O-R), que permite explicar cómo los estímulos del entorno digital influyen en las emociones, las decisiones y los comportamientos de los usuarios.
Esta perspectiva ayuda a entender por qué determinadas experiencias tecnológicas pueden provocar confusión, desconfianza o rechazo. Una herramienta puede estar técnicamente disponible y, sin embargo, resultar difícil de utilizar o generar inseguridad en quien intenta manejarla.
Diseñar la tecnología pensando en las personas
Otra de las ideas fundamentales del decálogo es que los servicios tecnológicos deben adaptarse a las personas y no obligar a estas a ajustarse a las herramientas disponibles.
Para conseguirlo, propone recurrir a metodologías como el diseño centrado en el usuario y la experiencia de usuario (UX). Estos enfoques permiten identificar las dificultades que encuentran las personas al utilizar una aplicación, una plataforma o un servicio digital, para desarrollar soluciones que respondan a sus necesidades reales.
La accesibilidad y la facilidad de uso no deberían ser, por tanto, características secundarias, sino elementos presentes desde las primeras fases de diseño de cualquier tecnología.
Esta consideración adquiere especial relevancia con la expansión de la inteligencia artificial, cuyas aplicaciones están transformando la manera en que las personas acceden a la información, realizan gestiones y se relacionan con los servicios digitales.
La inteligencia artificial puede reducir barreras, pero también crear otras nuevas
La inteligencia artificial abre oportunidades para mejorar la accesibilidad tecnológica. Un ejemplo es la posibilidad de facilitar la navegación por entornos digitales mediante instrucciones de voz, una alternativa que puede simplificar determinadas tareas a personas con dificultades para utilizar interfaces convencionales.
Sin embargo, estas ventajas no están garantizadas para toda la población. La falta de acompañamiento y formación puede convertir la inteligencia artificial en una nueva fuente de exclusión digital, especialmente para quienes tienen menos experiencia con este tipo de herramientas.
El decálogo advierte de que saber manejar una tecnología no significa necesariamente saber utilizarla de forma adecuada. Por eso, la alfabetización digital debe ir más allá del aprendizaje de funciones básicas e incorporar competencias que permitan comprender, evaluar y utilizar la inteligencia artificial de manera crítica.
No basta con aprender a interactuar con estas herramientas: también es necesario conocer sus posibilidades, identificar sus limitaciones y desarrollar criterios para valorar la información y los resultados que ofrecen.
No utilizar una tecnología no siempre significa lo mismo
El documento también distingue entre diferentes motivos por los que una persona puede no utilizar una herramienta digital. No es lo mismo no hacerlo por falta de interés, porque no se considera útil o porque no se dispone de los conocimientos, los recursos o las oportunidades necesarias para acceder a ella.
Esta diferencia resulta importante a la hora de diseñar políticas públicas de inclusión digital. Las barreras de acceso, la falta de formación y la ausencia de interés son situaciones distintas que requieren respuestas específicas y que no deberían confundirse.
Una estrategia eficaz debe identificar qué impide a cada persona aprovechar las posibilidades de la tecnología antes de plantear soluciones. De lo contrario, las iniciativas de digitalización pueden dejar sin respuesta las necesidades reales de quienes encuentran mayores dificultades.
Medir quién se beneficia de la inteligencia artificial, no solo quién la utiliza
Otra de las advertencias del decálogo tiene que ver con los indicadores que se emplean para evaluar la brecha digital. El documento señala que una diferencia reducida en los niveles de uso de la inteligencia artificial entre distintos grupos de población no siempre es una buena noticia.
Esa aparente igualdad puede deberse a que la tecnología todavía tiene una implantación limitada en el conjunto de la sociedad, y no necesariamente a que se hayan eliminado las desigualdades.
Por este motivo, la propuesta pasa por evolucionar desde los indicadores que miden quién utiliza estas herramientas hacia otros que permitan conocer quién obtiene un beneficio real de la inteligencia artificial y qué oportunidades genera su utilización.
El cambio supone ampliar la mirada: no basta con comprobar si una persona tiene acceso a una aplicación o sabe utilizarla. También hay que analizar si esa tecnología mejora sus posibilidades, facilita sus actividades cotidianas y le permite participar en igualdad de condiciones en la sociedad digital.
Una inteligencia artificial que no deje a nadie atrás
Con este decálogo de diez ideas, la Cátedra de Brecha Digital Generacional de la Universidad de Alicante y el Observatorio de Brecha Digital de la Generalitat Valenciana plantean la necesidad de situar a las personas en el centro del desarrollo tecnológico.
El objetivo es que la expansión de la inteligencia artificial no reproduzca las desigualdades existentes ni genere nuevas barreras para determinados grupos de población. Para ello, resulta necesario combinar un diseño tecnológico accesible, formación adaptada a las distintas necesidades y sistemas de evaluación que midan los beneficios reales de estas herramientas.
La inclusión digital no consiste únicamente en extender el acceso a la tecnología. También implica garantizar que todas las personas dispongan de las capacidades y oportunidades necesarias para aprovecharla. El verdadero reto de la inteligencia artificial no es solo que llegue a más ciudadanos, sino que pueda mejorar la vida de todos ellos.















