La recuperación de lobos, osos, jabalíes y otras especies de grandes vertebrados está transformando los paisajes, pero no significa necesariamente que la biodiversidad se esté recuperando en su conjunto. Mientras algunos de estos animales regresan a territorios de los que habían desaparecido, numerosas especies de insectos, anfibios y pequeñas aves experimentan importantes declives.

Un estudio liderado por investigadores del Instituto Pirenaico de Ecología (IPE-CSIC), en colaboración con la Universidad Miguel Hernández (UMH), y publicado en la revista Journal of Applied Ecology, propone un nuevo marco para comprender esta paradoja.
El trabajo relaciona ambas tendencias con los grandes cambios socioeconómicos del último siglo y plantea que la recuperación de la fauna de mayor tamaño puede coincidir con un empobrecimiento de otros componentes fundamentales de los ecosistemas.
Macrorewilding y microdefaunation: dos tendencias opuestas en la fauna
Los autores denominan a esta paradoja microdefaunación: mientras algunos de los animales más visibles y emblemáticos están regresando, otros muchos, menos llamativos pero igualmente importantes para el funcionamiento de los ecosistemas, están en declive.
Esta situación ha recibido poca atención hasta ahora porque ambos procesos suelen estudiarse por separado y a escalas diferentes. La recuperación de grandes vertebrados se observa habitualmente en regiones o países enteros, ya que especies como el lobo o el jabalí recorren amplios territorios. En cambio, el declive de la fauna pequeña, aunque también está muy extendido, puede manifestarse de forma más irregular y localizada. Algunas de sus causas, como el uso de pesticidas, actúan especialmente en el entorno inmediato.
Sin embargo, la coexistencia de estas tendencias representa algo más que dos cambios opuestos en las poblaciones animales. Los grandes y pequeños animales están conectados mediante múltiples interacciones ecológicas, por lo que las alteraciones que afectan a unos pueden repercutir también en los otros y modificar el funcionamiento de los ecosistemas.
“Grandes y pequeños animales están conectados mediante depredación, competencia, modificación de la vegetación, carroña, estiércol, parasitismo y muchas otras interacciones ecológicas. Por ello, la recuperación de unos y el declive de otros puede dar lugar no solo a comunidades con una composición novedosa, sino también a la alteración de procesos ecológicos fundamentales relacionados con ambos grupos como la productividad vegetal, la descomposición, la dispersión de semillas o la transmisión de enfermedades”, explica Mario Gaspar, investigador del Instituto Pirenaico de Ecología (IPE-CSIC) y autor principal del estudio.
José Daniel Anadón, investigador del IPE-CSIC y coautor del trabajo, advierte de que el regreso de las especies más visibles puede ofrecer una imagen incompleta del estado de la naturaleza.
“Podemos estar viendo paisajes que experimentan un notable regreso de los grandes vertebrados y que por ello nos parezcan menos alterados. Sin embargo, simultáneamente están sufriendo un empobrecimiento silencioso de otros componentes de la fauna. Como resultado, en el contexto actual, la recuperación de la gran fauna, aunque deseable y necesaria, no implica por sí sola la recuperación de la integridad del ecosistema”.
Por qué se recuperan los grandes vertebrados mientras disminuye la fauna pequeña
Para comprender esta paradoja, los investigadores sitúan el origen de ambas tendencias en los cambios experimentados por las sociedades humanas, especialmente desde el siglo XX.
Durante milenios, una de las principales presiones humanas sobre la fauna fue la persecución directa de grandes vertebrados, como los osos, las cabras montesas y las águilas. La caza de subsistencia, la sustitución de herbívoros silvestres por ganado, la erradicación de depredadores y la expansión de los paisajes agrarios redujeron drásticamente las poblaciones y las áreas de distribución de numerosos animales.
Este patrón comenzó a cambiar con el declive de las sociedades agrarias tradicionales, un proceso que se aceleró a mediados del siglo XX. El abandono de tierras agrícolas y ganaderas, la reducción de la persecución directa y la aplicación de políticas de conservación han favorecido la recuperación de numerosas especies de grandes vertebrados, tanto herbívoros como depredadores.
Sin embargo, la presión humana sobre la fauna no ha desaparecido, sino que se ha transformado al mismo tiempo que cambiaba la organización económica y social. La intensificación agrícola, el uso de pesticidas y medicamentos veterinarios, la simplificación de los paisajes, el cambio climático y la expansión de especies invasoras afectan especialmente a numerosos grupos de animales de pequeño tamaño.
Como consecuencia, la recuperación de grandes animales y el declive de insectos, anfibios y pequeñas aves pueden formar parte de un mismo proceso histórico, aunque respondan a presiones diferentes.
“La evolución de las sociedades agrarias hacia sociedades industriales y tecnológicas ha trasladado la presión humana de la persecución directa de grandes vertebrados a la erosión silenciosa de la fauna de menor tamaño”, concluye Mario Gaspar.
La recuperación de lobos y osos no garantiza la conservación de la biodiversidad
Los autores subrayan que las especies de gran tamaño, todavía lejos de sus poblaciones naturales tras siglos de persecución, cumplen funciones fundamentales para la pervivencia de otros animales y para el funcionamiento de los ecosistemas.
No obstante, advierten de que medir el éxito de la conservación exclusivamente a través de la recuperación de grandes especies emblemáticas puede ocultar el deterioro de otros componentes de la biodiversidad. La fauna menos visible también está expuesta a presiones humanas específicas que pueden comprometer su supervivencia y alterar las relaciones ecológicas.
Por ello, los investigadores proponen ampliar el seguimiento de la fauna para incluir animales de todos los tamaños y niveles de la cadena alimentaria. También plantean utilizar indicadores capaces de reflejar el estado del ecosistema en su conjunto, en lugar de evaluar la conservación únicamente a partir de la evolución de determinadas especies.
El marco de la microdefaunación invita así a considerar la biodiversidad como un sistema de poblaciones e interacciones interdependientes. El regreso de lobos, osos o jabalíes puede ser una señal positiva para la conservación, pero comprender el estado real de la naturaleza exige observar también qué sucede con los organismos más pequeños y menos visibles.













