Un estudio coordinado por la Universidad Europea y el Instituto de Investigación del Hospital 12 de Octubre de Madrid confirma que los niños curados de cáncer conservan secuelas en su forma física y en la estructura cardíaca años después del alta, pero cuanto más activos se mantienen, mejor rinden sus músculos y su corazón
“El entrenamiento aeróbico y de fuerza mitiga la cardiotoxicidad del tratamiento, pero la protección real llega cuando el ejercicio se mantiene después del alta”, subraya Alejandro Lucía, catedrático de Fisiología del Ejercicio de la Universidad Europea

Superar un cáncer infantil ya no es un milagro aislado: ocho de cada diez niños lo consiguen en España según el Registro Español de Tumores Infantiles. Sin embargo, la batalla no termina en el hospital. Un trabajo premiado por la Fundación Cajastur y liderado por Alejandro Lucía, catedrático de Fisiología del Ejercicio de la Universidad Europea y sexto investigador del mundo más citado en Ciencias del Deporte; la Dra. Elena Santana-Sosa, profesora titular de Fisiología del Ejercicio de la Universidad Europea; Eva Santa Cruz Ramos, profesora de Ciencias del Deporte de la Universidad Europea; y la Dra. Carmen Fiuza-Luces investigadora del Instituto de Investigación Sanitaria del Hospital 12 de Octubre, ha seguido a 126 supervivientes durante cuatro años y los ha comparado con un grupo sano. El estudio constata que corren menos, saltan peor y presentan un engrosamiento de la pared del ventrículo izquierdo, señal temprana de cardiotoxicidad. “No significa que vayan a enfermar mañana, pero pone deberes a largo plazo”, matiza Alejandro Lucía.
Durante el tratamiento, los niños entrenaron tres días por semana con bicicleta, juegos aeróbicos y pesas o gomas. “Ese trabajo concurrente —aeróbico más fuerza— preserva la fracción de eyección y mejora el strain cardíaco, que es la lupa con la que detectamos el daño antes de que aparezcan fallos visibles”, explica Lucía. El catedrático recuerda que las antraciclinas y la radioterapia “debilitan las paredes del ventrículo izquierdo, mientras que el ejercicio genera el efecto contrario: refuerza el músculo, agranda de forma saludable las cavidades y restaura su fuerza contráctil”.
El punto crítico llegó tras el alta ya que muchos pacientes redujeron su actividad y la forma física cayó. Al correlacionar pruebas de esfuerzo con pasos diarios y minutos de juego, los autores confirmaron que “cuanto más se mueven, mayor es su fuerza y menor el remodelado cardíaco adverso” afirma el estudio. Por eso, Lucía insiste en que “la verdadera protección aparece cuando la rutina se traslada al hogar y al colegio. Necesitamos que correr en el patio o jugar al fútbol forme parte de la ‘medicación”.
La pauta ideal combina bicicleta, carrera o juegos con ejercicios de fuerza con gomas, pesas o peso corporal, siempre dirigidos por graduados en Ciencias de la Actividad Física y el Deporte y fisioterapeutas. “Hablamos de un mínimo de tres sesiones semanales, pero, sobre todo, de pasarlo bien. Si el niño no se divierte, no habrá adherencia”, remarca el catedrático. Para los más pequeños, el reto es convertir cada serie en un juego y para los adolescentes, personalizar los retos y darles autonomía.
Entre los principales escollos aparecen la financiación y la falta de profesionales. “El sistema no puede contratar entrenadores para todos, pero fundaciones y proyectos europeos ya cubren ese hueco. Cuando hay evidencia y voluntad, las barreras caen”, señala el investigador. Prueba de ello es que hospitales madrileños incluyen el ejercicio terapéutico como variable en la historia clínica electrónica.
El mensaje a las familias es doble. Primero, tranquilidad ya que “España figura entre los países con mejores tasas de curación en oncología pediátrica”. Segundo, compromiso activo, porque “el ejercicio bien guiado no solo mitiga los efectos secundarios, sino que puede dejarlos más sanos que antes”, concluye Alejandro Lucía.













