Dos hermanos biológicos, un hombre y una mujer, fueron enterrados a unos 725 kilómetros de distancia durante la Antigüedad tardía. Él fue sepultado en Mérida y ella en un yacimiento de Castellón, junto a la antigua Vía Augusta. Su parentesco, descubierto mediante el análisis de ADN antiguo, constituye el mayor intervalo geográfico documentado hasta ahora entre familiares de primer grado en el registro mundial de ADN antiguo y revela la intensa movilidad humana que existía en la Península Ibérica hace más de 1.500 años.
El hallazgo forma parte de un estudio internacional publicado en la revista Cell que ha analizado 243 genomas humanos inéditos procedentes de 31 yacimientos arqueológicos. Los resultados muestran que la Hispania romana y visigoda recibió población del norte de África, del Mediterráneo oriental y del centro y norte de Europa, aunque estas migraciones no provocaron un reemplazo generalizado de sus habitantes.
La investigación ha contado con la participación de la Universidad de Granada (UGR), a través de Juan Manuel Jiménez Arenas, Macarena Bustamante Álvarez y Elena Vallejo Casas, investigadores del Departamento de Prehistoria y Arqueología. El trabajo ha sido codirigido por equipos de la Universidad del País Vasco, el Institut de Biologia Evolutiva de Barcelona, la Universidad de Harvard y el Instituto Max Planck.
Dos hermanos enterrados a 725 kilómetros de distancia
Los dos hermanos fueron identificados en las necrópolis de Los Blanes, en Mérida, y Hostalot-Ildum, en Vilanova de Alcolea (Castellón). Aunque sus lugares de enterramiento estaban separados por unos 725 kilómetros, el análisis genético confirmó que compartían un vínculo biológico de primer grado.
En ambos yacimientos aparecieron también pasadores de oro de tradición póntico-danubiana, objetos asociados a las élites germánicas y centroeuropeas de la época. La coincidencia entre el parentesco genético, la distancia geográfica y los elementos arqueológicos aporta información sobre la movilidad de las personas y las conexiones entre comunidades durante el periodo de las migraciones.
El descubrimiento pone de manifiesto que los desplazamientos humanos podían abarcar grandes distancias y que las antiguas vías de comunicación romanas continuaron desempeñando un papel relevante en la conexión entre territorios.
Como explica Juan Manuel Jiménez Arenas, «los datos genómicos demuestran que el Estrecho de Gibraltar no actuó como una barrera insalvable, sino como un puente de intensa movilidad humana. Durante la época romana, las dos orillas del Estrecho estuvieron genéticamente más próximas que nunca».
El investigador subraya también que «el sur peninsular no era una periferia aislada, sino un nodo dinámico y cosmopolita plenamente conectado con las grandes rutas del Mediterráneo». En definitiva, añade, «la Península Ibérica se convirtió, durante este tiempo, en tierra de acogida».
La población de Hispania recibió influencias del norte de África y Europa
El análisis de los 243 genomas permite reconstruir las transformaciones demográficas de la Península Ibérica entre los siglos II y VIII. Durante el periodo romano estudiado, entre los siglos II y IV, llegaron personas procedentes del norte de África y del Mediterráneo oriental, lo que incrementó la diversidad genética de las poblaciones locales.
En los siglos posteriores, entre el V y el VIII, las migraciones germánicas introdujeron nuevos componentes genéticos vinculados al centro y norte de Europa. Sin embargo, los resultados no apuntan a una sustitución generalizada de la población hispanorromana.
Por el contrario, los investigadores identifican una importante continuidad genética entre los habitantes de la Hispania romana y las comunidades de la Antigüedad tardía. Los movimientos de población dieron lugar a procesos de integración entre grupos de distintos orígenes, con diferencias según el territorio y el contexto social.
El estudio concluye que el impacto demográfico de las migraciones germánicas en Hispania fue moderado en comparación con el registrado en otras regiones europeas tras la caída del Imperio romano. Mientras que en Gran Bretaña las migraciones anglosajonas llegaron a provocar un reemplazo poblacional de hasta el 75%, en la Península Ibérica el impacto se situó entre el 12% y el 22%, según la región y el contexto social.
Estos resultados apuntan a que la población hispanorromana mantuvo una notable continuidad biológica y cultural durante la formación de la sociedad hispanogoda, antes de la llegada islámica de 711.
