Dra. Virginia Martín Jiménez. Grupo Investigación HISMEDIA de la Universidad de Valladolid

El 28 de octubre de 1956, un nuevo protagonista comenzó a disputar un lugar en la vida de la sociedad española. La televisión, hoy inseparable de la historia social y cultural del país, arrancó con recursos escasos, un público diminuto y una programación todavía por inventar. Siete décadas después, aquel estreno permite comprender cómo una innovación técnica pudo alterar las costumbres domésticas, el entretenimiento y, con el tiempo, la relación entre ciudadanía y política.
Un estreno solemne para una audiencia minúscula
La primera jornada oficial de Televisión Española tuvo como escenario un chalé del Paseo de La Habana, en Madrid. No había grandes instalaciones ni una red capaz de alcanzar todo el territorio: las señales apenas llegaban a un entorno de unos setenta kilómetros. Los receptores eran objetos caros y excepcionales. Las estimaciones recogidas para aquellos comienzos oscilan entre unos pocos centenares de aparatos, alrededor de trescientos en el momento inaugural y aproximadamente seiscientos en la etapa inicial. En cualquier caso, la audiencia estaba lejos de constituir un mercado de masas.
La ceremonia estuvo presidida por Gabriel Arias-Salgado, responsable del Ministerio de Información y Turismo. Su intervención presentó la nueva tecnología como una vía para elevar la cultura y la formación de los españoles, siempre dentro de los valores oficiales. El resto de la emisión reforzó ese planteamiento: una actuación de los Coros y Danzas vinculados a la Sección Femenina y una misa.
Hubo, además, una ausencia significativa: Francisco Franco no asistió a la inauguración. El dictador había expresado en otras ocasiones su desconfianza hacia la capacidad de la tele para introducir influencias externas. El régimen veía en la televisión una oportunidad pero también un instrumento que exigía vigilancia. Esa ambivalencia condicionó su puesta en marcha.
Mientras otros países europeos habían avanzado antes en la implantación televisiva, España llegó con retraso y bajo un sistema de control estatal. La tele nació como servicio monopolístico de carácter Estatal y no como un espacio plural de información. Una sola television, TVE, que hasta casi una década después no llegó a ofrecer dos canales. Los contenidos informativos prolongaban, en buena medida, las fórmulas del noticiario cinematográfico official (No-DO): una mirada favorable al poder y poco abierta a la discrepancia. El entretenimiento, en cambio, acabaría proporcionando a la pantalla una capacidad de atracción que desbordaría los objetivos iniciales de sus promotores.
Aprender a emitir, aprender a mirar
En los primeros años, hacer televisión equivalía a trabajar sin manual. Faltaban técnicos experimentados, estudios adecuados, una industria especializada y una audiencia suficientemente amplia para orientar las decisiones. La cadena ensayaba duraciones y géneros, combinaba materiales diversos y asumía interrupciones que hoy resultarían insólitas. Muchas ideas procedían de la radio, aunque el directo televisivo imponía nuevas exigencias: ya no bastaba con una voz, había que organizar también la imagen.
La mayor parte de los espacios propios se producía en vivo. Conservarlos para futuras emisiones era complicado y costoso, por lo que numerosos programas desaparecían al terminar su transmisión. Los fallos formaban parte del espectáculo y recordaban al espectador que estaba asistiendo a una experiencia técnica todavía inmadura. Esa fragilidad no impidió que se desarrollara un vínculo particular entre el medio y quienes lo seguían: todos estaban descubriendo sus posibilidades al mismo tiempo.
El avance decisivo llegó cuando la programación comenzó a adquirir regularidad. Desde 1958 se fue asentando una oferta cercana a cinco horas diarias. Disponer de horarios relativamente estables hizo posible crear expectativas: saber cuándo comenzaba un espacio, reservar un rato para verlo y comentarlo después. Publicaciones vinculadas a la propia televisión, como la revista Telediario, denominada posteriormente Tele Radio, ayudaron a difundir las emisiones previstas y a convertir la parrilla semanal en una referencia doméstica.
La revolución silenciosa del horario
La transformación no consistió únicamente en llevar imágenes al salón. La televisión introdujo otra manera de distribuir el tiempo libre. Una familia podía organizar la tarde alrededor de un programa y convertir su visionado en una cita repetida. La pantalla se incorporó poco a poco a las conversaciones y a los hábitos del hogar, aunque en sus comienzos el aparato todavía fuera un lujo al alcance de pocos.
Esta dimensión cotidiana explica por qué el entretenimiento resultó tan importante. Los espacios ligeros ofrecían una puerta de entrada accesible a una tecnología desconocida. Al seguir concursos, números musicales, comedias o películas, el público aprendía sin proponérselo a reconocer géneros, a familiarizarse con rostros recurrentes y a interpretar un lenguaje audiovisual diferente del cinematográfico. La televisión no solo fabricaba programas: también estaba formando a sus primeros espectadores.
Aquel aprendizaje coincidió con una España que empezaba a dejar atrás el aislamiento económico de la posguerra. La presencia de receptores y, más adelante, de anuncios comerciales conectaba la experiencia televisiva con aspiraciones de consumo y estilos de vida que ganaban terreno. Un dispositivo presentado oficialmente como vehículo de instrucción se convertía, de manera gradual, en un objeto de deseo y en símbolo visible de cambio social.
