La inteligencia artificial mejora la participación y la inclusión del alumnado con autismo

Un estudio de la Universidad de Almería (UAL) relaciona el uso de herramientas de inteligencia artificial con una mayor implicación en las actividades del aula y una mejor interacción social de estudiantes con trastorno del espectro autista (TEA). La clave está en la capacidad de estas tecnologías para adaptar el aprendizaje a las necesidades de cada alumno, aunque los investigadores subrayan que su eficacia depende de cómo las integre el profesorado.

José Jesús Sánchez y Antonio Luque, investigadores del grupo Diversidad Humana, Acción Tutorial e Inclusión Social de la UAL, han analizado el uso de estas herramientas en contextos educativos inclusivos. Su trabajo examina datos de 60 estudiantes con TEA escolarizados en centros ordinarios y compara los indicadores de participación del alumnado que utiliza habitualmente herramientas de inteligencia artificial con los de quienes no lo hacen.

«Hemos observado cómo influían en dimensiones que son esenciales para la inclusión, como la participación en las actividades del aula, la interacción con compañeros y docentes, la autonomía o la autorregulación», explica José Jesús Sánchez.

Los resultados muestran una asociación entre el uso habitual de estas tecnologías y mayores niveles de participación, especialmente en la implicación en las tareas y la interacción social. Los investigadores, no obstante, destacan un aspecto fundamental: la tecnología, por sí sola, no provoca la mejora. El verdadero cambio depende del profesorado y de su capacidad para diseñar una metodología inclusiva que aproveche todo el potencial de estas herramientas.

La inteligencia artificial permite personalizar el aprendizaje del alumnado con TEA

La personalización del aprendizaje es una de las claves para responder a las necesidades del alumnado con trastorno del espectro autista. Sin embargo, aunque adaptar la enseñanza a cada estudiante constituye un objetivo fundamental de la educación inclusiva, los centros educativos no siempre disponen de los recursos necesarios para atender la diversidad de forma adecuada.

En este escenario, la inteligencia artificial puede facilitar parte de ese trabajo gracias a su capacidad para ajustar actividades, contenidos y apoyos a las características de cada alumno. Su utilidad dependerá, en todo caso, de la accesibilidad de las herramientas, los recursos disponibles y la formación del profesorado.

En el caso de los estudiantes con TEA, los investigadores observaron que quienes utilizaban habitualmente estas herramientas permanecían más tiempo implicados en las actividades y participaban de forma más activa en la dinámica habitual del aula. También presentaban mayores niveles de interacción social.

«Esto resulta especialmente interesante porque, cuando hablamos de inclusión, no basta con que un alumno esté presente físicamente en una clase. Lo verdaderamente importante es que participe, que se sienta parte del grupo y que tenga oportunidades reales para aprender junto a sus compañeros», explica Sánchez.

La inteligencia artificial no ha inventado la personalización del aprendizaje. Los docentes llevan décadas adaptando sus clases a las necesidades de cada estudiante. La diferencia es que ahora disponen de herramientas capaces de automatizar parte de ese trabajo y ampliar las posibilidades de adaptación.

«Cuando una plataforma detecta que un alumno necesita más apoyo o, por el contrario, está preparado para avanzar, puede proponer actividades más ajustadas a su situación. Eso no sustituye al profesor, pero sí puede ayudarle a responder mejor a la diversidad que existe en cualquier aula», añade.

No existen dos alumnos con autismo iguales, aunque compartan el mismo diagnóstico. Cada uno presenta necesidades educativas específicas, intereses propios y un ritmo de aprendizaje diferente.

«Precisamente por eso pensamos que la inteligencia artificial puede ser una herramienta interesante, porque ofrece la posibilidad de adaptar las actividades a las características de cada estudiante sin tener que plantear un único recorrido para toda la clase», afirma José Jesús Sánchez.

Otro aspecto especialmente valioso para este alumnado es la posibilidad de trabajar en entornos estructurados y previsibles. Algunas plataformas permiten organizar las tareas en secuencias claras y anticipar los pasos del trabajo. Además, ofrecen retroalimentación inmediata, lo que puede ayudar a corregir errores y reforzar el aprendizaje sin largas esperas.

La IA puede favorecer la interacción social en el aula

Antonio Luque llama la atención sobre una idea que suele generar confusión: el uso de inteligencia artificial no tiene por qué reducir las relaciones personales. Cuando se integra con criterios pedagógicos adecuados, puede contribuir a eliminar algunas de las barreras que dificultan la participación y el contacto entre compañeros.

«La inteligencia artificial no sustituye las relaciones sociales. Lo que hace es eliminar algunas de las barreras que dificultan que esas relaciones se produzcan», afirma.

La posibilidad de adaptar las actividades y proporcionar apoyos ajustados a cada estudiante puede facilitar su participación en tareas compartidas y en la dinámica ordinaria del aula. El objetivo no es sustituir la interacción humana por una pantalla, sino crear condiciones que permitan al alumnado participar de forma más activa en la vida escolar.

El profesorado sigue siendo imprescindible para una educación inclusiva

¿Qué papel desempeña entonces el profesorado? Para los investigadores de la UAL, uno absolutamente imprescindible. La tecnología necesita un profesional que la integre en el proceso educativo y dé sentido a todas sus posibilidades.

«Si tuviera que resumir nuestra posición en una sola frase, diría que la inteligencia artificial nunca sustituirá al profesorado porque la educación es, ante todo, una relación humana», sostiene José Jesús Sánchez.

Durante el estudio, el uso de las plataformas estaba vinculado a la práctica docente y era el profesorado quien decidía cómo, cuándo y con qué objetivos utilizarlas. Por ello, Antonio Luque insiste en que el futuro de la educación no pasa por incorporar más tecnología, sino por contar con «mejores docentes apoyados por mejores tecnologías».

La inteligencia artificial puede facilitar el trabajo en las escuelas inclusivas, donde la diversidad se entiende como una característica propia de cualquier grupo humano. Sin embargo, nunca debe convertirse en el centro del proceso educativo, sino en una herramienta para eliminar barreras.

Porque la verdadera inclusión no depende de los algoritmos, sino de la capacidad del profesorado para comprender, acompañar y responder a las necesidades de cada estudiante.