
Artículo de Jorge Chauca García. Universidad de Málaga. Presidente de la Asociación Cultural Bernardo de Gálvez y Gallardo. Doctor en Historia Moderna y en Historia de América
José de Gálvez y Gallardo es uno de los tres ministros que ha dado Málaga a España, si bien él gobernó el vasto mundo americano a finales del siglo XVIII, antes de la ruptura decimonónica. Sus responsabilidades fueron ingentes, tanto como su trabajo, inteligencia y honradez. Cualidades que, aunadas, no se perdonan y le granjearon enemigos del reformismo en ambos hemisferios. Baste citar al obispo de Guadalajara de Nueva España, Diego Rodríguez Rivas de Velasco, quien en 1769 escribía sobre el rotundo respaldo del visitador en términos elocuentes. Gálvez disponía «muy constantes a sus protectores». No mencionó la «Instrucción para el socorro de los indios de las misiones de la Antigua California» (1768), donde se aplicaba el principio meritocrático de la autonomía y esfuerzo personal: «reducir [a] todos los naturales a domicilio fijo y pueblos bien formados; de que se sujeten a labrar las tierras a cambio de dotarlos con heredades propias en que logren el premio de [su] personal trabajo, alimentándose con los frutos que siembran y cultivan».
La preocupación de la Corona por los indígenas es de larga data. José de Gálvez así lo manifestaba en el instrumento jurídico anterior: «el profundo respeto y la obediencia indispensable que se debe a las sabias leyes de nuestros católicos monarcas, que prefinieron las más justas reglas». La función protectora presidía las labores gubernativas de los hombres del rey. Esta firme convicción pasó a su sobrino Bernardo, quien en el encuentro en Punta Cortada de 1777 había procurado la atracción de los fronterizos a la causa española. Más significativas fueron sus palabras sobre los apaches al inicio de la década en cuestión: «Los españoles acusan de crueles a los indios, yo no sé qué opinión tendrán ellos de nosotros, quizá no será mejor, y sí más bien fundada». Todo un alarde de autocrítica, en línea con la tradición hispánica, y de lo que hoy se llama empatía con la otredad y siempre sinceridad.
El secretario de Estado y del Despacho universal de Indias dedicó su vida al Nuevo Mundo. Sus primeros escritos eran fruto de las «observaciones que tengo hechas al auxilio de lo que he trabajado en varios negocios de la América y de la especial aplicación que siempre me ha debido aquella parte del Mundo cuyo descubrimiento y progresos han constituido el primer móvil del sistema político». Era consciente de que el conocimiento teórico necesitaba del examen cercano.
Emprendió su comisión americana, aquella que quizás hubiese soñado algún día desde las cálidas laderas de la Axarquía. Con el tiempo, muchos de sus paisanos cruzarían bajo su impulso el Atlántico para servir al rey desde la fidelidad a Gálvez. Sus biografías colectivas testimonian la fecunda presencia malacitana por toda la América ilustrada.
Reconocía la importancia de la América española porque la conocía. Fue visitador general del virreinato novohispano, consejero de Indias y, finalmente, junto a ministro, gobernador del Consejo de Indias. Asoció en su persona el viejo sistema polisinodial al novedoso ministerial. En todos sus empleos desplegó una gran actividad y celo en el real servicio. Junto al monarca sabio Carlos III ejemplifica lo mejor de una generación de ilustrados que gobernaron el dilatado mundo hispánico. Mérito y capacidad propulsaron su carrera política en un escenario cortesano sujeto a redes, confianzas personales y dobles lealtades al rey y al proyecto.
Su labor en beneficio del desarrollo malagueño fue más que notable, así como en provecho de su Macharaviaya natal. Prosperidad económica deudora de su estímulo en un buen gobierno que Aristóteles hubiera encuadrado como eutaxia. La macharatunga fábrica de naipes vino a sumarse a un corolario de felices intervenciones malacitanas. Entre ellas, la menos conocida introducción de la araucaria o pino chileno en Europa, gracias a su protegido el irlandés Ambrosio O´Higgins, quien vio en sus altivos troncos mástiles para la Real Armada.