Humor, canciones y familias ante el televisor
Para conquistar al público, TVE recurrió a fórmulas reconocibles. Los espectáculos de variedades mezclaban actuaciones musicales, entrevistas y humor de tono amable. Títulos como La hora Philips y Gran Salón apostaban por una relación cercana con los espectadores, sin buscar grandes controversias. También las zarzuelas, las operetas y las canciones populares tendieron puentes con tradiciones anteriores: el nuevo aparato podía resultar extraño, pero muchos de sus sonidos eran familiares.
La ficción doméstica desempeñó una función semejante. Los Tele-Rodríguez presentaba un entorno de clase media en el que el propio televisor adquiría protagonismo. El efecto era doble: entretener con situaciones reconocibles y mostrar la pantalla como parte natural de la casa. Así, la programación contribuía a popularizar no solo historias y personajes, sino también la idea de que ver televisión debía integrarse en la vida familiar.
Series importadas y cine en el salón
Producir ficción propia requería medios que la cadena todavía no tenía. Por eso, las series extranjeras ya terminadas ofrecieron una solución práctica: eran relativamente económicas y podían emitirse sin afrontar todo el proceso de rodaje. TVE incorporó pronto estas producciones de forma habitual, especialmente en franjas nocturnas, y amplió con ellas una oferta que hasta entonces dependía de la improvisación: Mi historia favorita, Misterios de la ciencia, Te quiero, Lucy y Patrulla de tráfico…. Había aventuras, relatos fantásticos, humor y tramas policiales. Para una parte del público, esas emisiones representaban un contacto periódico con narraciones y ambientes internacionales que antes solo conocía de manera esporádica.
Las películas ocuparon enseguida un lugar destacado en la programación. El cine era ya una forma de ocio muy extendida, de modo que emitir largometrajes parecía una forma segura de despertar interés y fuera un films de Alfred Hitchcock o Sissi, Emperatriz.
Del lujo tecnológico al hábito colectivo
La expansión posterior transformó por completo la escala del fenómeno. Durante los años sesenta, la televisión fue dejando de ser una rareza urbana para incorporarse a un número creciente de hogares. La apertura de un segundo canal en UHF amplió la oferta, aunque la cobertura y el acceso siguieron desarrollándose de manera desigual. La pantalla acompañó la extensión de nuevos consumos y comenzó a desplazar otras actividades de ocio.
A mediados de los setenta, el panorama era radicalmente distinto al de 1956. España contaba con más de ocho millones de televisores, algunos ya preparados para recibir emisiones en color, y en 1977 la cobertura alcanzaba al 93 % de los hogares. En torno a siete de cada diez personas mayores de catorce años veían televisión diariamente o casi a diario. En numerosos lugares rurales, donde los periódicos llegaban con dificultad, la señal televisiva se convirtió en un acceso especialmente importante a las noticias.
La prensa escrita conservó una función decisiva como escenario de discusión política, pero la televisión tenía otra fortaleza: podía presentar acontecimientos e imágenes comunes a millones de personas. Su alcance permitía construir referencias compartidas, y precisamente por ello su orientación editorial se convirtió en una cuestión política de primer orden.
De altavoz del régimen a escenario de una España democrática
El final del franquismo encontró a TVE profundamente instalada en la sociedad. La transformación democrática no partió, por tanto, de un medio marginal, sino de una institución que había crecido bajo la dictadura y disponía de una capacidad de influencia extraordinaria. Cambiar sus contenidos y su funcionamiento exigía superar inercias profesionales, controles políticos y una larga tradición informativa poco abierta al contraste de opiniones.
Tras la muerte de Franco comenzaron a aparecer señales de apertura. Durante la etapa de Peña Aranda en RTVE se incorporaron asuntos antes relegados y se ensayaron propuestas de debate, entre ellas La Clave, conducida por José Luis Balbín. Los cambios iniciales fueron limitados. A partir de 1976, con Rafael Ansón al frente de la radiotelevisión pública por decisión del Gobierno de Adolfo Suárez, el medio adquirió un papel más definido dentro del proceso de reforma política. En aquellos años decisivos, la televisión contribuyó a que millones de españoles pudieran conocer, interpretar y familiarizarse con una transformación política de enorme trascendencia.
Pero aquella transformación no fue un punto de llegada, sino el comienzo de otra historia. La consolidación de la democracia, la aparición de las televisiones autonómicas, el fin del monopolio de TVE y la irrupción de las cadenas privadas abrirían nuevas etapas, marcadas por la competencia, la diversificación de las audiencias y los cambios tecnológicos. La televisión dejaría de ser una ventana prácticamente única para convertirse en un universo de pantallas, canales y contenidos cada vez más amplio.
Setenta años después de aquella primera emisión desde un modesto chalé madrileño, la historia de la televisión española es también la historia de las transformaciones del país. Cambió las formas de entretenimiento, los hábitos cotidianos y las maneras de informarse mientras construía y reconstruía imaginarios colectivos. Lo que comenzó como una experiencia tecnológica al alcance de unos pocos acabó convirtiéndose en una de las grandes protagonistas de la vida social, cultural y política. Porque, durante buena parte de esos setenta años, la historia de España también se escribió frente al televisor.













