Las aves que vemos a diario pueden mejorar nuestro estado de ánimo con sus cantos, sus colores o el simple hecho de observarlas. Pero también pueden convertirse en una fuente de molestias por el ruido, la suciedad o los daños que ocasionan. La diferencia entre unas experiencias y otras no depende únicamente de la especie: la forma en que están diseñadas las ciudades también influye en cómo percibimos a los animales que viven en ellas.

Así lo señala una investigación internacional liderada por especialistas en Zoología de la Universidad de Granada (UGR), que ha estudiado la relación entre las aves urbanas, los espacios verdes y la percepción de la ciudadanía en Granada, Madrid y Valencia.
El trabajo identifica al gorrión común y al ánade real —el pato más habitual en muchos parques— entre las aves mejor valoradas por los beneficios que aportan, mientras que la paloma doméstica y la paloma torcaz figuran entre las que generan más conflictos. Además, los resultados apuntan a que los barrios con grandes parques separados de las zonas residenciales favorecen una percepción más positiva de la fauna que aquellos donde pequeñas zonas verdes se mezclan con las viviendas.
Por qué unas aves nos gustan más que otras
La naturaleza urbana ofrece beneficios que van más allá de su valor ecológico. Escuchar el canto de un pájaro durante un paseo, contemplar el vuelo de las aves o descubrir sus colores puede proporcionar momentos agradables y contribuir al bienestar cotidiano.
«Las aves pueden hacer nuestra vida más llevadera a través del mero placer de observar su vuelo o sus vistosos colores, o nos pueden alegrar el día tras escuchar sus elaborados cantos», explica Lucía Izquierdo Extremera, investigadora de la UGR y autora principal del estudio.
En el ámbito científico, estos beneficios se conocen como servicios ecosistémicos culturales: aportaciones no materiales de la naturaleza, como el disfrute estético, las experiencias recreativas o el vínculo emocional con el entorno.
Sin embargo, la convivencia con la fauna también tiene una cara menos amable. Los excrementos, el ruido o los daños materiales pueden generar problemas y alimentar el rechazo hacia determinadas especies. Estos efectos negativos reciben el nombre de diservicios ecosistémicos.
La investigación aborda precisamente ese doble papel de las aves: pueden mejorar nuestra experiencia de la ciudad y, al mismo tiempo, convertirse en motivo de conflicto. Comprender ambas dimensiones resulta importante en un contexto en el que cada vez más personas viven en entornos urbanos.
«En un planeta en el que las ciudades están en constante crecimiento, es vital comprender el equilibrio entre los elementos positivos y negativos proporcionados por los animales con los que convivimos de manera más estrecha», señala Juan Diego Ibáñez Álamo, profesor de Zoología de la UGR y coordinador del estudio.
El gorrión y el pato, entre las aves mejor valoradas
Para estudiar estas percepciones, el equipo analizó la diversidad de aves en Granada, Madrid y Valencia y recurrió a encuestas para conocer qué beneficios y perjuicios asociaban los habitantes a la fauna de su entorno.
Los resultados sitúan al gorrión común y al ánade real entre las especies que más beneficios culturales proporcionan, según la percepción de la población. En cambio, la paloma doméstica y la paloma torcaz aparecen entre las aves más conflictivas por las molestias, la suciedad y los posibles daños a propiedades.
Estas valoraciones muestran que la convivencia urbana con la fauna no depende solo de cuántas especies hay en una ciudad. También importa cómo se relacionan las personas con ellas y qué experiencias acumulan en su vida cotidiana.
Conviene distinguir, no obstante, entre la percepción de los vecinos y el impacto ecológico de cada especie. Que un ave sea considerada molesta no significa necesariamente que tenga