Chesterton nos aconsejaba acudir a las fuentes para la comprensión de la Historia: «leamos el verdadero texto de cada época». Buena lección. El poema «Los pastores de Macharaviaya», en honor póstumo al benefactor marqués de Sonora establecía la oportuna relación de ventajas que recibió su patria chica: «Málaga, no ya bella / y sí la triste: / date al dolor, al desconsuelo y pena; / la suerte te condena / a perder al que Padre mereciste. / Tu reciente Colegio / de patricios pilotos, / donde haya el joven su instrucción amena; / tus caminos, tus muros, muelle, y cotos, / tu rico Monte Pío, / tu Consulados, el cauce de tu río, / tu comercio, y franquicias, / tus huertas, tus paseos, / tus cumplidos deseos, / tu aumento, tu esplendor, tu poderío, / tus glorias, tus delicias». No se equivocaba el bardo José García de Segovia, al contrario, asumía y resumía una opinión pública tan favorable como justa.

El malagueño dejó negro sobre blanco su idea del servicio público y el bien común en un par de cartas dirigidas al cabildo secular malacitano en 1780, misivas que bien cabe recordar en su literalidad. La primera desde San Ildefonso: «Todo Hombre público, a todo ciudadano que funde su felicidad en la de su patria, que ame la humanidad, y que no mire con indiferencia los males que suelen afligirla. Como yo no conozco mayor satisfacción que la complacencia que me resulta de guiarme por estos principios». En la segunda, desde El Pardo, sostenía que «los vínculos de la patria se anteponen a los de la sangre», razón por la cual todos debían congratularse igualmente. Estas concluyentes palabras se escribieron con ocasión de la felicitación que los regidores le enviaron por las victorias de su sobrino Bernardo de Gálvez frente a los ingleses en la América septentrional.
No podemos llegar ni a imaginar el grosor del trabajo al que tuvo que hacer frente desde la valentía y la laboriosidad personales. Baste como prueba la carta que el rondeño gobernador de Filipinas José Basco y Vargas le remitió en 1779 desde Manila. No hay «cabeza ni estómago para digerir tanto alimento», en relación con las responsabilidades de su cargo. Qué no podría decirse del gobierno de un mundo que abarcaba tierras flanqueadas por dos colosales océanos.
Las sociedades necesitan referentes. La mirada generosa al pasado para honrar a quienes nos precedieron es una obligación cívica. El mexicano Octavio Paz lo dejó claro, nos medimos no solo por la actitud hacia el futuro, sino también frente al pasado. Málaga honró al ministro con una oración fúnebre en el Real Convento de Nuestra Señora María Santísima de la Victoria un 17 de julio de 1787. Merecida, sin duda. Como en el presente es apropiado su recuerdo. Valgan al respecto las palabras del plausible Manuel Olmedo: «Ojalá que este trabajo, fruto del afán por recuperar a una gigantesca figura de nuestra Historia, puede servir para provocar el interés de historiadores de hoy para continuar explorando y divulgando las huellas de José de Gálvez, con una serena revisión histórica de su trayectoria».
Carlyle afirmaba que la historia del mundo era la biografía de los grandes hombres. La Historia supera a la individualidad, pero sin esta es imposible su comprensión. Los colectivos están conformados por individuos y de entre ellos, quien destaca, merece memoria. Desde Heródoto se ha sabido conjugar ambas experiencias de cuño homérico «para evitar que con el tiempo caiga en el olvido lo ocurrido entre los hombres y así las hazañas, grandes y admirables, realizadas en parte por los griegos y en parte por los bárbaros, no queden sin su fama».
El Memorial dedicado a José de Gálvez en el puerto de Málaga no solo es un valioso proyecto didáctico de transmisión social del conocimiento, también una próxima realidad, beneficiaria de muchos esfuerzos previos a favor del regidor perpetuo de la ciudad. El pueblo de Málaga es el depositario de su Historia, de la memoria de uno de sus hijos más preclaros. Tendió puentes entre América y España, fue una figura de encuentro clave para el orbe hispano en la centuria dieciochesca. Sirvan estas breves reflexiones para recuperar su nombre y reivindicarlo, rescatar su gestión y legado de aprendizaje a los españoles de ambos mundos, pues como estaba grabado en los famosos columnarios: «Utraque Unum» (Ambos son uno). VALE.
Referencias bibliográficas
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