Nueve mujeres permiten reconstruir tres generaciones en Granada
Los análisis permitieron identificar varios vínculos familiares y reconstruir tres generaciones consecutivas de una misma línea de parentesco. Los resultados muestran que las relaciones entre las personas enterradas no se limitaban necesariamente a los lazos biológicos directos y aportan información sobre la organización familiar y social de las comunidades del sur peninsular durante los siglos VI y VII.
La participación de la Universidad de Granada ha tenido especial relevancia en el estudio de la necrópolis de Cortijo del Chopo, situada en Colomera. A partir de restos conservados en el Museo Arqueológico y Etnológico de Granada, los investigadores obtuvieron información genética de nueve individuos, todos ellos mujeres.
Para Elena Vallejo, «esta necrópolis permite profundizar en las relaciones familiares y sociales de las comunidades que habitaron el sur de la Península Ibérica durante los siglos VI y VII d. C».
El análisis genético identificó representantes de tres generaciones directas —abuela, madre e hija— y una posible prima de la segunda. Las cuatro mujeres estaban enterradas en tres tumbas diferentes, y la prima compartía sepultura con otra mujer con la que no tenía parentesco genético.
Además, dos mujeres que podrían ser hermanas o madre e hija fueron enterradas junto a otra persona sin relación genética con ellas. Estos resultados muestran que la proximidad en el enterramiento no siempre respondía a vínculos de consanguinidad y abren nuevas vías para investigar las relaciones sociales de las comunidades hispanovisigodas.
En cuanto a su ascendencia, una de las mujeres, de corta edad, presentaba una combinación de componentes genéticos centroeuropeos, púnicos y del Mediterráneo oriental. El resto mostraba una marcada continuidad con la población hispanorromana.
Las élites germánicas de Mérida y los ajuares de oro y plata
Otro de los enclaves destacados del estudio es la necrópolis de Corralón de Los Blanes, en la antigua Augusta Emerita, actual Mérida. Allí se han analizado 30 individuos pertenecientes a los periodos romano, suevo y postsuevo.
El análisis genómico ha permitido identificar ascendencia del centro y norte de Europa entre las élites gobernantes. Entre los hallazgos destaca la secuenciación del ADN de tres mujeres jóvenes, de las nueve enterradas con ajuares de oro y plata de tradición póntico-danubiana, vinculadas a los acontecimientos políticos de la expansión sueva y visigoda durante el siglo V.
La presencia de estas niñas y adolescentes resulta especialmente llamativa porque estaban enterradas rodeadas de adultos, formando lo que parece ser una cohorte protectora.
El contexto histórico ofrece una posible explicación para estos enterramientos. En el año 448, tras la muerte del rey suevo Requila, su hijo Requiario asumió el trono. La sucesión provocó el rechazo y el levantamiento de parte de la aristocracia sueva, una rebelión que fue sofocada. Los investigadores plantean como hipótesis que la muerte de las nueve mujeres pudiera estar relacionada con aquellos acontecimientos.
Macarena Bustamante Álvarez destaca el valor de estos análisis para interpretar los hallazgos arqueológicos: «El estudio de la necrópolis de Mérida, y otros contextos del sur peninsular, nos permite poner cara y linaje a los procesos que intuíamos a través de la cultura material y la epigrafía».
La investigadora añade que comprobar cómo «los ajuares de tradición germánica o mediterránea se corresponden con perfiles genéticos específicos —y cómo estos grupos se integraron progresivamente con la población hispanorromana local sin destruirla— transforma por completo nuestra visión de la Antigüedad Tardía».
Una Hispania más diversa y conectada de lo que se pensaba
El estudio de los genomas antiguos revela una Península Ibérica marcada por los desplazamientos humanos, la diversidad de orígenes y la integración entre comunidades. Las aportaciones genéticas procedentes del norte de África, el Mediterráneo oriental y el centro y norte de Europa se incorporaron a una población que mantuvo una importante continuidad a lo largo de los siglos.
Los hallazgos de Mérida, Castellón y Colomera muestran, además, que el ADN antiguo permite relacionar los movimientos de población con los vínculos familiares, las prácticas funerarias y los cambios políticos de la época.
La investigación ofrece así una nueva perspectiva sobre la historia de la Hispania romana y visigoda: lejos de ser un territorio aislado o transformado por completo por las migraciones, fue un espacio de conexión entre regiones mediterráneas y europeas, donde personas de diferentes procedencias convivieron y establecieron relaciones familiares y sociales.















